Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Teresa Consuelo Cardona

Todos los dictadores del continente que le han antecedido, lo fueron para fortalecer un modelo económico, tarea simplificada ante la ausencia de una doctrina política. A excepción de Castro en Cuba, los dictadores han optado por el capitalismo salvaje.


Tras una semana de su elección y pese a la tranquilidad que el resultado electoral le dio, Chávez deja en claro que no hay ninguna duda sobre que es un dictador. Es un hombre hecho en el ambiente en el que "las órdenes se cumplen o la milicia se acaba". Pero también es cierto que es un dictador raro. No en sus maneras, que se ajustan perfectamente al modelo, sino en sus pretensiones.

La mayoría de los dictadores de América Latina se le parecen: han tomado el poder por la fuerza de las armas mediante golpes de Estado, ejercen de modo autoritario y también totalitario; basan su fortaleza en el culto de sus seguidores a la personalidad del líder y extienden su doctrina a prácticas que se manifiestan en la economía, la cultura, la familia, hasta en la religión. No tienen una doctrina muy estudiada ni comparada. Actúan y después justifican. Y se quedan en el poder por largos períodos, bien sea por la fuerza o por las urnas. Modifican las normas para que se ajusten a sus necesidades.

Todos los dictadores del continente que le han antecedido, lo fueron para fortalecer un modelo económico, tarea simplificada ante la ausencia de una doctrina política. A excepción de Castro en Cuba, los dictadores han optado por el capitalismo salvaje. Así que lo raro de este dictador, es que escogió un modelo económico diferente al de la mayoría. La mayoría de los intentos socialistas han terminado bajo el aplastante peso de golpes de Estado, chantaje económico, bloqueo y otros inventos capitalistas que han derrumbado las ideas socialistas tildándolas de comunistas. Pero Chávez se ha mantenido pese a los intentos de derrocamiento que ha denunciado. ¿Por qué? Tal vez porque en realidad no está planteando un verdadero modelo socialista, sino más bien un modelo de capitalismo moderado, que por serlo, sorprende.

Nos hicieron creer que donde hay democracia hay capitalismo y donde hay capitalismo hay libertad. En realidad nos acostumbramos a que donde hay democracia el capitalismo debe ser salvaje. Y que así está bien. Nos lo demuestran los programas de campaña de los gobernantes de los países de la región, que obtuvieron mayorías favorables en las urnas y desaparecieron sin dejar rastro o se transformaron en un monstruo furioso capaz de devorar a los más pobres y fortalecer a los privilegiados.

Pasamos del sistema político al sistema económico, sin más y permitimos que la democracia se use para fortalecer a los fuertes y abusar de los débiles. El sistema de representación hace que quienes toman las decisiones, lo hagan en medio de hechos económicos y no políticos. Resuelven las riquezas entre circunstancias económicas y no políticas. Por lo tanto, esas decisiones no corresponden a la esfera de lo político sino de lo económico. Nos dirige un sistema económico y no uno político. No importa qué tanto gritemos al infinito y más allá, que nuestro sistema político es tal o cual, cuando en realidad nos desarrollamos en un sistema económico para el cual no estamos preparados, no tenemos defensas y, además, coopta a nuestros representantes.

Por eso es fácil creerle a Chávez que es socialista. Leí con asombro cómo en las redes sociales algunos chavistas se refieren a su líder como un ejemplo puro del socialismo, el último bastión revolucionario, la más destacada figura de Latinoamérica, una encarnación del socialismo del siglo XXI. Y que lo demostró en las urnas.

No cabe duda de que Chávez ganó en las urnas, lo que constituye un procedimiento democrático que lo legitima ante sus seguidores, ante los demás Estados y ante sus contradictores. Pero ganar en las urnas no es un paso hacia al socialismo. Democracia y capitalismo van de la mano. Y son muchas las dictaduras que han sido legitimadas en las urnas. Es cierto que Chávez ganó con una mayoría indiscutible, y con una participación sobresaliente de los electores, tanto de los seguidores como de los contradictores. Tampoco hay cuestionamiento en que su Régimen no respondió en el pasado a las presiones multinacionales, y su plataforma de gobierno se basa en ello. Pero ser un simpatizante socialista es una cosa y, ser un jefe de Estado Socialista es otra completamente distinta.

Y no es eso lo que se vive en Venezuela, en donde lo que se percibe es un capitalismo moderado. Un capitalismo que le pone límites a la avaricia insaciable de las multinacionales y que metió en cintura al sector financiero. Un capitalismo que privilegia la educación y la salud, promovida por el Estado, frente a la cesión de responsabilidades a la empresa privada que amasa grandes capitales. Un capitalismo que vende petróleo. Que manipula con él. Que especula con él. Es decir, un capitalismo, al fin y al cabo, pero dirigido a fines diferentes de los del capitalismo salvaje.

Chávez es un dictador que traiciona la tradición dictatorial de América Latina. Es una figura pintoresca, mitad cuentero mitad humorista. Muy tropical. Sé, como quienes leen esta reflexión, que en la política, esa combinación entre dominador y comediante es poco frecuente. En esos ambientes es mucho más abundante el personaje simpático, carismático, complaciente, cordial, "con clase", que para nuestra desgracia toma terribles decisiones que luego justifica fácilmente embobando al público con cualquier fábula o reforma, y que siempre sale aplaudido y con altos niveles de popularidad.

Bajo la égida del capitalismo salvaje, la democracia es un método de justificación del despojo. Tanto nos hemos familiarizado con ello, tan aceptable nos parece, que con tan solo un capitalismo moderado, una comunidad puede sentirse socialista. Esa equivocación puede producir un efecto negativo: tanto tiempo en el poder, sin una clara generación de relevo, terminará en ausencia democrática. Y un capitalismo moderado, sin la protección democrática, durará poco. Podrá ser consumido por el capitalismo salvaje.