Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Tribuna de opinión

¿Hasta cuándo la evaluación literaria en el país vestirá solo atuendo masculino? Esta visión unilateral, síndrome de cíclope o enfoque tuerto, descalifica la faena crítica vigente hasta el día de hoy entre nosotros.


“Para mayor apoyo de la debilidad femenina, crió Dios un modelo y un espejo de mujeres en su Madre. Criada en el silencio del hogar como el ave en el silencio del bosque; humilde y pudorosa el día que se le notificó su dicha; intercesora, benévola cuando la vida pública de su Hijo la hizo encontrarse con la sociedad; sufriendo silenciosa y resignada cuando le tocó la prueba del martirio. Por ella y en ella fue rehabilitada la mujer. Fuera de ella no hay salvación posible para la mujer”. (Firmado) José María Vergara y Vergara.

No obstante los ampulosos calificativos que lo exornan, este historiador, escritor e “hijodalgo” de la aldeana Bogotá del siglo XIX, se traiciona. No son menester exclusivas sapiencias o juiciosas sindéresis para columbrar sus falencias: cuadrado al razonar y monótono cual gota en el tejado, al escribir.

Supongo que después de exprimirse la sesera, concluyó que solo mediante los buenos oficios de la Virgen María, fue rehabilitada la mujer. Entonces me pregunto: ¿rehabilitada de qué? ¿Por ventura, la celebérrima hoja de parra que cubrió vergüenzas paradisíacas después de la manzana y su periplo, aún la consideraba propiedad exclusiva del desafuero femenino el caballero Vergara y Vergara? Y culmina su exposición con esta perla de raro oriente: “Fuera de ella (la virgen) no hay salvación posible para la mujer”. (Sobran los comentarios).

Lamentablemente, el susodicho y todos los Vergaras y Vergaras, aún hoy, bajo esta tronamenta cibernética, persisten en Colombia y en el mundo.

Vamos al grano: acabo de regresar del encuentro anual de Mujeres Poetas Colombianas, sito en Roldanillo, Valle del Cauca, República de Colombia, América del Sur. Del 15 al 20 de julio las mujeres dimos rienda suelta al mar creativo que nos requiere desde que el mundo es mundo. Poesía nueva, desnuda, universal. Obras de teatro, conferencias, exposiciones, talleres de literatura, concurso y premiación concedida este año a la poeta ibaguereña Myriam Alicia Sendoya por su libro Muro de sombras y de pájaros, quien llegó de Santiago de Chile donde reside, a recibir el galardón. Homenaje a ilustres mujeres desaparecidas. Voces como las de Alba Lucía Ángel, Florence Thomas, Ana Mercedes Vivas, Victoria Góngora, Martha Elena Hoyos, presentes cada una en su esfera y con su aporte enriquecedor. Las cantadoras del Patía, las poetas indígenas, las Almas Negras, donde truena el Pacífico, tamboras, cununos, alabaos. Escritura de limpio linaje presente en el ensayo de María Cristina Walke acerca de la obra literaria de Agripina Montes del Valle, destacada escritora nacida en Salamina, quien estremeció el sueño del siglo XIX en Colombia con su narrativa y obra periodística, hoy de la mano de su coterránea la gran poeta Martha Patricia Meza. Originales y exitosos experimentos como el de Andrea Juliana Correa con su Carnavalengua y su poesía que nos mira desde la magia del video. Marga López, única, privilegiada artífice del idioma, exploradora de territorios apenas intuidos, Nora Puccini de Rosado, nueva Almadre del Encuentro y Margarita Galindo, dos barranquilleras universales donde nuestro Caribe se desdobla. Las antiguas culturas casi sacramentales rompen el silencio del Tihuantinsuyo con el bisturí dialectal de la poeta y médica colombo–boliviana María Rina Tapia. La reconocida poeta Guiomar Cuesta, divulgadora contra viento y marea de las bondades del evento, presente en un hermoso recital poético y una conferencia de excelente factura; a ella debo el camino que me condujo al hallazgo poético de Roldanillo y al reconocimiento del gigantesco aporte femenino a la cultura colombiana. Mención especial merecen los poetas Alfredo Ocampo Zamorano y Leopoldo de Quevedo y Monroy, dos aves raras en la fauna ancestral, compañeros incondicionales en esta titánica faena. Además el segundo de los mencionados y su novia eterna, la poeta Gloria María Medina, se perfilan como tesoneros promotores culturales en Cali e infaltables concurrentes al encuentro. Y Gloria María Bustamante, la contestataria iluminada; Luisa Aguilar, de sólidas palabras; María Teresa Sanders, galardonada y fina. Y el caudal de mujeres jóvenes, algunas en la frontera de la adolescencia, venidas del desierto, de la montaña, la llanura y el mar con su renovadora palabra en bandolera. En este renacer tumultuoso de la mujer y el arte colombianos, muchas se me quedan por ahí mirándome con ojos donde Colombia vuelve por sus fueros. Mi corazón y mi respeto las nombran sin nombrarlas, en todas encontré la respuesta que el alma necesita, la mejor identificación con el talento–corazón de la patria. Bogotá, los llanos, el Caribe, el Pacífico, el Eje Cafetero, occidente, norte, sur y oriente nuestros. Guerra nuestra, pan, humor, amor, innovación, esperanza nuestros; música, poesía, plástica, teatro, política, amistad, calor del alma y del entendimiento, mujer nueva y antigua que a la sombra clarividente de Omar Rayo y Águeda Pizarro, se sembró para fructificar.

