Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Teresa Consuelo Cardona

Podrán arrancar todas las flores, pero no impedirán la llegada de la primavera, anunció Pablo Neruda. En un país tropical, como el nuestro, la primavera tardó muchísimo, pero empieza a notarse.


Hoy haré mi Baukará, es decir, mi acción de gracias por los favores recibidos de la Naturaleza, y mi ritual para prevenir desastres, en relación con un hecho que, si bien es anecdótico, no deja de ser un reflejo, una imagen proyectada de la realidad nacional.

El jueves recibí en mi Facebook la solicitud de amistad de una palmirana, estudiante de la Universidad Javeriana de Bogotá, quien dice llamarse Martha Isabel Barrera. Acepté su solicitud e inmediatamente inició una serie de señalamientos, que aunque son a todas luces falsos, no dejan de preocupar por el contenido fascista y exterminador y, por la intención asesina que denotan, en contra de las personas más humildes y abandonadas de la sociedad colombiana. Respondí a sus agresiones con los argumentos que lo exigía tal desproporción, lo que incitó a esa persona, sea quien sea, a lanzar juicios contra mí, que están fuera de cualquier lógica.

El asunto no tendría mayores repercusiones de no ser porque en Colombia, cuando te señalan de guerrillero, de comunista, de izquierdista, de reclutador o de auxiliador, quienes usan el exterminio como un recurso corriente de defensa de sus intereses, automáticamente dirigen sus cañones contra el señalado, sin que medie ninguna evaluación de los comportamientos, aseveraciones o posiciones ideológicas de su blanco. Por lo que esa práctica se volvió común: alguien señala públicamente y otros hacen el trabajo sucio. La impunidad se encarga del resto.

Este asunto no es nuevo, ni soy la única, ni seré la última. Pero me permite expresarme acerca de lo que pasa en el país. Y lo que pasa es muy simple: un grupo de privilegiados defiende rabiosamente sus posesiones y para lograrlo tratan de embobar a la gente a la cual roban, y cuando no lo logran, envían a sus perros entrenados en ataque violento. Es obvio que los perros no tienen la culpa, pero serán ellos quienes lleven en sus hombros la responsabilidad por los crímenes que cometan por una razón básica: sus amos dirán que no los conocían o que si los conocían, ellos, los perros, actuaron a mera liberalidad.

Es una historia que se repite desde hace seis décadas. Y tal vez más. Es una práctica que ha dejado miles de muertos, que uno a uno, o en grupo como la UP, han venido cayendo ininterrumpidamente sobre nuestra tierra. Sin embargo, en los tiempos modernos, es más difícil mantener la hipocresía que motiva a los amos y el anonimato propio de los perros. Y, probablemente, con el cansancio de la comunidad, y con el fastidio que generan unos y otros en sus víctimas actuales o potenciales, la gente se manifiesta en su contra.

Podrán arrancar todas las flores, pero no impedirán la llegada de la primavera, anunció Pablo Neruda. En un país tropical, como el nuestro, la primavera tardó muchísimo, pero empieza a notarse. Y se nota en las marchas campesinas que se desarrollan en todo el país; en la actitud de los estudiantes que pusieron límites a las pretensiones privatizadoras del Gobierno; en la imparable valentía de las madres de Soacha; en el grito furioso de los corteros de caña; en el sentimiento válido de la madres comunitarias; en el estremecedor llamado de los mineros artesanales; en el desespero de los transportadores; en la desilusión de los profesores ante los pactos incumplidos; en el llanto de familiares de policías, soldados y políticos secuestrados, abandonados a su suerte por el Estado; en la angustia de los desempleados; en la zozobra de los desterrados; en la agitación de los usuarios de salud pública; en el desasosiego de viudas y huérfanos lanzados de su pobreza a su miseria. Nuestra primavera tropical no tiene muchas flores, pero es imparable.

Cuesta entender y explicar, que lo que se requiere en Colombia es un cambio social, que no tiene fundamento en los partidos políticos, pero que tiene que generar profundos cambios en la participación política de los ciudadanos. Ese cambio social es imposible, si para lograrlo no se incorporan los individuos al reconocerse en una crisis. Esta crisis es lo suficientemente amplia como para que todos los colombianos la reconozcamos al sentirnos afectados.

El problema empieza, cuando de la mano de desinformadores expertos, terminamos culpando a las víctimas de provocar la crisis. Hay que tener claro, que una crisis no se provoca por decisión de las masas satisfechas, sino por la sumatoria de insatisfacciones, violaciones, vejámenes, intimidaciones y abusos de los privilegiados sobre las masas. No es víctima quien pudo haber evitado el problema con tan solo cumplir la ley, o con no haberla cambiado para su beneficio, como los presidentes, quienes firmaron los TLC que arrasarán con la agricultura y la producción nacional desde sus semillas. No es victimario quien levanta su voz para exigir respeto, tras haber sido agredido, abandonado y abusado históricamente, como nuestros campesinos.

Por ello, es importante tener una opinión pública fortalecida, que entienda y comprenda lo que está sucediendo a su alrededor y que no se deje confundir ni asustar. Una opinión pública que se separe de la opinión publicada en las agencias gubernamentales. Que haga resistencia a la estupidización emanada de las fuentes de poder. Una opinión pública que a la postre logre formar una masa crítica, que enfrente con valentía, pero, sobre todo, con razonamientos a los violentos, a aquellos que promueven el homicidio, y que con sus agresiones convierten en objetivo militar a quienes opinamos diferente.

Esa masa crítica no se formará en la soledad de cada gremio ni en la falta de solidaridad, ni en la ausencia de los ciudadanos. Se formará, justamente, cuando todos nos hayamos identificado con los problemas de todos y nos hallemos en la realidad de nuestros semejantes. Pensemos qué es lo que tenemos en común con todos y tal vez entendamos que nuestros campesinos son nuestro punto de encuentro. Que sin ellos no podremos saciar el hambre que nos acosa y nos reduce. Y que suplir con importaciones la producción nacional puede que deje la comida fuera del alcance de nuestro bolsillo.

Por lo tanto, apuntar el odio hacia una voz que ayuda a entender la situación, a comprender los desequilibrios y a racionalizar el conflicto, no será más que arrancar una flor. Eso no detendrá la primavera.

Lo más visto de Teresa Consuelo Cardona G.

Sociedad

Propuesta: ¡Protesta!

Los ciudadanos, cansados de sus dolorosas situaciones, se han estado organizando por fuera de su necesaria relación con los medios...

Política y gobierno

Otro fracaso de los partidos

Los partidos políticos fracasaron. No pudieron estremecer la consciencia ciudadana ni tampoco engañar a una mayoría. Fracasaron porque no hacen...

Asuntos de ciudad

Táctica y estrategia

Aunque el crecimiento de la violencia no es exclusividad de Palmira, es evidente que las políticas locales se quedaron cortas...