Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Teresa Consuelo Cardona

Uribe y Santos son historia viva. Y de ninguna manera son distintos. Tal vez sus formas y colores nos engañen. Pero sus actos los delatan.


El paso de Uribe por las poblaciones de Colombia (y del mundo) resulta inquietante. Sus seguidores, que constituían multitudes incontables, se disminuyen hasta acercarse a la extinción. El lenguaje brutal de sus fervientes admiradores dejó de ser el grito amenazante para convertirse en una súplica de que se les respeten sus derechos. Y los tomates se hacen costumbre. Sin embargo, Uribe sigue siendo el mismo. Su actitud avasalladora, que salta de la explicación irracional e inverosímil a la amenaza mezquina, se mantiene. Su desquiciada actitud de echarle la culpa de todos los infortunios del país a su archienemigo, continúa. Su discurso monotemático, en el cual queda claro que él no sabe de qué le hablan sus contradictores, es igual. Su cinismo ante los incontables delitos que se ejercieron durante su administración en el Gobierno Nacional, está intacto. Sus mecanismos para mantenerse aislado de sus denunciantes y observadores, siguen su curso. Y sus estrategias para mantener viva una comisión de aplauso, no se modifican.

Es como si nada hubiera sucedido. Sin embargo, mucha agua ha corrido bajo el puente. La gente empieza a levantar su voz contra él. El cerco de las acusaciones por delitos de lesa humanidad, se cierra a su alrededor. Sus antiguos cómplices empiezan a declarar en diferentes Cortes, tras las traiciones recibidas. Y su comité de aplausos ya no es tan furibundo.

Es obvio que en su defensa persisten algunas voces, especialmente las que le atribuyen que gracias a su gobierno se pudo volver a las fincas, aunque quien lo afirme no tenga finca. Aunque nunca haya tenido. Aunque ahora esté más lejos de tenerla.

Pero, pese al cambio de actitud de la ciudadanía respecto de este verdugo de la democracia, algunas de sus más certeras enseñanzas se mantienen aferradas a la cultura política del país. La "mermelada", que muy seguramente no pasará de ser otro escándalo más en la ya larga lista de pataletas de los perdedores electorales, ha demostrado varias cosas: la más evidente, quizá sea que los congresistas venden sus votos para la aprobación de proyectos del alto Gobierno, así como los ciudadanos venden los suyos. Por supuesto que hay una enorme diferencia en el monto de la transacción, pero permítanme decir que, a la luz del ejercicio político, la acción de venderse es normal. Normal, no legal.

La segunda demostración que hace la mermelada, es que la información que sobre los temas de los escándalos de corrupción recibe el vulgo, proviene del resentimiento de alguien y no de su deseo de justicia. Por lo tanto, estas denuncias son actos de venganza, que invitan al país a pasarle la cuenta al denunciado, sin notar que el denunciante ha practicado lo que revela, sin recato alguno.

Posiblemente la tercera gran demostración de la mermelada, radica en que su intención es hacernos creer que hay una división evidente entre el expresidente Uribe y el presidente Santos, como si pudiera olvidarse que ambos hicieron parte del mismo gobierno, y juntos nos indicaron durante años que sus principios ideológicos los llevaron al Gobierno, desde un partido que no se inmuta por las actuaciones de sus asociados. pese a que ya no le quedan argumentos ni justificaciones que no se crucen con la corrupción. Salirse de la U, e inventarse otra secta política, no le borra a Uribe los delitos, crímenes y habilidad para expresar con plomo sus deseos de poder; como no le sirve a Santos separarse de su antiguo guía ideológico para borrar su participación en, por ejemplo, los falsos positivos del anterior Gobierno.

Son más los elementos que unen a Santos y a Uribe, que los que los separan: diez años de Plan Colombia y ocho de Seguridad Democrática llenaron al país de víctimas con la más profunda crisis humanitaria y el erróneo manejo del conflicto armado, que mantiene la presencia activa de las FARC en los 32 departamentos del país y la representación de las bandas emergentes herederas de los paramilitares en cada ciudad del territorio nacional, ambos con un nada despreciable poder militar.

Así las cosas, con tanto en común y con tantas culpas compartidas, un malpensado podría cavilar que la misión de Uribe es garantizar la reelección de Santos. Que la mermelada es solamente un distractor y que siguen unidos, como debe ser.

Uribe y Santos son historia viva. Y de ninguna manera son distintos. Tal vez sus formas y colores nos engañen. Pero sus actos los delatan. El paso de Uribe por Palmira y por otras poblaciones para escuchar más reproches, silbatinas y abucheos que aplausos, no cambia de modo alguno la situación del país. Al fin y al cabo, el gobierno de la U, (U de Uribe, no lo olvidemos) es el gobierno de Colombia.