Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

El motociclista ganó la partida, por lo menos esta primera, y poco podemos hacer. Ni huir, porque nos alcanza en un santiamén. Ni siquiera le podemos decir que sea más prudente, que vaya en moto pero con cuidado, respetando las normas, oyendo las mínimas normas de tránsito. No, él tiene la razón, por exagerada que parezca.


Terribles esperpentos que vertiginosos atraviesan por cuanto terreno les sea posible ir, sin advertirlo, sin ninguna pauta, sin pericia, con arrebato de legionarios que siempre tienen la razón. Gritones, desesperados, acelerados, van por este mundo vociferando, incontenibles, su incierto triunfo, su valor, su altanería. Lo han ganado todo, han suplido la incertidumbre y el desastre en dos ruedas y un motor que los dispone, en pocos minutos, en el sitio en que los requieran o llegan destripados a hospitales, centros de salud o consultorios a indicar la infamia, a señalar a los culpables, a destacar la horrenda tragedia que los sacude, cuando no es la muerte la que les cancela el viaje.

Es el apocalipsis frenético en que estamos sumidos todos —unos y otros—, es la urgencia, lo inaplazable, lo inminente, casi lo irremediable. Es eso, nada más. El apocalipsis vestido de motociclista. ¡Es ya! Ese horrible artefacto que conducen se puede comprar con veinte o treinta mil pesos y también puede costar cincuenta o cien millones. Ha causado tantas muertes como la segunda guerra mundial, y tantas tragedias como las más horrendas que ha vivido la humanidad. Es el invento más monstruoso que se ha hecho. Es razonable e inevitable, porque es para todos, iguala por debajo a los seres humanos. Un invento perverso, como tantos otros, casi como una bomba atómica, aunque más contundente.

Un estadounidense, dicen las memorias, Sylvester Howard Roper, y también un alemán, el barón Karl Christian Ludwig Drais von Sauerbronn, fueron sus padres putativos. El último de los citados fue inventor del primer vehículo de dos ruedas, precursor de la bicicleta y la moto, que llamó “máquina andante”. Un buen nombre para un mal oficio. Quizás haya que agregar aquí que los italianos, con La Vespa y La Lambretta, fortalecieron al Frankenstein motorizado que tanto horror ha causado.

El motociclista es el genio que anda en este aparatico de dos ruedas, con algunas versiones de tres y hasta cuatro ruedas. Nada importa, puede tener todo lo que quieran, todos los juguetes —así dicen los apasionados—, es una horrorosa moto, cueste un millón o cien millones de pesos, o dólares, o euros. Da lo mismo, es el mismo aciago aparato, el mismo tormento de viajeros, de peatones, de padres y madres, de hermanos, de autoridades, buenas o malas. De todos, sin excepciones. Este artilugio, que tantas vidas ha cobrado, circula por el mundo sin controles de ningún orden, llevado por duchos conductores, por irracionales, por iniciados, por ignorantes, por imbéciles, por analfabetas, por artistas e intelectuales, por luchadores y trabajadores, por niños y niñas, por señoras y señores, y por machos.

La moto es el desprestigio de la raza humana, es la máquina que nos pone en situación precaria en el reino animal —en una baja escala de la razón—. Es, sin duda, el instrumento más desastroso que ha creado el hombre, solo superado por el automóvil, ese cargador de cáncer, ese monstruoso y versátil aparato que tantos muertos lleva encima. Que tantos sueños ha destruido, que tantas idioteces ha producido. Por el que tanto sueñan jóvenes y viejos, que tanta distinción y deslustre ha dado. Desprestigiado es, sin embargo, el vehículo que azota y arrastra la fama. Va en un Lamborghini, o en Rolls–Royce, o en un Mercedes o un BMW, cuando hablan de esos artificiosos personajes de la farándula, de los jugadores más costosos del mundo, de los actores, de los mafiosos, de los jefes y los patrones.

Pero la moto ya supera al carro. Lo supera en muertos, en desdichas. La moto todo lo puede. Bate todos los retos y sobresale en todas las estadísticas. La moto es superior y cuesta menos. Mucho menos. Los pobres —tantos que hay—, pueden comprar una moto y no son más pobres por ello, incluso pueden ser más ricos. Son entonces motociclistas. Pueden ir a cualquier parte, con poco dinero. Los motociclistas son el pandemónium de la posmodernidad. O mejor, el tan anunciado infierno. Y poco se puede hacer, a no ser que se quiera el desprestigio, la ignominia, la burla, la acechanza.

El motociclista ganó la partida, por lo menos esta primera, y poco podemos hacer. Ni huir, porque nos alcanza en un santiamén. Ni siquiera le podemos decir que sea más prudente, que vaya en moto pero con cuidado, respetando las normas, oyendo las mínimas normas de tránsito. No, él tiene la razón, por exagerada que parezca. Es automovilista cuando le conviene, mulero cuando de arrogancia se trata, ciclista cuando de respeto se habla, peatón cuando lo exige la ocasión. Un motociclista es lo más parecido a nuestra augusta dirigencia, voltiarepas, como decimos los colombianos. Lástima que se hayan convertido en el flagelo de la sociedad, lástima que sean las mayorías, lástima que tengan la razón, lástima que nadie los haga entrar en juicio. Y ¡lástima por tantos amigos motociclistas que tengo! ¡Esta no me la perdonan! Pero en las calles, mientras no cambien, no los soporto un día más, aunque me gusten las motos en miniatura, casi siempre son hermosas.

Comentarios

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Comentarios  

0 #1 William beltran 13-02-2017 12:30
Señores de palmiguia buenas tardes. Estoy totalmente de acuerdo con el escritor Luis Fernando García ya que los argumentos que expone en su texto es lo que pasa a diario a cada segundo con los señores de las motos no tengo odio contra Ellos sólo quisiera que fueran más inteligentes y prudentes

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