Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

García Lorca decía, no sin razón, “Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita, ¿y dónde están esos libros?”.


¿Leen los que mandan?, sería la pregunta. Si leyesen serían mejores seres humanos, por lo menos más humanos. Aquí valdría bien traer la sentencia formidable que García Lorca utilizó cuando asistió a la inauguración de la biblioteca pública de su pueblo, Fuente Vaqueros, en la hermosa provincia de Granada: “Dime qué lees y te diré quién eres”. Ha dicho todo. O casi todo. Para completar, dice Hernando García Mejía, “La lectura es una actividad que permite elevar el nivel de conciencia de los individuos y de los pueblos”.

Es que ese “elevar el nivel de conciencia” es la esencia fundamental de este ejercicio que permite el “encuentro y descubrimiento de los otros”. Si lo supieran, o lo supusieran, los que mandan, otro gallo nos cantaba. Habría, en consecuencia, un mundo mejor. Habría un mundo soñado por quienes han sido capaces de crearlo con su imaginación. Sería el mundo de los Quijotes y los Sanchos, sin tanta arrogancia y sin tanta codicia. Sin tanta prepotencia, sin este cacareado progreso que tanto nos ha costado.

García Lorca, para empatar todo, decía, no sin razón, “Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita, ¿y dónde están esos libros?”. Si los que mandan hubieran leído este discurso, y lo hubieran digerido con inteligencia, tendríamos un mundo de libros, con hombres y mujeres libres, con plumas al servicio del mundo y estaríamos alejados del plomo y del egoísmo. ¿Cuántos libros se pueden imprimir con el valor de un tanque de guerra? ¿Cuántos seres humanos se pueden salvar si en vez de guerras construyéramos bibliotecas? ¿Cuántas bibliotecas se podrían construir y llenar de libros con lo que se robaron en Reficar? ¿Cuántos corruptos menos?

Estas líneas son, quizás, una hemorragia de romanticismo en estos tiempos neoliberales de bancos quebrados, de corrupción, de pirámides, de políticos y políticas que no miran al ser humano. Es un despliegue de insulsez y de ingenuidad que muchos me criticarán. Pero quiero volver por los caminos de la ingenuidad para pensar en ese mundo que no fue, ni será, que nos puede impulsar, de repente, a pensar que somos culpables de todo. De todo lo malo, de lo imperfecto. Que lo bueno que nos ha pasado es una quimera frente a lo malo. Nada es bueno frente, por decir algo, a los terribles crímenes de la segunda guerra mundial, o los de luego, en pleno auge de las Naciones Unidas, en Oriente o en África, por no citar los de la vieja Yugoeslavia.

Decía el mismo García Lorca en su bello discurso —ese que todos los dirigentes deberían haber leído—, “Y no olvidéis que lo primero de todo es la luz. Que es la luz obrando sobre unos cuantos individuos lo que hace que los pueblos vivan y se engrandezcan a cambio de las ideas que nacen en unas cuantas cabezas privilegiadas, llenas de un amor superior hacia los demás”. Sí, claro que sí. Pero ¿leerán los poderosos estas palabras? Entre otras, ¿qué leerán y a qué horas? Claro que leen, poco, pero nada de lo que leen nos sirve a los mortales comunes y corrientes, nada a estas masas de seres humanos que tienen todos los días que enfrentarse a los disparates de esos malos lectores que nos gobiernan, a los designios de Putin, de Trump, de Maduro, de Peña Nieto, de Macri, de Rajoy, del jovencísimo Macron, del premier chino, de Duterte, de Temer. De todos. De los aviesos gerentes de los bancos del mundo entero, de la señora, tan correcta ella, que dirige el FMI, del gerente del Banco Mundial, el del BID, empeñado desde hace tiempos, casi inmemoriales, en ser presidente de un país azotado por las bandas dirigentes que no leen.

Se imaginan ustedes cómo sería Trump si leyera a Dostoyevski o a Shakespeare, o, caray, si supiera español y leyera a Cervantes. Pero no necesita saber otro idioma para leer a todos los que vale la pena leer y que él no conoce porque ha dedicado su vida entera, sus más de setenta años, a hacer dinero, a construir esa fea torre Trump, a decir mentiras, a defender lo indefendible, a articular pequeñas frases sin sentido, sin más convicción que su deseo de ganar, y ganar de todos modos, así haya perdido. Esa es su pérfida condición, como lo es la de todos los que mandan este mundo desbaratado e inhumano. Este mundo mandado por no lectores.

