Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Teresa Consuelo Cardona

Los partidos políticos fracasaron. No pudieron estremecer la consciencia ciudadana ni tampoco engañar a una mayoría. Fracasaron porque no hacen la mediación necesaria entre la sociedad y el Estado. Fracasaron porque avanzan de espaldas a la realidad.


Con un escaso 42% de participación de los electores, los partidos políticos demuestran su crisis. La abstención volvió a ganar. Como lo ha venido haciendo. Faltaría a la verdad cualquiera que se proclame como vencedor en una jornada en la que todos perdimos. Los informes periodísticos siguen ignorando que las jornadas democráticas dejaron de existir, pese, o mejor gracias, a las jornadas electorales.

No me parece que la comunidad haya huido espantada de las urnas por falta de pedagogía electoral ni mucho menos por ignorancia política. Creo que lo hicieron por cuenta del saber popular, una suerte de intuición colectiva que les advierte que cualquier esfuerzo será inútil en un sistema diseñado para usarlos e inmediatamente después ignorarlos.

El resultado de las elecciones no sorprendió a nadie, salvo alguna curiosidad respecto de la cantidad de votos obtenida por un candidato, del cual todo se sabe y en conclusión no queda bien parado. Pero eso no es importante a la hora de votar, porque la hora de votar ya no existe. Todo volverá a ser como antes, es decir, se renovaron los odios, las mangualas, las componendas, la repartición del erario, de los cargos públicos (y hasta de los privados).

Tras los triunfos y las derrotas hay cosas que seguirán inmodificables, como la profunda ignorancia política en la que mayoritariamente los partidos políticos han sumido a sus electores y como la potencialidad asesina de nuestros coterráneos, respaldados ahora desde la legitimidad del senado. Posiblemente, para congraciarse con los nuevos (o viejos) poderosos, algunos harán gala de su poder balístico y aumentarán las cifras de homicidios. Y con un sistema de salud tan deficiente, y con la impunidad como bandera, nada puede ser peor.

La verdad innegable es que ningún candidato logró mover ni conmover a la mayoría de los ciudadanos. Ningún candidato logró una verdadera mayoría respaldado por sus partidos, a pesar de que se supone que los partidos son la columna vertebral de la democracia, ya que conforman las opciones de entre las cuales la comunidad escoge a sus gobernantes. Ahora empezarán a hacerse las fiestas del triunfo, como si hubieran ganado, y también realizarán rápidamente la repartición de las existencias del Estado. Ningún líder político reconocerá que frente a la cantidad de individuos a los que la política les importa un cuerno, él no es más que un perdedor. Confundirá a sus electores, ocultando las cifras de la abstención.

Los dos grupos políticos dueños de las mayorías del Congreso apenas llegan a cinco (5) millones de los treinta y dos (32) millones de votos que se esperaban. Apenas si se asoman al 15% del total electoral. Y al 11% de la población colombiana. Y con eso mandan. Con eso controlan la salud, la educación, la vivienda, los recursos naturales de 44 millones de colombianos.

Vergüenza debería darles cualquier celebración, porque son en realidad una minoría. Con esa mentira legislarán y acompañarán la reelección. Y obtendrán sus beneficios, bien sea adulando o extorsionando. Y esos beneficios, por supuesto, no incluirán a sus electores. La suma total de los votos de los senadores elegidos no llega ni a la mitad de los potenciales votantes. Muy seguramente este análisis se diluirá entre la fiesta triunfalista de los fanáticos ebrios de poder. Esto tampoco cambiará.

Nuevamente escucharemos bestialidades jurídicas, éticas y políticas, con las que se justifican a los legisladores que cometen errores por los cuales deberían pagar. Eso ya ha sucedido. Y si alguno de los congresistas llega a ser sancionado o destituido por sus errores presentes o pasados, sus minorías electorales, los locutores prepago y los ignorantes políticos se lanzarán al vacío a recordarnos que ha habido peores. Y sobremos que están dispuestos a superarlos.

Los partidos políticos fracasaron. No pudieron estremecer la consciencia ciudadana ni tampoco engañar a una mayoría. Fracasaron porque no hacen la mediación necesaria entre la sociedad y el Estado. Fracasaron porque avanzan de espaldas a la realidad. Fracasaron porque se conforman con muy poco de lo que debieran lograr en términos políticos y democráticos. Hasta el voto en blanco obtuvo menos resultados que en el 2010, mientras que los votos nulos siguen en aumento.

Siempre nos han dicho que la culpa es de los abstencionistas por no ejercer su responsabilidad política. Tal vez sea al contrario. Tal vez sea que la irresponsabilidad venga de quienes todavía creemos en un sistema que para nada demuestra el querer y el sentir de la comunidad. Tal vez, si en lugar de juzgar a los abstencionistas hiciéramos un análisis más juicioso sobre lo que nos demuestran, y sobre el camino que recorre la política en sus manos, podríamos entender que lo que está mal es el sistema y no los electores. Y tal vez empecemos a notar que los partidos son agrupaciones pobrísimas, incapaces frente a los menesteres de las comunidades; ineptos ante la necesaria cohesión social; incompetente de cara a la indispensable convicción ideológica. No es simple apatía, ni pereza lo que inmoviliza a los abstencionistas. Tal vez sea la única mentalidad coincidente y simultánea que mayoritariamente tenga Colombia.

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