Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Teresa Consuelo Cardona

Sea en el ámbito religioso o político, lo que se expresa a través de sus prácticas son las formas de adquirir el poder. La fuerza que mueve a una y otra (política y religión), es el acceso al poder.


Si le describen a un grupo de personas que siendo manipulables, sugestionables, ignorantes, temerosas, pusilánimes, fanáticas están siendo conducidas por uno o varios  líderes de sistemas totalitarios, tiránicos, mentirosos, hipócritas, avariciosos y embaucadores, y le dicen que esas personas obedecen sin resistencia ninguna lo que les ordena su líder y que atacan ferozmente a quien le contradiga aún con argumentos, es muy posible que usted tenga que detenerse a pensar si le están hablando de una comunidad religiosa o de una política.

De un tiempo para acá, parece haberse dado un auge de las religiones, que coincide con la llegada del nuevo siglo y milenio, y también con las supersticiones en torno al fin del mundo en el 2012. Y, también parece darse muy recientemente, un auge en la mezcla de modelos políticos con patrones religiosos. Sin embargo, esa relación, tirantez y complicidad de ambas es muy antigua y ha crecido de forma paralela al desarrollo mismo de la humanidad. Hay que entender, que tanto la una como la otra, representan en Colombia no sólo prácticas colectivas, sino, sobre todo, fuertes estructuras de poder. Un poder ordenado piramidalmente, con una estructura vertical inamovible, a cuya cúspide aspiran muchos individuos, lo que genera profundos nerviosismos y roces. Nadie participa de las colectividades políticas o religiosas sin esperar un beneficio, sea éste la vida eterna o un cargo directivo, en el caso de las comunidades religiosas; o un "puestico" o un cupo en, por ejemplo, en los cuerpos colegiados, en la línea de las entidades políticas.

Se supone que los usos y costumbres en los cuales se desarrollan la religión y la política, les dan rasgos separados y, por lo tanto, la sociedad y su cultura debería entender que son dos hechos distintos que habrían de generar acciones diferentes. Sin embargo, dado que ambas, religión y política, acuden a puntos de vista filosóficos, históricos, sociológicos, étnicos y jurídicos que las expliquen, el problema termina mezclándose en un laberinto, deshaciendo las rígidas estructuras de cada una, que deberían separarlas. Otro elemento que agrega disolventes a cada parte, es el estado de incertidumbre e inestabilidad que caracteriza tanto a la religión como a la política. Pero también los enfrentamientos que surgen entre ellas, acumulan tensiones.

En sociedades como la nuestra, en cuya génesis se encuentran muy arraigadas ambas (política y religión) se ha procurado, más recientemente, por una separación que, sin embargo, y pese a la Constitución laica que nos da marco jurídico, no se logra.

Y, probablemente, la razón para que se mezclen y se fundan, sea que política y religión plantean una oposición radical, que a la postre resulta falsa. Ambas ofrecen a sus seguidores lo mismo: caminos de salvación, líderes modelos, honradez y el placer de obtener algo de lo que carecen. El bienestar social, sea colectivo o individual, enfundado en religión o en política, requiere del aporte de los seguidores. Pero más que nada, lo que las unifica son las soluciones mágicas, que sus seguidores supuestamente obtendrán. Hay en ello un rito mágico, aunque ambas denigren de él.

Cada vez más sus puestas en escena los unifican: grandes manifestaciones de alabanza, gritos colectivos, histeria, fanatismo, música a alto volumen, luces, hologramas, impulsadores que gritan vivas y aplauden libreteadamente, aplican para las estrategias de unos y otros.

Creemos, de la mano de los teóricos, que las sociedades son políticas, pero en realidad son religiosas. En el afán por imponer una visión de un dios único, se rechaza la idea de la magia y la brujería como elemento sociocultural, pero se hace uso de sus prácticas y técnicas, tanto en la religión como en la política, que están legalmente instituidas.

Por estos días sólo se habla de María Luisa Piraquive y su injerencia religiosa en la política, en un intento por hacernos olvidar el caso de Alejandro Ordóñez, que demostró estar en la misma tendencia. No hay ninguna diferencia entre ellos.

Lo que deberíamos observar en uno y otro caso, es que el fenómeno social, con todas sus turbulencias, está reflejado especialmente en la política y en la religión. Éstas son, sin más, la abstracción de la sociedad misma; son su máxima expresión. La política y la religión son exactamente como es su sociedad y no al contrario.

Sea en el ámbito religioso o político, lo que se expresa a través de sus prácticas son las formas de adquirir el poder. La fuerza que mueve a una y otra (política y religión), es el acceso al poder. Y las representaciones que se usan, en el fortalecimiento de una y otra, se basan en ilusiones idealistas de una vida mejor, que depende de un ser superior, sea éste humano o imaginario, que siempre desea ser halagado, complacido, agradado, mediante ingentes sacrificios de sus seguidores. Lo que denota, además, una relación de ambas con el poder económico, representado en un aspecto supraestructural de la sociedad que es el capitalismo. Es por ello, que tanto en política como en religión, hay credos, dogmas y doctrinas, que conducen a la prosperidad económica, sin explicar que esa prosperidad no aplica a todos.

Una pelea entre religión y política es inútil. Lo entendieron políticos y religiosos en todos los tiempos. No es casualidad que hoy se mezclen, se junten, se fusionen abiertamente. Al fin y al cabo, deben deducir que la unión hace la fuerza.

20 Septiembre 2017 Fernando Estrada
17 Septiembre 2017 Carlos Eduardo Maldonado