Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Teresa Consuelo Cardona

Los ciudadanos, cansados de sus dolorosas situaciones, se han estado organizando por fuera de su necesaria relación con los medios. Afrontan con valentía sus riesgos, mientras los medios nacionales y también los locales se dedican a la variedad.


La información de prensa de los últimos días ha sido apabullante. Ha conducido a los colombianos a la asfixia informativa y a un altibajo de emociones que resulta, francamente, sospechoso. Muy al estilo de los narradores deportivos, los hechos han sido tratados como una comparsa. Como algo vistoso, bulloso, sugestivo, atrayente; pero superficial y pasajero. Temas como la minería en la que comunidades y pueblos se han expresado, el caso del senador Robledo acusado por el Presidente de la República de instar a la violencia, los paros que se han generalizado en todos los sectores y regiones, las protestas que cada vez convocan a nuevos grupos de ciudadanos indignados, las violentas incursiones del Smad que garantizan la represión, los "juegos de palabra", han llenado el espectro noticioso de un mar de información que sigue teniendo un centímetro de profundidad.

Palmira no es ajena al fenómeno, pero por razones diferentes. Si bien, las noticias nacionales no son más que propaganda al servicio del Gobierno, las noticias locales son propaganda gratuita al servicio del Gobierno. Y lo son, porque la prensa local no está preparada para entender los fenómenos de la actividad de los pueblos. Me dirán quienes lean este texto que a los periodistas se les paga una pauta para que callen o para que se pongan en el círculo de protección en torno a los gobernantes. Pero les pagan muy poco por semejante trabajo que cumplen a cabalidad. La verdad es que los periodistas han aceptado un acuerdo tácito de estar del lado del gobernante de turno. Lo asumen con devoción, y lo piensan como una ayuda que el gremio le otorga a alguien en quien confían. Pero olvidan que la principal función del periodista es justamente dudar, no confiar. Lo dijo Hollman Morris en su charla convocada, justamente, por periodistas.

No sé si los palmiranos tengan claridad sobre lo que sucede con temas vitales como el de su acueducto y el de su hospital. Tengo la percepción de que no. Al tocar el tema, la mayoría de quienes intervienen, lanzan con fuerza insultos hacia los corruptos que han permitido que lleguemos a situaciones trágicas para la ciudad. Pero lo hacen en abstracto. ¿Quiénes son los corruptos a los que se refieren? ¡Todos! Pero ese "todos" resulta demasiado ambiguo a la hora de las sumas y restas y, por lo tanto, le da un valor equivocado al voto, que es la única arma que los ciudadanos tienen contra los corruptos. Ese todos es, al fin de cuentas, nadie. Y ese voto empieza a tener valor comercial a la vez que pierde su valor político.

Los ciudadanos, presas de las circunstancias, aparentemente casuales, como la pobreza y todas sus consecuencias en salud, educación, vivienda, desarrollo integral, venden el voto para garantizar su subsistencia, pero, en realidad, está garantizando la continuidad de los factores que los han hundido en la pobreza. Ese hecho no llega a los medios de manera clara y objetiva. No es contundente la información al respecto. Y, por lo tanto, la única herramienta válida para cambiar la situación no llega a los ciudadanos.

En consecuencia, los ciudadanos, cansados de sus dolorosas situaciones, se han estado organizando por fuera de su necesaria relación con los medios. Afrontan con valentía sus riesgos, mientras los medios nacionales y también los locales se dedican a la variedad. Pero la variedad no garantiza la diversidad, sino la superficialidad. Hay tanta información que tiende a confundirse la realidad con la ficción. La circulación en formato de noticia de temas que no sólo no aportan a la construcción de nación, sino que la impiden, distorsiona el análisis y la compresión de la realidad. La política de confusión a través de los medios causa su efecto aletargante en la sociedad que, cada vez menos, se siente agredida en lo colectivo, pero pone a los individuos en planos de indefensión. La homogenización de los individuos de una sociedad conlleva a la exclusión de la diferencia, sin la cual no puede haber equilibrio social.

