Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

En esas inmensas ciudades —México D.F., Buenos Aires, San Pablo, Río de Janeiro, Bogotá, Caracas, Lima, Nueva York— están los grotescos clubes sociales para los plutócratas que desde allí planifican el destino de los países. Ellos han sido los artífices de la nueva democracia.


El panorama es desolador. América en un laberinto, no como los de Borges, porque nada tiene de literario este desencuentro de un continente con el mundo, con la democracia, de la que se jactan sus gobernantes, algunos con cinismo, otros con cierta y advertida consideración. Nada es juicioso. Nada. Desde los aterradores incendios de Canadá, esa provincia británica, cada vez más impregnada del aciago monarquismo inglés, hasta las infecundas impertinencias de Mauricio Macri y Michelle Bachelet en el sur, en el fin del mundo. Y en medio, la pobre Centroamérica destinada a no sentar cabeza, ni a saber con precisión y detalle qué es la democracia, o cómo se juega en ella, en tanto unas pocas y poderosas familias que la gobiernan a su antojo, como en la bella República Dominicana que vive, hace 20 años, entre la sordina de Leonel Fernández y su esposa, y el insólito liderazgo de Danilo Medina, que luego de cuatro años de gobernar promete, con un impudor que alucina, cambiar el país, como si él mismo y sus aliados no lo gobernaran desde el fin de las eras de Trujillo y del nefasto Balaguer, con la eficaz ayuda de los Estados Unidos. El horizonte no puede ser peor. El cobarde golpe de Estado en Brasil, y la cara afligida y extraviada de Dilma, nos muestran el fogoso juego de los más corruptos contra los menos.

Pero por ahora hay ganadores. Ahí están solazándose, presuntuosos y maquiavélicos, sonrientes y elegantes, como jugadores de póker. Están a la vista aun cuando la fiesta muy pronto va aguar. Ya no por los famosos y perversos papeles de Panamá, ni las develaciones que muestran la calaña de quienes hacen juicios contra presidentes y expresidentes, tocados todos por el mismo velo de desvergüenza, que tan poco les interesa a estos neoliberales a sueldo, sino porque hay un pueblo silencioso que a veces se les atraviesa y les daña la partida. A pesar de sus voces, de sus estentóreos gritos, de sus mezquindades, de sus adefesios, de su imperio, tan limitado como su honestidad. Llegar al poder para vengarse de los anteriores, para limpiar sus turbios pasados, para botar a miles de empleados y nombrar a sus peones, también para cerrar periódicos y acallar canales de televisión, para encerrar en las cárceles a los que hoy encierran, para continuar este juego macabro que ellos llaman, con cierto deleite, democracia y justicia.

Muy poco tiempo para que todo reviente en mil pedazos, y no para bien de los pueblos, sino para su mal y también, aunque no lo crean, para el mal de los que ahora detentan, en gesto histriónico, su papel de salvadores, de nacionalistas, de justicieros. Ahí está el más patético de los casos, el del presuntuoso y arrodillado Mauricio Macri que gritó tanto como pudo antes de ser elegido, y ahora agazapado y temeroso ve cómo los papeles de Panamá le hunden su frágil barquichuelo. Nada, a pesar de que les entregará todo a los depravados fondos buitres, que se encargarán luego de volverlo trozos, cuando descubran que él es un farsante. Y en México, el hermano gemelo de Macri, Enrique Peña Nieto, también con sus aspavientos de demócrata, mentiroso e ignorante de lo que pasa, enfrascado en sus multimillonarias disputas de mal marido, vendiendo lo que no es de él, entregando a los ávidos dueños del mundo lo poco que les queda a los mexicanos, como un mal recuerdo de Porfirio Díaz y sus secuaces, todos esos que han tenido la osadía de pasar por ese Palacio Nacional, una de las construcciones gubernamentales más grandes del mundo, tan grande como la pobreza de los millones de indígenas de este hermoso y vejado país.

Sí, en palacios, o palacetes, de este continente, desde la Casa Blanca, que de blanca solo tiene el apellido, donde impera el lujo y el mal gusto, han gobernado, a partir de hace unas cuantas décadas, los más conspicuos personajes de esta América, de esta tierra, tan llena de pobres como de riquezas. La historia parece atravesada de ortigas, de hombres y algunas mujeres sin escrúpulos, como predestinados por una mano invisible —bien visible, sin embargo—, esos personajes, repito, que durante estos dos siglos de la mal llamada vida republicana, han abusado, se han enriquecido, han asesinado, han destruido y siguen pidiendo, siguen comprando, siguen robando.

