Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

La izquierda debe demostrar que sus pasos son distintos, que su sentido de la democracia no se vive en las convenciones politiqueras, ni se predica en los clubes, ni en las oficinas, ni espera que un patrón designe al flamante sucesor del jefe de Estado.


Las izquierdas, no la izquierda. Esa es la primera parcelación. A veces ni siquiera las ideas, aunque en estos tiempos del putintrumpismo o del castrochavismo o del uribesantismo, las ideas no existan o, por lo menos, sean mínimas. Las izquierdas del mundo parecen tan irreconciliables como lo fueron hace unas décadas la izquierda y la derecha, a pesar de todas las formas semánticas inventadas para crear pequeñas parcelas ideológicas, adobadas con ese afijo —centro, tan incierto como calamitosamente fingidor.

Aquí en el siglo XIX liberales y conservadores, poco después de su fundación, crearon también sus precarias divisiones. Y entonces hubo liberales gólgotas y draconianos, conservadores nacionalistas e históricos y estos, a su vez, se dividieron. Hoy, distinto del oportunismo, no podríamos precisar qué diferencia a unos de otros, y así tropezamos con puritanos y extremistas cristianos en el liberal y demócratas y republicanos en el conservador. Un imperio del transfuguismo, de la deslealtad, del odio visceral. Pero también de los personalismos, esa enfermiza y peligrosa enfermedad del culto a la personalidad, santanderistas y bolivarianos, como ahora uribistas y santistas, o lleristas y lopistas.

Pero lo realmente conmovedor es la división de la izquierda. Con frecuencia planeada desde las mismas centrales del poder y de la política tradicional o promovida con los mismos criterios clientelistas y del egoísmo. También plagada de rencores, de politiquería, de enfrentamientos sucios, de cobardía, como lo hace la derecha, con la misma saña, con la virulencia que caracteriza a los populistas, a los autócratas, a los desenfrenados dirigentes de los partidos y movimientos de derecha que se han enquistado en el poder. La izquierda inteligente, democrática, humanista, revolucionaria parece que no existe. Incluso algunos creen que el antisandinista Daniel Ortega, Maduro o Chávez la encarnan, o que eso del socialismo del siglo XXI es la cabal interpretación de las sensatas ideas progresistas.

Y precisamente esa falsa idea de izquierda, tan promovida y vindicada por los medios, ha sido la culpable de que se hayan fortalecido esos partiditos de derecha que ahora cogobiernan en el mundo y prometen con cinismo la vuelta a la dignidad de los pueblos, a la libertad, a la democracia y, de paso, a la miseria, a la tiranía, al desastre vestido de bienhechora corrupción. De esa ambigüedad se han aprovechado los más torcidos personajes de un mundo envejecido y envilecido, ignorante, transgredido en todas sus fronteras. Esa es la plataforma que llevó a Trump al poder, la misma que cambiará los destinos de Alemania y de Francia, la misma que cambió los destinos de México y Argentina, la que está pronta a administrar el terror en Colombia y Venezuela. La que ahora gobierna a Filipinas, a España.

En tanto la izquierda, dividida en partiditos de izquierda, se enfrenta casualmente por el poder y discute, como los de la derecha, por sus inalienables derechos, por la democracia, por la libertad, por la justicia. Casi como si fueran fieles reflejos de sus históricos enemigos. Ni una idea para preservar los legados de los hombres y mujeres que desinteresadamente han ayudado a construir un mundo más justo, más humano. Vean, por citar un ejemplo, la lucha en España, en Podemos, entre Iglesias y Errejón. O aquí en el Polo entre Robledo y los otros aspirantes a derrotados candidatos a la Presidencia, o los egos de Petro y los verdes. Todos peleando por las jefaturas, por “sus” privilegios. Es ese mismo culto a la personalidad, esa mortal enfermedad de la izquierda, de las izquierdas.

Una izquierda fuerte, comprometida con el país, dispuesta a trabajar por la democracia, consecuente con su destino histórico estaría hoy resuelta a defender el proceso de paz, a vigorizarlo, a darle sentido a esa transición de las Farc en movimiento político. Estaría en las calles por el insulto a la clase obrera con ese mínimo salario, estaría denunciando a los gremios y a las grandes sociedades sin ánimo de lucro que, solapadamente, maquillaron la abusiva reforma tributaria, estaría denunciando los incontables desfalcos en cientos de empresas del Estado. Esa sería una izquierda, no serían las izquierdas, ni tendrían la lacra del manzanillismo, ni del nepotismo, ni de la corrupción.

Una izquierda que no deje pasar campantemente los abusos que cometió el señor Ordóñez, ni que deje sin debate ni denuncias los escándalos que todos los días se destapan y no son castigados. Una izquierda firme, consecuente con los principios filosóficos y políticos, estaría pendiente de las trampas que hacen los gerentes de las campañas políticas, denunciaría todos los días las falacias que transmiten por las redes los dirigentes de los partidos y movimientos colombianos. No permitiría que la impunidad corroa al Estado y que los violadores de la honorabilidad se conviertan en abanderados de la buena fe, en apóstoles de la honestidad. Esa es la verdadera campaña que ahora deben enfrentar. El candidato a la Presidencia es apenas un pequeño suceso, pero es un escenario para denunciar y confrontar a los aspirantes de las derechas, y nada más. Y cualquiera puede ser el candidato, pero la izquierda debe demostrar que sus pasos son distintos, que su sentido de la democracia no se vive en las convenciones politiqueras, ni se predica en los clubes, ni en las oficinas, ni espera que un patrón designe al flamante sucesor del jefe de Estado.

Necesitamos otra vez a la izquierda. A esa que se preocupa por el bienestar de todos, que procura que la libertad y la justicia no sean para unos pocos, que reivindica la lucha de los obreros y de los estudiantes, que se opone al capitalismo feroz, que no busca alianzas con explotadores, que no se compra con puestos, que reconoce que la salud, el trabajo y la educación son derechos inalienables, que sabe que la tierra es de quien la trabaja, que es enemiga de los monopolios, que no claudica frente a la tiranía, que fortalece la democracia y se enfrenta a la desigualdad, al racismo, a la exclusión, a la intolerancia, a la mentira, a la desbocada avaricia, al odio. La izquierda quiere, con decisión irrevocable, la paz. ¡Todo eso la diferencia de las derechas y de las fingidas izquierdas!

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