Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Teresa Consuelo Cardona

Si un partido político le da el aval a un candidato, lo que espera de éste es que obedezca las decisiones de partido que, todos sabemos, no son decisiones colectivas, ni mucho menos proletarias. Son decisiones de elite.


Es sorprendente cómo la imaginación de políticos y publicistas se escribe sobre vallas y pancartas, sin responsabilidad ni coherencia alguna. La mayoría de los políticos ofrecen lo mismo, haciéndolo conjugar con sus nombres o números del tarjetón. Lo más paradójico del asunto es que el común denominador, especialmente de los candidatos de los partidos mayoritarios que vienen ejerciendo el poder en los últimos 15 años, es que se presentan como una opción diferente.

Los candidatos de la U, en general, nos ofrecen poner fin al paseo de la muerte y generar empleo. Olvidan que fue su partido el que agravó la salud y el empleo con sus decisiones en los últimos años. El partido liberal hace gala de las reivindicaciones alcanzadas hace 50 años, para la mujer, los obreros y los marginados. Pero no resiste sumarse a las votaciones en contra de lo que dice defender. De los conservadores podemos decir poco que nuestros lectores no sepan. Siempre están del lado de las mayorías, pero de las que estén instaladas en el poder. Cambio radical y otros grupos toman decisiones que les garanticen su existencia como partido, la supervivencia de los delfines y no el bienestar de sus electores.

Otro fenómeno evidente, es cómo los candidatos nos ofrecen su autonomía, su independencia y su libertad de decidir, ocultando que simplemente no podrán ejercerlas, porque cargan sobre sus hombros (cuando no sobre su consciencia) el aval de un grupo político que ha demostrado no ser coincidente con esa oferta.

En elecciones, el tema de la paz es recurrente. Nos la ofrecen en palomas, sonrisas, flores y hasta en balas. Se mueve desde la ingenuidad de unos eslóganes, hasta la amenaza sutil de otros. Pero nada nos dicen en realidad sobre las decisiones que el grupo político tomará respecto de la legislación que acompañará, por ejemplo, los acuerdos de paz. La dirigencia de algunos partidos está esperando únicamente la oportunidad para vengarse. Otros todavía no saben en qué van los acuerdos y cómo esos acuerdos pueden cambiar el paisaje social y económico del país.

Hay candidatos que gozaron del beneplácito mayoritario y le mintieron al país, dejando a su paso una estela de muerte y desolación, y que hoy se presentan bajo un nuevo nombre y nos ofrecen todo lo que ya sabemos que no harán. Es más, ya sabemos exactamente lo que harán y a cuáles intereses responden. Pero sus vallas y pancartas aluden, sin vergüenza alguna, a la paz y al corazón grande.

De los cuatro mil aspirantes al Congreso de Colombia, 3.732 se quedarán por fuera. Tendrán enormes deudas que pagar y probablemente las cancelarán con los beneficios de contratos o cargos en el Gobierno. Y los gobernantes, por orden de sus partidos, extirparán o asfixiarán a cualquier individuo que haya dado muestras de cambio, las cuales serán interpretadas como traición. Es un círculo tenebroso que no deja posibilidades.

La excusa está servida: si un partido político le da el aval a un candidato, lo que espera de éste es que obedezca las decisiones de partido que, todos sabemos, no son decisiones colectivas, ni mucho menos proletarias. Son decisiones de elite. Por lo tanto, el candidato que ofreciendo compromisos con los más débiles llegue a una curul, debe olvidarse de sus promesas por más buenas intenciones que tenga, ya que su bancada estará ahí para recordarle quién manda. Y si hay refriega al respecto, ahí está la ley 974 de 2005, más conocida como la Ley de Bancadas, que estableció que los miembros de las corporaciones públicas elegidos por un mismo partido o movimiento político, deben actuar en bancada. Es decir, de forma coordinada y en bloque. Las bancadas deben votar en bloque los proyectos de acto legislativo, de ley, de ordenanza o de acuerdo que sean debatidos al interior de las corporaciones públicas. La ley les concede a los partidos la autonomía para que en sus estatutos cada colectividad defina las sanciones para los congresistas, diputados, concejales y ediles que violen la disciplina de su bancada. El elegido debe decidir entre ser sancionado (y silenciado) por quien le dio el aval o sumarse al poder de las mayorías para sobrevivir y mantener su voz que, dicho esto, ya no servirá para defender sus promesas. Así que miente quien perteneciendo a un partido que ha demostrado su compromiso con las élites ofrece réditos sociales. Miente por ingenuidad o por cobardía. Hasta por ignorancia. Pero miente.

Así las cosas, ese argumento de que si ganara el voto en blanco se descabezarían a un sinnúmero de buenas figuras nuevas, pierde validez, cuando los partidos se suman a la famosa unanimidad nacional. Esas figuras nuevas, brillantes, comprometidas deberían renunciar a su aspiración y pasarse al lado del voto en blanco, para que nos permitan descabezar a todos los que lo merecen.