Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

Es un año nuevo con todo viejo. Como desde tiempos inmemoriales. Los mismos salarios, la misma corrupción, la misma clase dirigente, los mismos gritos enardecidos.


El incierto mundo en el que ahora vivimos es un enigma. Un paradójico enigma surgido de la mente más disparatada que existe. La mente del hombre, si podemos llamar mente —demente— a la genial creadora de los más absurdos inventos de que haya noticia, a la autora de taimadas triquiñuelas políticas, de las ambiciones económicas, de la indecorosa forma de creer en un ser superior, de la innata capacidad de mentir, de odiar, de calumniar, de calcular, de envidiar. Sí, la portadora de esa odiosa paranoia por el poder y la fortuna. Vean, ahora, la mirada de esos atormentados para que descubran en sus escasas sonrisas los diabólicos sentidos de sus siniestras vidas. Vean en sus furias y en sus intervenciones, casi mesiánicas, el tormentoso perfil del hipócrita, del opulento ignorante, del taimado conserje de la riqueza. Vean su vida apasionada de inclemente patrón, que solo codicia el poder para merecerlo, para hacerse dueño de él, a como dé lugar, a costa de la vida de sus títeres, incluso de su consagración. Esa mente demente, es el laberinto grotesco que nos impele a buscar otros horizontes, a encadenar para siempre esos instintos obtusos que se regodean en el rencor, en la riqueza, en la indignidad.

Estas líneas están escritas para que sean leídas en muchos lugares del mundo. Incluso en hogares en los que la paz interior no existe porque ella se resuelve en la bestial paradoja del poder, del dinero, aunque no pareciera. Al fin, el mundo es un reflejo de los hogares, de las familias, de las comunidades, de la sociedad. La intransigencia nace en una pequeña cuna, se oculta pérfida en los primeros años y surge, de repente, de la rudeza con que se construya el universo de las relaciones con los otros, los iguales y los diferentes. Los destemplados gritos de los padres se convertirán tarde que temprano en las aviesas conductas de los herederos. Del autoritarismo nacen los tiranos más infortunados, de la ambición nacen los avaros, los delincuentes, los insaciables. De los ignorantes nacen los títeres, los avasallados, los arrodillados, los obsecuentes cómplices de la infamia.

No obstante, sin aviso previo, germina el paladín sin tacha, su voz tiene otros tonos, su gesto es afectuoso y sincero, no obstruye el camino, no ambiciona sino la libertad, no desea otra cosa que el bien de todos, no se encadena y busca en el arte, en el conocimiento, en la razón y el decoro la convivencia, la mesura. Su voz no es airada, es clemente, libertaria, comprensiva. Su aliento no está endurecido por la mezquindad ni por la venganza. Perdona, concilia, converge, entiende y se desencadena para mostrarnos el lado amable y virtuoso de la esplendidez. Surge el diferente, el otro, el sabio, el creador. Surge el que necesitamos todos, el perseguido y difamado por los dictadores, por los usurpadores, por los ignaros, por los trepadores y codiciosos. Surge el líder que los déspotas quieren destruir, al que se le calumnia, al que los más depravados le piden esmero, al que esos puritanos desvergonzados le exigen rectitud, la que ellos nunca han tenido, pero indecorosos como son la buscan en otros porque ellos nunca serán capaces de tenerla, sus odios no se lo permiten. Ellos incineran el pensamiento, ellos rezan pero son descreídos, ellos ocultan su verdadera venalidad en sus alharacas, en sus fanáticos discursos, en sus exaltados comportamientos, en sus miserables juzgamientos, en sus casi siempre beatonas creencias.

En medio estamos nosotros. Casi siempre indispuestos, eludiendo nuestro compromiso vital, quejosos. En perpetua peregrinación por los más apartados rincones de nuestros afectos, de nuestros delirios, de nostalgias insidiosas, de pensar que todo ayer fue mejor y que lo de hoy no sirve, como si no fuéramos también frutos de ese ayer. Hijos somos de ese antes que consideramos espléndido y que en verdad no lo fue, porque este hoy así lo indica, este hoy de los insaciables, de los corrompidos, es el fruto de ese perverso ayer. Tenemos la obligación de contar, de develar nuestro pasado para que los próximos herederos tomen la senda correcta, la que tanto hemos evitado con tan pérfidos resultados, con tan hondas disculpas. Así, la historia se nos convierte en un instrumento fundamental, único. Tenemos que volver a ese pasado para repasar sus asechanzas, para señalar los terribles errores que se cometieron, para decirle a las próximas generaciones que ese no es el camino, para indicarles que por encima de todo está la felicidad de los pueblos y no las cuentas bancarias de unos pocos, el poder político y económico de una élites desprestigiadas, putrefactas, insaciables.

Esa es una reflexión para estos días en que la fiesta se desborda, en que nada anticipa el dolor de tantos, ocultado con sevicia, desconocido para no oler nuestra vergüenza, nuestro desatino por haber tomado el camino equivocado. Una reflexión acuciosa en estas horas que preceden al tan anunciado desastre si seguimos por este camino, si decidimos por los que durante tanto tiempo nos han esclavizado, si no somos capaces de construir la paz, si no tenemos el valor de derrotar la violencia, de decirles no más a los que vociferan contra la armonía y la tranquilidad, a los que piden justicia cuando han sido inmorales, a los que odian, a los que excluyen y señalan, a los que mienten y quieren la muerte.

Tendremos que volver la mirada a quienes supieron amar, entregar su vida por la libertad. Por la verdadera libertad, no la que nos ofrece vivir felices en una jaula de oro, ni ocultando nuestras diferencias, nuestras cualidades, nuestros defectos y alabando a los que tanto mal han hecho. La libertad para que todos participen, para que la palabra le sea dada a todos, sin atisbos de odios, sin exclusiones nefastas, sin condiciones.

Es un año nuevo con todo viejo. Como desde tiempos inmemoriales. Los mismos salarios, la misma corrupción, la misma clase dirigente, los mismos gritos enardecidos, la misma coherencia invocada en sus campañas, la misma honradez tantas veces aullada, la misma negligencia, las mismas dificultades, los mismos gremios farsantes. Nada es nuevo, ni siquiera los días, ni las noches. Es la clonación de los días, de las horas, de las angustias. Sí, sobre todo de nuestras angustias…, con tal que este 2018 sepulte a los demagogos, a los mendaces, a los enemigos de la paz y la verdad, todo será distinto para nuestro bien. ¡Ojalá y feliz año!

Comentarios

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Comentarios  

0 #1 LUIS ERNESTO PEREZ 02-01-2018 18:07
Saludo desde tierras paisas, en donde reina y gobierna la estupidez,en donde damos ejemplo de ella con los mejores índices de quemados, lo mejores accidentes mortales, los mejores feminicidios y las mejores borracheras navideñas con aguardiente oficial.
Este año no tendrá por qué ser distinto a los 200 anteriores. Las dinastías, los clanes, las roscas y las mangualas seguirán triunfando con los "votos cautivos" de los estupidizados colombianos.
Salud y buena letra!

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