Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

Cuánta falta nos hacen los seres humanos, los de carne y hueso, los que sienten y agradecen, los que no envidian, los forjados en el trabajo, en la lealtad a los principios, los que adoran, los que no fingen, los que comprenden y perdonan.


No me gustan los machos. Esos que gritan y dicen que no tienen miedo, esos que van a empellones y que le niegan a los otros respeto y dignidad. Esos machos que cabalgan sobre la infamia, los que beben y van donde las putas, los que disparan y matan, o esos que obedecen como vejados, los que esperan que el patrón dé la orden o que el jefe hable, los que no tienen voluntad propia, los títeres, los desposeídos de dignidad, los fornidos. Esos machos que se niegan a llorar, que se ríen a carcajadas, pero no permiten una broma en su contra. Los que quieren la guerra, los que trampean, pero rezan, los que creen que las mujeres son de segunda, las señoras de la casa y nada más. Esos machos que se indignan porque les dicen la verdad, los homofóbicos, los tiranos, los enanos que se encumbran, los recelosos, los de gran prosopopeya y que no admiran el arte, los que niegan las diferencias y son distantes, los intransigentes, los libidinosos, los agrios, los mentecatos. Esos enérgicos fantoches, admiradores de las rancheras y los vallenatos. Esos que tienen varias hembras y desde pequeños engañan porfiadamente.

Tampoco me gustan las hembras de esos machos. Tan pérfidas como ellos, tan audaces como sus jefes, tan cínicas e ignorantes como ellos. Esas hembras, adoradoras del falo como de la servidumbre, tan desmemoriadas como sus señores. Esas que van por el mundo cantando su sumisión, su destreza, su indelicadeza. Esas hembras que obedecen ciegamente, que mienten y arrebatadas rinden pleitesía a sus varones: la gritan, la veneran, la amparan. Lujuriosas, solapadas. No me gustan porque no tienen sueños, sino pesadillas, porque sus lágrimas no tienen dignidad, porque sus rencores son pasioncillas arrebatadas, porque su beatitud es perturbación mental. Son hipócritas, taimadas, desenfrenadas, calculadoras. Como sus machos.

Me gustan los hombres que saben llorar, los que ceden el paso, los que tienen miedo y les da vergüenza. Los seres de carne y hueso que aman y saben reírse de ellos mismos. Los que cantan a cualquier hora, los que sueñan y juegan como si fueran niños. Los que se esconden para aparecer en el justo momento. Esos hombres que odian la guerra, que no necesitan ir por el mundo aullando su hombría. Esos que leen novelas y poesía, y saben cocinar y barrer, esos que sueñan y tienen amigos y amigas, sin importar su condición sexual o económica, esos que no necesitan posar para fingir su honor. Los hombres que saben amar, que gritan de emoción, que no fingen, que saludan con su cuerpo. Esos hombres que no saben mandar, pero saben cuándo y qué se debe obedecer. Los hombres que sienten, los que pueden oír un bolero o cantar una ronda infantil. Los que ven a sus diferentes, los que comprenden al otro.

También me gustan las mujeres que sonríen, me gusta su tranquilidad, su vocación de guías tutelares. También se ríen y sueñan. No son rivales, tienen dignidad cuando deben tenerla y son valientes. Seducen y quieren la concordia, y saben cuándo decir no. No son esclavas del verbo, ni miran al otro como cautivas. No se rinden santurronamente, ni obedecen como fanáticas. No necesitan someterse, ni apabullan con sus gritos, ni exaltan a sus hombres, que no necesitan de ello. Son mujeres sobrias, buenas madres, independientes, francas, alegres. Duermen y deliran. También saben llorar y reír. Me gustan esas mujeres, a veces solitarias pero persistentes en sus ideales, defensoras de su decoro sin llegar al puritanismo de las hembras.

Cuánta falta nos hacen los seres humanos, los de carne y hueso, los que sienten y agradecen, los que no envidian, los forjados en el trabajo, en la lealtad a los principios, los que adoran, los que no fingen, los que comprenden y perdonan. Cuánta falta las almas de los niños y cuánta su alegría desenfrenada. Cuánta sus risas y sus travesuras, cuánta su indeclinable voluntad de jugar y soñar. Nos hacen falta muchas voces y nos sobran los alaridos y las venganzas. Nos sobran los odios y las falacias. Nos sobran el cinismo y la hipocresía.

Cómo nos sirvieran en estos momentos de machos triviales y acosadores los seres altivos, los que saben conducir, esos que los pueblos requieren en horas pavorosas. Cómo nos sirvieran los seres audaces, los pertinentes, los sencillos, los amables. Cómo nos sirvieran los poetas y los cantores, los amantes y sus amores. Cómo nos sirviera un himno para la paz, un himno con todos los colores y todas las voces. Cómo nos sirviera una palabra para encontrar los perdidos caminos, un verbo, un solo verbo para construir, un verbo para amar sin rencores, un verbo para reconciliarnos. Cuánta necesidad de la buena ventura, de la fuerza para indicar el sendero apropiado, para destronar a los fatalistas, a los perversos, a los indignos. ¡Cuánta falta nos hacen los seres humanos!

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