Es el resultado de la labor de dos subversivos del arte: Omar Rayo, cristalización transmutada de una obra plástica sin par en Colombia, donde la geometría de las cosas eternizada por el soplo de la imaginación, vierte su esencia. A su lado, su compañera de siempre, Águeda Pizarro, la bella colombiana nacida más allá de nuestras fronteras, poeta, crítica, docente universitaria y enamorada para siempre de esta Colombia amarga y bella, promisora y guerrera. A ella y a su empeño visionario, debemos las mujeres artistas y poetas colombianas, un reconocimiento sin par. A su entraña universal y a su corazón inteligente, debe la poesía colombiana el surgimiento y salud de la otra parte, de la otra emoción, de la otra luz.

Con estas palabras que necesitaba decir, me pongo en la mira y pregunto: ¿hasta cuándo la evaluación literaria en el país vestirá solo atuendo masculino? Esta visión unilateral, síndrome de cíclope o enfoque tuerto, descalifica la faena crítica vigente hasta el día de hoy entre nosotros.

Existe una leyenda temible por mítica: toda actividad respetable, incluida la incoercible faena poética, posee barba y bigote. Solo la poesía escrita por folclóricos o sesudos Adanes, es tal. La que emana de “la debilidad femenina”, según don Vergara y Vergara, sigue siendo producto del lírico costillar XY.

Este despropósito empequeñece, opaca y deforma algo tan vital para la filiación nacional como es la evaluación de su obra literaria. Al amputarla, la privan del complemento necesario para concluir de manera acertada. Cae entonces en un clima deletéreo y lo que es peor: en un ritornelo monótono (valga la redundancia).

La poesía, señoras y señores, no escapa a los zarpazos de la historia ni a las zancadillas de la costumbre y mucho menos al síndrome de la bola de nieve. Hay poetas–poetas y los hay versificadores de estación, no importa el pasaporte sexual que los identifique.

Ajena a los requerimientos políticos, económicos y sociales. Reprimida y oprimida por religiones y rémoras prehistóricas. Sajada, temida, redondeada, alienada y alineada, ángel, demonio, súcubo, comodín o favorita de serrallos y monarquías, amazona de delirios eróticos o escobas medievales, la tarea histórica de las féminas, se gestó y creció en un ring de cuadratura reducida. Ahí, entre la invisibilización, la mofa, el vejamen, el irrespeto y la incoherencia, las tozudas hijas de Eva se atrevieron a contar sus historias, como calificaba Borges el oficio del poeta.

Lo anonadante de este crucial momento, es el regodeo del masoquismo masculino. Los literatos, analistas u osados monosabios, empeñados en sufrir piel adentro. El resentimiento asoma en análisis dignos de mejor suerte. Son muy pocos los caballeros que retiran el dedo en el momento de pretender tapar el sol. Lamentable que a varones cronológicamente primaverales, se les mustie el follaje. Quizá Meira Delmar, la más alta voz de la lírica colombiana y tres o cuatro más ejemplares femeninos, hallen abiertas las puertas del sancta sanctorum donde nombres como el de Emilia Ayarza, constructora de un tiempo delirante o de Sylvia Lorenzo, maestra de la línea, el color y el sabor semánticos del idioma que hablamos, son casi desconocidos. Calificativos como falta de rigor, exceso de sensiblería o cursilería torrencial aplicados a la poesía escrita por mujeres, ¿son acaso métodos de defensa, rémoras onerosas o sabandijas que profanan el sarcófago de Tutankamón? ¿Adorables pininos infantiles o gorgotear de seniles pucheros? ¿Temor inconfesado a la exponencial marejada con la que un sexo llamado débil por conveniencia y fuerte por antonomasia, plena horizontes menos lejanos de lo que parece?

Si no por equidad, al menos por conveniencia, la mitad parlante, vociferante, apabullante de la sociedad letrada, debería consultar el calendario. Es grave quedar anclado porque dicen que el camarón que se duerme, despierta en el coctel.

Ya es tiempo de que respetemos como lo merece algo tan honroso como la confiabilidad en la valoración de la cultura humanística, base de la trascendencia humana. Hagamos el esfuercito, dejémonos de vainas como se titulaba un exitoso programa de la televisión colombiana y entendamos de una vez por todas que el acervo cultural de un país corre en las dos orillas. Solo así, preceptivas literarias, tatuajes académicos, filólogos, lingüistas, foros líricos y demás gurúes que representan el segmento existencial y reconocido de Colombia, crecerán hacia adentro y merecerán credibilidad más allá de sus fronteras.

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