Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

Esa forma de vestirse, su sonrisa, sus afeminados ademanes, su voz meliflua, su porte de dueño de un reinado, sus fanfarronadas son apenas una clara descripción de un personaje extraño: el hombre más poderoso del mundo.


Todo se puede decir de este incierto personaje. Casi desconocido, pero convertido, de repente, en el hombre más poderoso del mundo, una especie de Superman, una de esas caricaturas que solo nos revelan que seres así son ficción. Pero no. Trump es otra cosa. Es casi nada. O nada, aunque sea el hombre más poderoso. Es rico, lo cual no es ciertamente algo impresionante, y menos cuando se ve la lista de los más acaudalados del planeta. No es un hombre culto. No alcanza, siquiera, a ser ignorante. Sus palabras lo traicionan sin que él se dé cuenta. Sus gestos se acercan más a los de un chiquillo dueño de sofisticados juguetes. Y posa frente a las cámaras para mostrar su firma en los decretos que le escriben sus funcionarios, como si estuviera mostrando una pilatuna. Una pilatuna de la que no sabe los alcances. Ese extraño rosado de su piel y su rubio cabello dan la sensación de un gran simio disfrazado. Esa forma de vestirse, su sonrisa, sus afeminados ademanes, su voz meliflua, su porte de dueño de un reinado, sus fanfarronadas son apenas una clara descripción de un personaje extraño: el hombre más poderoso del mundo.

Trump ha sido una catástrofe. Como lo son otros dirigentes, su epígono Peña Nieto, por citar uno, o su enemigo norcoreano, por citar otro. Algunos de sus amigos íntimos, o de sus nuevos enemigos. Quizás Putin, de quien quiere desalinearse, ya tarde, cuando todos, hasta él mismo, saben que fue su guía, su mentor, su ejemplo. Hasta en eso este personaje es fatal. Su concepto de la amistad no existe, él no tiene amigos. No los necesita. Y no sabe todavía muy bien qué quiere tener. Ni lo sabrá nunca. Él mismo es nada. No es blanco, si somos razonables, como no son blancos puros los segregacionistas estadounidenses, ni los supremacistas, ni ya lo serán pues están altamente contaminados de sus vicios, de sus locas eyaculaciones, de su verbo traicionado. Trump no modifica para nada esta estirpe de catadores del peor güisqui del mundo. Se parecen todos: ni arios, ni judíos, ni gringos, ni blancos puros. Solo intolerantes racistas, para aparecer en las revistas de la farándula gringa.

Este hombre es una estafa que, sin embargo, tiene admiradores. Los tiene en el mundo actual, en el mundo de Rajoy y Maduro. Muchos quieren posar ante las cámaras con él, para arroparlo, para desprestigiarlo más de lo que ya está. Muchos quieren que él hable ante ellos y el mundo para que se sepa que son más inteligentes que el poderoso presidente de los Estados Unidos. Cualquiera será siempre más lúcido. Muchos quieren verlo de cerca, oírlo para saber si es verdad que ese multimillonario es multimillonario y cómo lo fue. Saber, no obstante, la historia de Donald Trump puede tener efectos nocivos para la economía mundial, podría arrastrar todos los efectos negativos de su pírrico conocimiento, de sus nulas habilidades, de sus protervas condiciones de marioneta sin titiritero. Trump es una ofensa a la dignidad de los seres humanos. La más espantable ofensa que se haya dado contra el género humano.

Donde vaya este personaje habrá siempre asonada. No hemos podido superar los instantes de su presencia diabólica. De sus discursos sin sentido, de sus diatribas contra el mundo decente. Trump está revestido de ese halo fatalista que ha acompañado al pueblo estadounidense. Ellos lo conocen a pesar de su simpleza, de su anónima condición, de sus fingimientos, de sus desaires, de su misógina altanería, de sus dislates. Es el presidente. Su presidente. Y ellos los han tenido de todos los quilates: desde los sabios fundadores de la nación hasta los que han hundido su prestigio en la brumas de la más desconcertante decadencia: como en el imperio romano. Como en todos los imperios. Los Bush, por citar a los más contemporáneos. O Nixon, o Truman, o Reagan. También constructores como Kennedy, Franklin D. Roosevelt, Lincoln. Es su historia. La que han construido, desinteresadamente, millones de inmigrantes, cientos de hombres y mujeres venidos de todos los rincones del mundo para darle sentido y plenitud a la existencia de los Estados Unidos. Para convertirla en una potencia. Para volverla la patria de todos. Hasta la nefasta irrupción de Donald Trump.

Esta es la razón del desaire que representa la presencia de este figurín insólito. Trump no está desprestigiado. No alcanza a estarlo. Sin duda, es un revés para la clase dirigente estadounidense. Ellos no lo creen y no saben cómo sacarlo del camino y borrar estos días de vergüenza, pero Trump hará solo su camino. Él no lo sabe, pero así será, lentamente irá tras su propia hecatombe, sin la mezquina ayuda de nadie. Él solo cavará tu tumba y la Torre Trump será su última morada en este mundo donde gobierna el desprestigio y la insidia, la tozudez y el egoísmo. No volverá a ser el mismo planeta, pero tendremos suficiente fuerza para saber cuánto ha costado la vanidad de unos pocos y cuántos males nos habríamos evitado de haberlos enfrentado a tiempo. Ahora poco tenemos por hacer. Casi nada. Solo esperar a que su propia indignidad le cobre sus monstruosos errores, sus crímenes y su perfidia. ¿Cuánto habrá que esperar?

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