Los palmiranos, como los ciudadanos de todo el mundo, vienen estableciendo redes sociales, algunas de las cuales son muy útiles y oportunas. La tecnología es una herramienta de comunicación y su avance es una oportunidad. Sin embargo, pese a políticas estatales como la agenda de conectividad, la cobertura de la tecnología de punta ni se asoma a los términos mínimos. No basta con regalar tablets a los niños, si no se les enseña a qué deben conectarse y si no se les muestra que hay espacios realmente despreciables, aunque muy atractivos. En condiciones de analfabetismo tecnológico, de incapacidad económica ante los costos de la tecnología, y con falta de claridad en las posibilidades reales que ofrece el recurso, la brecha tecnológica es mucho más que instrumental. Es cultural. Así que, si bien las redes permiten que nos unamos, también pueden encerrarnos. Una integración social verdadera, es decir, que tenga consciencia de deberes y derechos, exige la participación activa de todas las partes. Ello sólo es posible si esas partes pueden comunicarse y, en consecuencia, logran estar informadas. Facilitar los procesos de comunicación para la consolidación de una sociedad informada (si no conocedora) es fundamental para establecer una integración de cara al bienestar general.

Si la comunidad no logra encontrarse, más allá de estar de acuerdo o en desacuerdo, está en peligro. Nos han hecho creer que lo que le pasa al Catatumbo es la consecuencia de protestar unidos y que para estar a salvo hay que mantenerse distante. Los medios enfatizan en la presencia de "fuerzas oscuras" en todas las organizaciones de ciudadanos. Pero los periodistas, ¿realmente creen eso? Supongo que más bien están obedeciendo una orden o lo que es peor, una tendencia. El discurso de la criminalización se abrió paso. No hay terrorismo sin criminales. Darles rostro, sacarlos del anonimato, someterlos al escarnio público (y tal vez a la muerte pública y política como en la Edad Media), facilita el camino hacia la criminalización de ciudadanos inocentes, aunque no haya en su contra delitos tipificados, sino por hechos que son (tal vez) inmorales. La criminalización de la sociedad y de la protesta legitima la presencia de la fuerza militar, especialmente extranjera, mucho más asociada con los estándares morales. Por esa vía, el camino de la militarización también está garantizado.

Y ni los ingenuos gobernantes de turno, ni el paupérrimo Concejo Municipal, ni las empresas privadas podrán escapar a la fuerza bruta, si se siguen oponiendo a la protesta ciudadana, que es la última oportunidad que tenemos de hacer valer nuestros derechos, antes de que nuestra riqueza atraiga masivamente a los demás depredadores neoliberales. Y gritarán todos a una, desde la necedad o la ignorancia, que en Palmira las protestas se permiten, que los profesores marcharon por las calles y los defensores del hospital han tomado calles y parques... Pero callarán la verdad. Y la verdad es que han mantenido al pueblo distraído, sustraído, enredado, mientras los recursos de todos se han ido deslizando hacia las cuentas de unos pocos. La verdad es que los gobiernos nacionales y locales responden a la lógica del capitalismo salvaje, cuando deberían ser el garante de, al menos, un capitalismo moderado. La verdad es que no están preparados para afrontar el respeto por los derechos de los ciudadanos. La verdad es que no están dispuestos a perder sus privilegios.

Lo más visto de Teresa Consuelo Cardona G.

Sociedad

Primavera tropical

Podrán arrancar todas las flores, pero no impedirán la llegada de la primavera, anunció Pablo Neruda. En un país tropical...

Política y gobierno

Otro fracaso de los partidos

Los partidos políticos fracasaron. No pudieron estremecer la consciencia ciudadana ni tampoco engañar a una mayoría. Fracasaron porque no hacen...

Asuntos de ciudad

Táctica y estrategia

Aunque el crecimiento de la violencia no es exclusividad de Palmira, es evidente que las políticas locales se quedaron cortas...