Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

¿Mazamorra, papas y arroz? Sí, lo mismo, pero más caro. Se imponen las semillas certificadas y en poco tiempo tendremos los supermercados con precios más favorables y más ofertas, y las calles con más pobres que antes.


¿Con qué autoridad un gobierno firma un TLC? ¿Quién le indica que el mejor camino para alcanzar el desarrollo es un Tratado? ¿Quiénes se benefician realmente? ¿A qué campesinos representan los negociadores de los tratados? ¿Dónde están ahora, por ejemplo, los senadores y los gestores del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos? Apenas unas pocas preguntas y, como sucede con frecuencia, las respuestas por un lado y los negocios por el otro. Y algunos empeñados con terquedad en hacer una obstinada relación entre el desarrollo y los TLC. Ahora podremos comprar quesos curados y nos van a traer mejores productos y más baratos. Tendremos, además, semillas "certificadas" y los mejores vinos del mundo. Y las multinacionales convencen a estos surtidores de maleficios y ellos se encargan de difundir la "buena nueva", como si en verdad los otros estuvieran equivocados. Todo montado en la falacia perversa del desarrollo, de la globalización, de la riqueza.

En tanto, como sucede en otras partes, el progreso se mide en las muy popochas cuentas de unos multimillonarios, excéntricos y especuladores, y en el poder de las multinacionales que asaltan al mundo con unas extensas porciones de buen vivir, de lujos y de ostentaciones a granel. Otros pocos adheridos, con buenos salarios, pero sumergidos intensamente en los agobiadores trabajos que les demandan esos mecenas, "sus" mecenas. Y decenas de académicos, de pequeños empleados de corbata y automóvil, a los que convencen con las cifras demoniacas de las acciones y de las fortunas de papel: acciones, bonos del tesoro, deudas y certificados. Por debajo la usura que luego los matará sin misericordia. Quizás entiendan, entonces, la dimensión de la tragedia, de la inmensa tragedia.

Un complemento ideal lo dan los medios de comunicación que este aparataje soberbio ha creado con desparpajo, como si estuvieran soñando con un paraíso de consumos que solo se queda en imágenes lejanas y fugaces. A veces, solo para mostrar la diferencia, nos permiten llegar a los otros extremos, los de la pobreza, el hambre, la suciedad, lo nimio y lo descartable. Los barrios marginales, los campos sin más posibilidad que la miseria, contrastados casi siempre con los inmensos cultivos, con las brillantes fábricas, con el orden y la riqueza, la limpieza y la donosura. Además, los modelos perfectos a los que se agregan los cientos de profesionales bien hablados, los genios certificados por una academia lejana, distante como el sol, entregada al mundo de la otra especulación, llenos de estadísticas y gráficas, convencidos de los avances de la ciencia, de la verdad que encierran unas cifras, de la inteligencia, de "su" inteligencia.

Los voceros de ese mundo abundan y escriben por doquier. Docenas de miles de tomos, y páginas por millones. Hablan del beneficio que traen los tratados, de lo que significa el verdadero desarrollo, incluso llegan a llamarlo con pésimas metáforas: huevitos o locomotoras. Para eso están los ricos, para probarlo. Todos los ricos, los cienes de ricos que hay en el mundo, pueden probar, sin más, que los miles de millones de pobres no tienen la razón. No importa que los campos de México, o los kilómetros de tierras desaparecidas por las minas del Perú o de Colombia, o los cordones de miseria de todas las ciudades del mundo digan otra cosa. Esas son las excusas del terrorismo internacional, del marxismo totalitario, de unos cuantos desadaptados. Están infiltrados de ideas diabólicas.

Crecen, sin embargo, estos ridículos testaferros de unas ideas casi probadas. Y tienen en sus manos el poder de las armas, y de la cultura, y de la religión. Son esa fauna nueva que lee y traduce en todos los idiomas. Son los dueños de los laboratorios, los expertos en microscopios, los otros sabios, los leídos, los de tantos libros consumidos como si fuera una nueva y sustanciosa sopa espiritual. Libros leídos con tanta fe, como si fueran los consejos de sumos pontífices de un desastre que ellos pueden evitar porque tienen la clave que señores y señoras, ¡y señoritas!, leen con apasionada poquedad: las leyes del éxito, de la riqueza, de la tranquilidad, de la buena vida. Quesos, ratones y vacas, ricos y pobres en un carnaval de desatinos que ahora nos llevan a decir: "Dios lo quiso así", "todo sea por la voluntad del Señor".

Pero, a pesar de todo, los campesinos están en las calles. Ellos saben la otra verdad. Están infiltrados por la verdad de sus cuentas, de sus calamidades, de esas ruinas que los sabios no muestran, que no están en sus cálculos. A los campesinos se suman los transportadores, los estudiantes, los maestros, los empleados de la salud y de la justicia. Es el país de los que comen mazamorra, papa, maíz y arroz; de los que se mueren en los pasillos de los hospitales, de los que casi nunca llegan a las universidades, de los que tramitan hasta el designio de su vida, de los deudores de bancos y perpetuamente urgidos de un paz y salvo para alcanzar una escala más en ese intrigante desarrollo que citan los expertos.

Los sueños de estos caminantes se ven truncados por la infamia y la insania de una dirigencia que dice defender la institucionalidad, la democracia, la libertad. Y las armas y los gases y los tanques y las bombas aturdidoras y los millones de millones de pesos gastados para detener a estos rebeldes de la casualidad que a veces están acompañados o infiltrados por otros vivos, los vivos de siempre, esperando que este infierno que ellos crearon se vuelva a su favor y les dé los resultados electoreros que buscan con tanto afán, con tanta pasión para seguir trabajando por el desarrollo, la democracia, la seguridad del país y los huevitos.

¿Qué comen los campesinos mientras tanto? ¿Mazamorra, papas y arroz? Sí, lo mismo, pero más caro. Se imponen las semillas certificadas y en poco tiempo tendremos los supermercados con precios más favorables y más ofertas, y las calles con más pobres que antes, con más carros de alta gama, habrá más inventarios precisos y las encuestas serán suficientes para hablar de la participación ciudadana. Y millones de hectáreas produciendo lo que el desarrollo necesita. Muchas minas y enfermedades y miseria. Al otro lado, lejos, otra guerra y los países más desarrollados pondrán a funcionar sus implacables máquinas de destrucción para imponer la libertad, la democracia, el desarrollo, los derechos.

Al final, los trabajadores pedirán todos los años justicia y los campesinos volverán a salir a las calles y nosotros a escribir otras páginas y el círculo vicioso se extenderá por los años de los pocos años que nos quedan de vida en este extenso desierto en que el desarrollo y el progreso y la industria y el consumo convertirán al único planeta a la redonda con vida humana tal como la conocemos nosotros. Casi nada quedará, pues el gas lacrimógeno destruye la capa de ozono doscientas treinta siete veces más rápido que las bombas atómicas o de nitrógeno que el desarrollo y el progreso ha creado en menos de un siglo. Ya, entonces, no importará saber qué comen los campesinos, ni habrá que militarizar el país.

Comentarios

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Comentarios  

0 #1 rafael franco piedrahita 09-09-2013 15:58
triste pero cierta la ralidad del campo

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