Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

Que detengan a una anciana por rebeldía es una patraña que a sus perpetradores les costará caro ante la historia y el mundo decoroso, pero que a ella la pondrá en el pódium del heroísmo.


Un juez ordenó la detención de Hebe de Bonafini, líder de las Madres de la Plaza de Mayo, acusada por rebeldía ante la justicia. Otros medios dicen que por malversación. Pocos, con seguridad, se detendrán a revisar la noticia. Y pocos sabrán qué está pasando en Argentina y quiénes orquestan y detienen a una mujer con sus buenos años encima y con una historia de lucha que ojalá tuvieran esos que ahora ordenan su arresto. Cuántas fatigas le ha costado a esta obstinada dirigente, y a sus compañeras de trasegar, vivir para encontrar a los miles de desaparecidos que dejó una de las más oscuras y aterradoras épocas de la historia latinoamericana que, como el ave fénix, parece renacer de la mano de un atildado demócrata, de un afanado —no afamado— político neoliberal, ricachón con extrañas cuentas en paraísos fiscales, hipócrita y elegante personaje, de esos que han asumido, pomposamente, la dirección de estos países que, según ellos, habían caído en esa entelequia que han dado en llamar el castro chavismo.

No podremos reparar desde tan lejos en la desconcertante medida, porque poco sabemos de la historia de este continente. Poco sí, muy poco. Casi nadie recuerda a Videla, Galtieri, Viola —como una marca este apellido—, y a sus cómplices en esos dolorosos años de la criminal dictadura militar. Sus nombres estremecen la conciencia de cualquier ser humano decente. La estremecen y la enturbian.
Apenas unas décadas para olvidar la infamia y unos pocos meses para sentir que esos años perversos vuelven a estar presentes con esa demoledora y fatídica máquina en que se ha convertido el neoliberalismo, que ya bien entrenado, sabe que al poder se llega mintiendo y corrompiendo a unas pocas conciencias, tan dispuestas como arrodilladas a unas sumas de dinero que, en su loca avaricia, consideran suficientes para darse una buena vida. Sí, como sucede en el pobre México de Peña Nieto, del PRI, el más indigno de sus presidentes en varios sexenios.

Que detengan a una anciana por rebeldía es una patraña que a sus perpetradores les costará caro ante la historia y el mundo decoroso, pero que a ella la pondrá en el pódium del heroísmo. Como sucedió en esa misma tierra con Juana Azurduy, Macacha Güemes, Juana Gabriela Moro y tantas mujeres valientes que, como ella y sus compañeras de batallas y dignidad, han tenido que enfrentarse a esos hombres taimados y ambiciosos, a esos descarados personajes que ahora pululan por la patria grande, empeñados en destruir cualquier asomo de justicia y democracia con la bandera de su inocua y mendaz rectitud, de su oportunismo, de su servilismo al gran capital, de su inmensa ignorancia, de su falsedad, de su odio por los pueblos que dicen representar, de su amor a la ostentación y a los aplausos. Sonríen con cinismo cuando se trata de avasallar a los miles de seres humanos que piden un tanto, nada más, de justicia. Como ahora con los tarifazos para los que no ha habido ningún recelo, como no lo ha habido con la entrega a los descarados y hambrientos fondos buitres, a quienes les pagarán lo que no se les debe porque quizás ellos compensarán con un pedacito de la torta, muy pequeñito, la diligente paga del horroroso fraude que ya cometieron y quieren seguir cometiendo.

