Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

Necesitamos un parlamento literario para desplegar todos los poemas del amor, de la vida, de la fraternidad. Un parlamento que nos oiga a todos, estemos solos o acompañados.


Una noche frente al mar

Es el momento preciso y adecuado. Quitémosle ese sentido peyorativo y adverso a una institución que debería ser modelo de legitimidad y esperanza para los pueblos. El parlamento —en teatro “intervención hablada y de cierta extensión de un actor”—, debe recobrar su esencia, sin el misterio de la aberración a la que ha sido llevada por los cínicos farsantes que le destruyeron su sentido de parlamentar, casi como si estuviéramos en una de esas sandias convocatorias al desfogue, a la pasión de gritar sin cesar, sin más que hacer, sin dejar que el otro parlamente, como si fuera un fin de semana en un carnaval de esclavos, en un reinado de la molicie, del desprecio, de la indignidad.

Como siempre en estos pueblos tan musicales, tan amantes de sus cadenas, de sus desprestigios, de su poca inteligencia, de su torpeza atávica, de su idiocia. Un millón de amigos para atragantarse de las sobras alcohólicas, de los restos de los pantagruélicos banquetes de esos afortunados que ganan a todo instante. Sí, de esos que a veces nos muestran como ejemplo de superación.

Un parlamento literario que desentrañe el enigma que no nos han permitido descubrir. Ese que han osado esconder para que no podamos develar las claves de sus fertilísimos, pero ilegítimos privilegios. Un parlamento que permita aclarar lo que no hemos querido aclarar, que permita descubrir nuestra culpa, nuestra complicidad en esta fiesta eterna en la que nos han metido, con la que han transgredido nuestros derechos, con la que nos han cerrado las puertas de la verdadera libertad, la de los sueños, los ideales, la vida, la felicidad, tantas veces confundida con el júbilo. La libertad de las quimeras y de las sensaciones. La libertad de los silencios y de los gritos, la libertad de las banderas y de su ondear, de los himnos y de los otros cantos.

Descubriremos, entonces, nuestras encendidas pasiones, nuestros errores, nuestras causas perdidas, nuestras vocaciones, nuestras colosales debilidades. Y poco menos, tendremos que hacer para descubrir nuestras afugías. Descubrir esas dolencias, esas incertidumbres que llenan el aliento de los que comprenden las alteradas voces del silencio, los sinsabores de los gestos, del rostro airado que se rebela contra la mezquindad del carcelero que intenta, a cada instante, condenar, avasallar, apremiar. El parlamento literario podrá oír todas las voces, plantear todos los debates, señalar todos los caminos, regocijarse o entristecerse cuando sea necesario, replicar con sus ecos las voces universales del desaliento, del hambre, del dolor, y también las voces universales de la placidez, de la ternura, del amor. No habrá duda porque no habrá ninguna barrera que nos seleccione. No habrá mejores ni peores.

Así, con la misma fuerza parlamentaremos por los nuevos universos, no seremos prisioneros de sus pendencias, sus odios y sus burlas. No habrá quien mande porque todos sabremos observar lo racional, lo sensato, daremos y recibiremos, con el prodigio de la justicia. No habrá débiles ni fuertes, sino seres humanos, dispuestos, entregados, abiertos. Será un lugar, imaginario y real, para que la palabra tome su verdadera dimensión, para que ella no se relegue a la perfidia de unos pocos, de unos gorilas cuya voracidad nadie alcanza a comprender. Un parlamento para que la utopía sea viable. Para que esta distopía energúmena que vivimos sea aplazada, sea refutada. Un parlamento de la razón, no del desatino.

Un sitio sin directores, sin cabecillas, sin atribuciones, sin horarios, sin mentecatos. Un lugar para el encuentro, para hacer lo posible, para vivir sin reglas excluyentes, sin dilemas, sin cortapisas. Un lugar, quizás, para la anarquía vital. Un parlamento de la decencia, sin príncipes, sin culto a la personalidad, sin narcisos anacrónicos ataviados de mal gusto, casi desventurados. Sin autócratas que pregonen a voz en cuello su mesianismo, casi terrorífico, con esa voz envenenada por el odio, por la venganza, por la simulación. Un espacio para todas las voces. Para todas.

Ahí está la razón de un nuevo diálogo, de una conversación infinita, sin medida, dada por la conciencia, sin esnobismos ridículos, sin desplantes, sin alcances infernales. Una voz que sea capaz de percibir las diferencias en los silencios, en los gestos, en las palabras. Una voz que no sea mercenaria, capaz de oírse sin desplantes. Una voz y un lugar entre los tantos que hay donde impere la armonía, la ternura, la libertad, la gallardía. Un lugar para oír, sin interrupciones, toda la verdad. La que se requiere en este instante supremo, en estos días tan señalados por el horror, por la insolencia, por la mentira, por la codicia.

En fin necesitamos un parlamento literario para desplegar todos los poemas del amor, de la vida, de la fraternidad. Un parlamento que nos oiga a todos, estemos solos o acompañados. Un parlamento sin listas ni quorum, sin jefes ni aliados, sin partidos, sin comités de aplausos, sin gritones, sin esbirros, sin dementes, sin compromisos políticos. Un parlamento firme para que las voces sean cordiales, leales, reverentes, encantadoras, claras, cristalinas. Palabras y seres humanos que puedan resolver sus desencuentros con el ánimo dispuesto y fresco, sin la envidia y el odio de los acuartelados por poderosos que todo lo destruyen, hasta su propia vida.

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