Si leyeran Uribe y Castro, el mundo sería distinto, o, por lo menos, ellos no estarían en el poder. Quizás estarían otros, tanto o peores que estos errantes déspotas. Si leyeran literatura, claro está, porque no dejarán de leer economía —la que les sirva a ellos—, o derecho y quizás algo de política, pero no a los clásicos, que ya les dirían otras cosas más sensatas. Nada espiritual, nada humano. Estadísticas y un poco, o mucho, de mentiras. Todo aquello que los celebre, que catapulte su maquiavélica dignidad, su incierto destino de dueños del mundo, de mesías, de héroes, casi de superhéroes. Culto a la personalidad, y nada más, para que pasados los años sus estatuas sean derribadas, sus osadías certificadas como crímenes, sus decisiones consideradas inútiles, por no decir fatales.

Leen poco porque sus días pasan raudos en mil artificios, en esplendorosas y casi interminables celebraciones, en reuniones infinitas, en saludos y poses para la prensa, en declaraciones y discursos engañosos, en tramoyas de mil especies, en conversaciones para demostrar su poder, su poderoso poder, su encumbrado poder. Unas horas de literatura, de poesía, de novela, de cuento serían impensables, les cambiaría su destino de líderes, de jefes, de adalides. Serían entrañablemente más humanos, buscarían la armonía y la dignidad, serían dueños de la verdad y no transigirían con la corruptela, ni estarían dedicados a acrecentar sus ya inmensas fortunas. Sabrían que el hombre se hace con ideas, con respeto, con humanismo, con algo de ingenuidad.

¿Qué leyeron los que nos mandan? ¿Qué leerán mañana, memoriosos de toda memoria? ¿Cuándo leerán? ¿Qué saben, distinto de las finanzas y el oro, los poderosos, los dueños de todo? ¿De qué les sirve lo que tienen? ¿Para qué tienen lo que tienen? Tal vez esta última pregunta la puedan responder los dueños —fermento de la voracidad— de Forbes, esa pequeña escuela del desaire, de la escandalosa humillación que cada tanto saca listas de multimillonarios, que cada vez que puede nos enrostra el poderío de los omnipotentes. Sí, Forbes, ese espectáculo de la espléndida miseria de esos billonarios, de los dueños del 90 % de la riqueza de este planeta que empieza a partirse en pedazos, que empieza a irse, a convertirse en el nuevo Marte de esta vía láctea, de esta galaxia espiral barrada. Se empieza a ir, a desmoronar, sin que todavía hayan inventado las naves que los puedan transportar con toda su riqueza a lugares más seguros, sin tanto pobre, sin tanto humillado, sin tanto indignado.

Todos iremos, lenta pero seguramente, hacia el mismo abismo y allí ricos y menesterosos nos uniremos para implorar, para pedir clemencia, para arrepentirnos de los desaires que, unos y otros, le hicimos a este planeta que se hizo para que fuéramos felices.

Y muchos sin haber leído una página, sin haber disfrutado de una novela, de un cuento, sin haber leído la historia, sin haber atravesado una hojita de la filosofía, sin conocer lo que pensaron los que sí pensaron. Nada de nada. Viajeros ciegos, ricos menesterosos, podridos en su ambición.

Ya no habrá hombres que pidan más, pasará —pasó hace tiempos— esa humanidad que “empujaba misteriosamente —vuelve a decir García Lorca— a unos cuantos hombres para que abrieran con sus hachas de luz el bosque tupidísimo de la ignorancia. Los libros, que tenían que ser para todos, eran por las circunstancias objetos de lujo, y, sin embargo, son objetos de primera necesidad”. ¿Qué les puede importar a esos mandones que el libro recorra el universo y sea objeto de primera necesidad? Le tienen miedo a las palabras impresas porque ellas los ponen en evidencia, ellas develan su condición con certera fidelidad. Por eso su miedo, su indolencia ante la lectura, pese a tener inmensas bibliotecas en sus mansiones, a tener libros en las paredes de sus refinadas oficinas.

Pese a todo, le tienen miedo a los libros, porque los libros desafían sin disparar, porque un libro es más preciso que un batallón de forajidos que dispara sin cesar a un pueblo, de lo contrario no habría necesidad de batallones para contener las protestas, no habría protestas, no habría necesidad de protestas, no habría necesidad de mandamases…

Dice Proust que hay ciertos casos, “determinadas patologías, por decirlo así, de depresión espiritual, en donde la lectura puede tornarse una suerte de método curativo y encargarse, por iniciaciones repetidas, de reintroducir perpetuamente a un espíritu haragán en la vida del pensamiento. Los libros juegan entonces cerca suyo un rol análogo al de los psicoterapeutas en relación a ciertos neurasténicos”. Cuán útil sería que estos espíritus haraganes que nos gobiernan pudieran introducirse perpetuamente en la vida del pensamiento. Descubrirían, un poco tarde, que mandar es el último de los mandamientos que existen para ser felices y que su paso por el mundo ha sido inútil para que crezcan la concordia y la felicidad. ¡Cuán útil es leer para aprender a ser generosos! Y ya.

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