Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

Casi nada podremos decir frente a los formidables —o monstruosos— adelantos genéticos, ni a los avances técnicos que han sumido al ser humano, al de carne y hueso, en una extensión de aparatos que lo han reemplazado y sumido hasta convertirlo en un estólido ente, con poca capacidad de decidir, vulnerable, mecanizado, adiestrado para cumplir unas pocas funciones.


Pocas expresiones más afortunadas para estos aparatos que hemos dado en llamar inteligentes, un infortunado adjetivo que se agrega a edificios, teléfonos, tabletas y cuantos más objetos están por ahí, esperando ser consumidos por quienes ahora requieren de algún aditamento que les ayude a sobrellevar la vida, pues su gastado y prosaico talento no les permite participar como debiera ser en la construcción de su destino. Debemos esta afortunada —o infortunada— expresión a un historiador árabe–judío, el profesor Yuval Noah Harari, autor de dos libros de los que tendremos que hablar con más amplitud, pues son una mirada novedosa, inteligente, asoladora y reflexiva de este homo sapiens, que en poco tiempo se ha convertido en un hito de la historia profunda del planeta Tierra.

Los dos libros son De animales a dioses y Homo Deus. El primero es una breve historia de la humanidad, el segundo una breve historia del mañana. Quizás el segundo sea más interesante porque, finalmente, es una atrevida conjetura sobre el mañana, aunque la palabra conjetura no sea la que deba usar, porque el libro no se funda en suposiciones, sino en situaciones que han venido ocurriendo en estos últimos años y que se han trasformado en palpables hechos reales. Casi nada podremos decir frente a los formidables —o monstruosos— adelantos genéticos, ni a los avances técnicos que han sumido al ser humano, al de carne y hueso, en una extensión de aparatos que lo han reemplazado y sumido hasta convertirlo en un estólido ente, con poca capacidad de decidir, vulnerable, mecanizado, adiestrado para cumplir unas pocas funciones, entre otras la de amparar la permanencia de una dirigencia apocalíptica y codiciosa.

Tenemos, sin embargo, la esperanza, de alguna forma vislumbrada en Homo Deus, de que en pocos años habrá dirigentes que se trastearán a los nuevos exoplanetas, quizás para destruir lo que allí hay, pues aquí ya les queda muy poco por arruinar. Claro que si se fueran ya, si les organizarán una expedición para que se marcharan de una vez, podríamos, de pronto, salvar lo que queda del planeta. Si se fueran, si hicieran ese viaje de unos cuantos años luz, podríamos salvarnos de la hecatombe en que nos han sumido. Todos asistiríamos a la despedida, y lo haríamos con afecto y les desearíamos el mejor de los viajes. Solo nos falta el Julio Verne que los ponga en órbita, que los anime para que hagan la travesía en unas naves seguras, cómodas, donde puedan llevar sus inmensas y casi fantásticas fortunas. Podríamos ayudarles para que el viaje sea muy pronto y cargarles sus canastos y sus maletas repletas de billetes y de lingotes de oro.

Si somos optimistas esas máquinas inteligentes —las de la robótica que analiza el autor de los citados libros—, pueden ser la salvación, y entonces cargaríamos los portaaviones con todo el combustible que haya menester, podríamos enviarlos con grandes ejércitos, con todos los ejércitos del mundo, y que se lleven todas las armas para que se defiendan de los alienígenas socialistas, de los extraterrestres fachos que hayan podido captar nuestros endemoniados canales de televisión, o de los que hayan oído los discursos de esta dirigencia mundial, que podrían convertirse en fuerte oposición a su infinita idea de dominar el mundo.

En ese viaje fantástico podrían ir con los jefes del nuevo estado islámico, con los reyes decadentes y los príncipes derrochadores, con los magnates e incluso podrían llevarse canales de televisión, periódicos y emisoras. Les daríamos todas las prebendas para que puedan disfrutar de la travesía, para que cuando lleguen a los exoplanetas lleven suficiente rabia o hayan emprendido ya sus nuevas alianzas, sus guerras, sus desplantes, sus odios, sus venganzas, sus muros, sus tratados.

Nos quedaríamos aquí en la Tierra con poco, pero suficiente para vivir sosegadamente. No necesitamos tanto. Nuestros algoritmos sencillos serían suficientes. No requeriremos de aparatos inteligentes y solos nos bastaremos para, si se puede, volver a empezar. Solo espero que la lección haya sido suficiente, espero que nos ayude a no cometer los mismos errores, a tumbar todos los muros, a vivir como seres humanos, inteligentes y laboriosos, sin pasaportes, sin fronteras, sin venganzas, sin rencores, sin burocracia. ¡Cuánta ilusión me ha surgido con la aparición de los exoplanetas! Y entonces Yuval Noah Harari tendría que escribir una adenda a sus inquietantes libros, para relatar otros aspectos inéditos de la historia del mañana.

Así, queridos lectores que no hago sino mirar para el infinito celeste para alcanzar a vislumbrar la presencia de vida en el más allá, y que se vaya toda esa dirigencia mundial, todos: los feos, con o sin peluquín, y los guapos, los viejos y los jóvenes —los peores—, mujeres y hombres, todos en esas naves interplanetarias, como esas de la Guerra de las galaxias. Nada perderíamos con experimentar esa travesía, quizás nos ganaríamos, al final, el desprecio de los alienígenas, que nos odiarían por mandarles toda esa pléyade de gritones, de esperpentos, de dignatarios, de déspotas, de mesías, de jefes y subjefes. Pero también los pueden mandar a otros exoplanetas para que sigan su glorioso transcurrir, su adinerado vivir, sin indigestar tanto a la humanidad.

Y, entonces, leeríamos extasiados De animales a dioses, Homo Deus y empezaríamos a entender esos complejos mundos de la física y la química, y podríamos leer con mucha más tranquilidad la literatura que nos espera ansiosamente y que no podemos leer para cumplir con los ingentes requisitos que el mundo nos exige para sobrevivir. Alcanzaríamos a percibir la frenética relación entre la filosofía y la vida de todos los días y entenderíamos mejor, y conscientemente, el hedonismo. ¡Alcanzaríamos la paz mundial y no precisaríamos de los nichos para imbéciles!

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