Pero también, y sin dudas, han construido, han hecho grandes y horrendas ciudades, han llevado el progreso —menguado, pero progreso—: hay aeropuertos, empresas, le llega luz y agua a una parte considerable de los ciudadanos, hay hospitales para pobres y clínicas para ricos, hay bancos —usureros y tramposos, pero bancos al fin y al cabo—, hay universidades y centros de investigación, y teatros y librerías —no tantas como debiera ser—, y centros comerciales y mafias, y especuladores. Hay medios de comunicación, suspicaces, arrolladores, patrañeros, arbitrarios, defensores de la libertad de expresión según su desfachatada conveniencia, y también hay ciudadanos honestos que todos los días tramitan cientos de inútiles documentos, millones de vecinos de la patria grande que si protestan saben que en vez de respuestas, de soluciones, los reprimen, les lanzan gases, los detienen, los llaman terroristas —lo más grave que le puede suceder a un ciudadano corriente.

En esas inmensas ciudades —México D.F., Buenos Aires, San Pablo, Río de Janeiro, Bogotá, Caracas, Lima, Nueva York— están los grotescos clubes sociales para los plutócratas que desde allí planifican el destino de los países. Ellos han sido los artífices de la nueva democracia. Allí están casi todos, pocos quedan por fuera, los que han creado la fanfarroneada patria, los artífices de la república, los altos magistrados. Allí están todos, unidos cuando les conviene, separados cuando lo necesitan, todos enriquecidos, todos con una parte mínima del botín, tan suficiente para vivir muy bien. Suficiente para tutelar, para ser admirados por cientos que quieren, algún día, y naturalmente, ingresar a esos lugares.

Desde ahí, el teatro mismo de sus poderes, los autoritarios dirigentes del continente reciben las órdenes de sus verdaderos jefes. Las reciben y con servilismo cicatero las cumplen, y destinan los suficientes dólares para que al poder lleguen esos, los que van a consumar al pie de la letra la cartilla —la hoja de ruta han dado en llamarla— que envían los dueños de las grandes petroleras, del oro, de los dólares y los euros, de la vida, la ciencia y la dignidad de los pueblos. Y, entonces, ganan las elecciones desde la hija del octogenario genocida Fujimori, hasta la esposa del marrullero expresidente Clinton en la agraciada democracia estadounidense, esa misma que destruye naciones para imponer sus exaltados ideales de libertad, de democracia, de derechos humanos. Los impone a bala, contra las mayorías y con el respaldo de altavoces como CNN o la Voz de América, y otros medios, como los que fueron a Ecuador, no a cubrir los terribles sucesos del terremoto, sino a tumbar a Correa, como lo decían “agudos” periodistas, incompetentes y sórdidos, mercachifles de la libertad de expresión. Hipócritas y arrodillados.

Dos siglos después de independizarnos, tras el derroche de pérfidos discursos, de sangrientas batallas, de inimaginables alianzas, de la creación de torpes partidos políticos, de correr fronteras y de asesinar y menoscabar la soberanía, de arrebatar la firmeza de los pueblos, muchos de nuestros héroes —de papel algunos—, dejaron empantanada la constancia de pueblos libres, ayudaron a degenerar el sentido de patria y de libertad, consiguieron con sus habilidades plantar muros invisibles para contagiarnos del terrible mal del nacionalismo. Sí, retorcido mal..., nos enseñaron a excluir, a sembrar el odio y la guerra. Desde entonces los cobardes han creído que la guerra es su aliada, su mejor —y única— arma para borrar del mapa a los otros, su síntesis de la resistencia, que han dado en llamar civil. Saben que la paz es el arma de los valientes, de los ciudadanos de bien y no tienen argumentos para seducirlos, para convencerlos de lo contrario.