Sí. Para eso echan a la calle a cientos, miles de trabajadores, para reunir los dólares que esos ambiciosos quieren quitarle al pueblo argentino. De eso viven estos ladrones internacionales, tan respetados y tan refinados habitantes de la siempre inútil revista Forbes. Ahí está la lealtad de esta dirigencia latinoamericana, la misma proterva que dio el golde de Estado en Brasil, la misma que asesina a los maestros en México, la misma, con seguridad, que se prepara a gobernar a Venezuela, la misma que quiere imponerse en otras partes, con idéntico impudor y la alevosa estrategia de mentir y agredir. Es la misma que no quiere que haya paz en Colombia, que vive de las guerras, de los muertos, del hambre de los pueblos, de esos pueblos que quieren herir con ese entuerto fantasmal del castro chavismo que ahora reemplaza al comunismo o al terrorismo. Adjetivo, este, que parece encerrar el “fino” lenguaje de esas nuevas élites opulentas, de mal gusto, ignorantes, que nunca hablan porque tienen a sus títeres extendidos por el mundo para que distribuyan el mensaje que ellos producen desde los centros del poder, desde sus reuniones privadas, desde sus orgías sin fin, desde su demoledora conciencia de millonarios usureros, de fríos consejeros de gobiernos mal habidos, de democracias sin democracia, de dirigentes sin pueblo y sin razón.

Pero la orden de este juez, pese a la reversa, va a jugar un papel preponderante en los días difíciles que se le vienen a la querida Argentina. Este es un quiebre que nadie hubiera imaginado, ni los más retrógrados farsantes de este mundo falaz, de estas pequeñas e infelices oligarquías provincianas, que quieren ahogar con gases lacrimógenos lo que no pueden con su barata razón, con sus modelos económicos invivibles, con su donaire de nuevos héroes, de campeones de la civilidad, de la democracia, de la libertad. Tantas palabras pronunciadas con la misma estupidez con que van entregando países a las grandes multinacionales, con la misma impavidez con que recogen sus pequeños frutos para ir a mal gozarlos en esos paraísos fiscales que han creado banqueros y propietarios de la riqueza del mundo, sus jefes, sus desvergonzados jefes, los que no salen en las fotos, pero les ordenan qué y cómo deben hacerlo.

Esa valiente mujer argentina, esa que ha luchado por varias décadas contra esa estirpe de cicateros dirigentes del neoliberalismo, la que con una pañoleta blanca se plantó frente a la Casa Rosada en los durísimos tiempos de los gorilas, en la Plaza de Mayo, ella sí —ellas—, para pedir libertad y democracia, ellas que han luchado y que saben lo que significan estos días, a pesar de sus achaques, pondrán en jaque a estos nuevos emperadores del despotismo, de la mentira, de la felonía. Ellas mejor que nadie, y con autoridad, saben hacerlo. Saben la clase de enemigo que está al frente y tienen al pueblo, al de verdad, no al contagiado de la mezquindad de unos atroces jefes, sonrientes en las fotos, pero siempre preocupados por mantenerse en el poder a pesar del desprecio de los millones de seres que bien los conocen, que saben de sus despreciables propósitos, que les entienden su falaz discurso, su falso donaire, sus mentirosas prédicas de demócratas, de justicieros adalides. Esta rebelde les está dando una lección a ellos. Y a nosotros también.

También a nosotros que tenemos una buena parte de culpa de que estos monstruosos engendros hayan vuelto. Nosotros que no hemos sido capaces de denunciarlos cuando había que hacerlo. Nosotros que no fuimos capaces de contener sus ardides, sus pavorosas componendas con los medios de comunicación y con los banqueros, que no le dimos importancia a sus malignos discursos, a sus falsas denuncias, a sus criminales propósitos. Los pueblos nunca pueden abandonar las calles ni bajar la guardia, porque siempre estarán prestos al descuido los farsantes para destruirlos, para reprimirlos, para ofenderlos. Vean nada más lo que han hecho con esa extraordinaria mujer que es Milagro Sala. Y ha sido, precisamente, ese gobernante que pedía a gritos la libertad de los presos políticos de Venezuela. Esa es su enjundia, gritar por un lado, para por el otro cercenar libertades, democracia, pan, abrigo y dignidad. ¡Farsante!

Esta mujer rebelde nos está dando una lección que tendremos que aprender. Y ya oiremos la voz de Milagro Sala y la de tantas otras que se han empeñado en que los pueblos manden, y que la libertad sea para todos, y que la democracia esté acompañado de pan, de abrigo, de paz y de fe segura en el futuro. Todo eso gracias a la rebeldía de Hebe de Bonafini, de las históricas Madres de la Plaza de Mayo, de Milagro Sala. Todo para los próximos días. En realidad es muy poco.

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