Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

Nunca veremos en las calles a los poquísimos ricos que hay. Ellos ya no transitan por este planeta. Son cuerpos gloriosos y su presencia física se convierte en una trasgresión.


Como un insulto. O una provocación. La lista de los más ricos del mundo que publica la patéticamente afamada Forbes tiene las mismas evocaciones de un bombardeo con armas químicas. O algo por el estilo. La noticia de los miles de millones de dólares de los 10 más poderosos hombres del planeta, seguida de las marchas de los pobres de Grecia —con esa infamia que es la troika—, goza de los ingredientes de un crimen tan devastador como el comentado bombardeo en Siria que tiene los mismos responsables, lo hayan cometido las fuerzas leales a Bashar al Asad o los rebeldes, pues estos arsenales vienen de las mismas fábricas, auspiciadas, muchas de ellas, por quienes se rasgan las vestiduras y claman por otro ataque criminal y destructor, como los que ya se han hecho en Irak, en Afganistán, en Libia.

Y, claro, también algunos de esos aborrecibles y avarientos multimillonarios, de la infausta Forbes, serán accionistas o propietarios de la industria de armas, que distribuyen con tanto cinismo, y muchos dólares, entre ejércitos de bandidos o mercenarios y tropas de gobiernos adscritos a las Naciones Unidas. Ahí está la razón de la columna de Daniel Coronell, tan demoledora como la muerte de seis personas en un "Club privado" de Bogotá, con la insinuación, casi comprobada, del uso del gas pimienta por parte de la policía.

Casi nada. Como si todo esto apenas fuera un evento más de esa frívola especie de "miss universo", sin chaperones, que es la lista vergonzante de Forbes. Supongo que esos señores gastan su prestigio, y unos pocos dólares, para aparecer allí y desbancarse entre ellos para regocijo de sus perversas y obstinadas pretensiones de usureros. Algunos de sus millones, no tantos como debería ser, irán a fundaciones que ayudan a los más pobres del mundo, sin listas de Forbes, ni noticias y evidencias de poder. Y ellos, con su otra careta, de vez en cuando pondrán su mística presencia para salir en las fotos de "sus" periódicos y noticiarios de todo el mundo. Caritativos y bondadosos, inocentes de sus desequilibradas cuentas, de sus tantos millones, logrados quizás, tal vez, no se sabe cómo. Y nada más.

Ante tanto aspaviento valdría la pena preguntarse ¿cuáles son los diez más pobres del mundo? Estarán en Grecia, o en España. Cuántos en África o aquí no más, en esta tierra con apenas uno o dos en ese publicitado inventario universal. Las listas, entonces, serían casi tan infinitas como los millones que tienen esos acaudalados personajes. ¿Hablarán con estos pobres los funcionarios del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional? ¿Sabrán algo de sus apellidos, de sus hijos? ¿Sus escándalos aparecerán en esas baladíes revistas del entretenimiento? ¿Con quién se casan? ¿Los invitan a esos foros del desarrollo que cunden por ahí como una especie de fiebre amarilla, con expresidentes a bordo y con torpezas que no se sabe si son chistes o nuevas teorías?

Nunca veremos en las calles a los poquísimos ricos que hay. Ellos ya no transitan por este planeta. Son cuerpos gloriosos y su presencia física se convierte en una trasgresión. Pocos lugares se han podido adaptar a sus insólitos requerimientos y persiste la insana idea —dicha por Balzac— de que detrás de toda gran fortuna hay siempre un crimen. Poca cosa para ellos, pero para el resto del mundo un extraño indicio de que las cosas van muy mal. Entre más dinero tengan estos privilegiados de Forbes, menos posibilidades para el mundo de alcanzar la tranquilidad y la felicidad. Ellos no volverán a las paradisíacas islas griegas, tendrán más dinero el próximo año y, sin duda, habrá más armas y el mundo de la técnica hará más fácil la complicada vida de estos emperadores del ahorro.

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