Así que estos desgobiernos, que estas guerras sin fin, poco nos competen a los ciudadanos de a pie, pero las sufrimos como los más. A nosotros nos tocan los dolores de las reformas tributarias, del desempleo, de la austeridad, de la avaricia, de la inseguridad. Sabemos, claro está, que quienes las orquestan tienen jefes y mucho dinero a su disposición, que hay segundones que cumplen órdenes desde los centros del poder financiero y económico, sabemos que hay intereses que defender en los paraísos fiscales, sabemos cuánto les da esta guerra y cómo cobran y hacen rendir sus réditos. No lo hacen desinteresadamente, por la libertad —si conociéramos su mezquindad y autoritarismo—, ni por la democracia —que nunca la han ejercido.

Estos pudientes se levantan para gobernar otra vez ellos, a su antojo, con sus cómplices, dispuestos a la corruptela y a la impunidad, sobre todo a la impunidad. Por eso, no más jueguitos del mal llamado socialismo del siglo XXI, tan lejos del verdadero socialismo —como lo está ese desprestigiado socialista François Hollande, en la Francia de los derechos del hombre, o los de España, Rodríguez Zapatero, Rubalcaba, González o Pedro Sánchez, todos a favor de las terroríficas intervenciones de Occidente en los países musulmanes—. ¡Socialismo de pacotilla! O tantos otros que, como lo hacen con la democracia, se adjetivan socialistas o comunistas, solo para diferenciar el grueso de las cuentas bancarias, de las listas de los paraísos fiscales de Estados Unidos o de la Unión Europea. ¡Y nunca lo han sido! Es una entelequia demagógica.

Poco va a cambiar. Quizás detrás del personaje Donald Trump no se esconda todo eso que dicen los medios y los políticos. Quizás él sea distinto y por eso no sea querido por los dueños de periódicos, canales de televisión y politiqueros. Quizás es el único que les ha dicho a los Busch quiénes son y qué representan, quizás, por lo menos, diga lo que piense y no se arrodille ante los poderosos, porque es poderoso. El único que le diga a la señora Clinton las verdades que hay que decirle. Quizás no construya el muro en la frontera mexicana ni sea tan miserable como lo muestran los menos confiables personajes del entramado político estadounidense, ni los extraños que lo detestan porque tiene peluquín y no tiene títulos académicos ni habla en cinco idiomas. Sí, quizás Trump sea diferente y eso le duela a esa clase dirigente malévola del republicanismo gringo y a los perjuros demócratas. Sí. De lo contrario nada distinto a lo que pasa hoy pasará mañana. Desde el Pentágono seguirán saliendo golpes de Estado, desde el Congreso se seguirán atravesando a las reformas migratorias, a la salud, a la libertad y al soberano decoro de los pueblos del mundo, y se callarán cuando ellos mismos destapen otro paraíso fiscal.

Nada más. Volver a los papeles de Panamá y a la tragedia de este pobre pueblo lleno de rascacielos que no le pertenecen, de lujosos y desagradables hoteles de las grandes transnacionales del turismo, empresas de papel, de fortunas incalculables mal habidas, de negocios oscuros, de gigantescos bancos y de pasionales intereses, mientras es víctima de la infamia de ese abanderado del desprecio y la corrupción que es el cínico expresidente Ricardo Martinelli y su antecesora, la señora Mireya Moscoso. Una copia del continente a la que le faltan unas cuantas fotografías, como las del desesperado Maduro y sus impertinencias, creyéndose de izquierda porque así se lo dicen, o el ya casi expresidente del Perú, Ollanta Humala, oscuro personaje de la política chola, el otro Alán García, tan cacareado demócrata, tan entregado a su esposa, tan digno sucesor el uno del otro, como lo fueron ellos de Toledo, de Montesinos y Fujimori...

Necesitamos una mano de Pepe Mujica, para que su voz y su valor y su inteligencia y su fidelidad, se vuelva cátedra, para que su conciencia sencilla sea la antítesis de la fastuosidad que tanto les gusta a estos dirigentes. No más despliegues de ejércitos, no más artificiosas andanadas, ni más mansiones, ni más cuentas alegres, ni más despliegues de poder, ni más cumbres, ni más convenciones: tantas veces de felonía. No más reelecciones, no más absolutismos, no más democracia al estilo estadounidense. No más Hollywood ni más Casa Blanca. Que se cierre para siempre este ciclo de la fatalidad. Doscientos y tantos años después: ¡Independencia grita el mundo americano!

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