Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

Los borbones saben que el fin está próximo. Que la cadena de sus argucias está por concluir y que toda la vieja Europa se hundirá, como se hundieron los imperios de sus venales antepasados.


Las noticias de España son aterradoras. Y lo son desde hace muchos años, más desde la ascensión del más tenebroso de sus gobernantes: Francisco Franco, que tiene todavía sus prosélitos, tan depravados y perversos como él. Pero el generalísimo no es el motivo de estas líneas, es apenas el anuncio del hilo conductor con el que luego entenderemos, por ejemplo, los escándalos de esa inútil monarquía, mezquina y meliflua, surgida de la eventualidad, del engaño, de la rabia y de la pedantería de un tirano ignorante, que buscó al peor, al más estólido de los sucesores que fuera posible señalar y que no se convirtiera en un enemigo de su patibulario gobierno y en una figura que lo opacara. Y lo logró con satánico tino. Todos cayeron en el engaño.

Ahí están ahora las consecuencias. Las conocidas apenas. Una de las infantas, casada con un personaje de medio pelo, capaz de falsear documentos para quedarse con dineros públicos, deberá comparecer ante un juez para que cuente cómo ha sido la trama de los negocios de su marido, de los que ella es socia. Un generoso prontuario para el yerno y la hija preferida del rey cazador y enamoradizo.

Entre tanto, el partido gobernante, el PP, sumido en una bestial confabulación de corrupción, de coimas y sobresueldos. Como también lo ha estado el PSOE, ese otro monstruo de varias cabezas, presidido ahora —o siempre— por infaustos personajes. Pobre España. Una historia que, con seguridad, se quedará en las gavetas de los despachos judiciales y en las memorias de unos tribunales que destituirán al valeroso juez, como lo han hecho en otras ocasiones.

Cuentan, también, que la Armada española gastó 11,5 millones de euros en mejorar aviones caza que dará de baja. Las noticias, las conocidas, van sumándose a la catástrofe de un país con una crisis económica descomunal. Como Grecia e Italia, con los mismos ingredientes de corrupción y de usuras, con las mismas grietas en ese desastroso camino que han seguido algunos dirigentes de la vieja Europa, la de las invasiones y el coloniaje, la que ha dispuesto cientos de soldados en el otro mundo para lograr la democracia y la justicia. Como lo hicieron en la Libia de Gaddafi. O las invasiones en República Centroafricana y Mali que impulsó el faldero Hollande de Francia.

Esa es la historia. La verdadera, la de las afrentas y las ignominias, la que se cuenta de tantas formas, con el sello de los vencedores, con el de los déspotas. A esas victorias, como a casi todas, se suman las infamias. También están documentadas, pues miles de humillados por esos poderosos bandidos, claman en las calles por un mundo nuevo, posible, justo, democrático. El que dicen entregar después de cada uno de sus ardides, de sus plebiscitos, de sus batallas históricas, de sus componendas, de sus liberales constituciones. ¡Siempre el posesivo sus!

Los borbones saben que el fin está próximo. Que la cadena de sus argucias está por concluir y que toda la vieja Europa se hundirá, como se hundieron los imperios de sus venales antepasados. No faltarán los cortesanos que se aprovechen del esplendor final para llenar sus cuentas bancarias, ni faltarán los defensores del desastre, ni los aduladores de la catástrofe. Sin embargo, los desenlaces de la historia son imprevisibles. ¡Dejan una marca imborrable!

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