Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Tribuna de opinión

Un accidente ocurrido al director de un hospital cambiará el destino de toda una nación. Aldo Gustavo Novello es el protagonista de este fantástico relato.


—¿Es grave, doctor? Un golpe feo por lo que veo en su gesto.

—Tiene una fisura en su cráneo, doctor. Mire aquí, ¿ve? Ahí, justo ahí —indicó Antonio Lucca, señalando un punto de la radiografía que tenía en su mano.

—Sí, sí... me rompí la cabeza. Ya veo, ya veo... flor de golpe se necesita para romper ese hueso.

—Feo golpe, doctor, y menos mal que fue en la frente.

—Sí, claro, en la frente —respondió como perdido Aldo Novello.

—Igualmente, doctor, vamos a hacer otros estudios. Ahora quédese tranquilo y descanse. El vicedirector ya está enterado de su accidente.

—Espere, no se vaya, doctor... Doctor, ¿cuál es su nombre? —preguntó Novello dubitativo.

—Antonio Lucca, el traumatólogo de guardia —contestó con voz cordial.

—¡Ah, sí! La guardia... del hospital Vermejo... Entonces... yo a vos te conozco.

—Sí, doctor, usted es el director de este hospital.

—¿Y cómo vine a parar aquí? ¡No recuerdo!

—Por lo que dijo el enfermero, usted se cayó en la entrada principal.

—¿Cuál enfermero?

—Roberto Caballero.

—¡Ah!, el correntino...

—Sí, tal cual. Contó que lo empujaron, se resbaló y rodó por las escaleras. Está lloviendo muy fuerte afuera. La señora que lo empujo está con un ataque de nervios y llora desconsoladamente. La está atendiendo su asistente, la doctora Burquett.

—¡Qué pelotuda!

—¡Doctor! ¿Qué dice? ¿Quién? —dijo sorprendido el traumatólogo.

—¡Qué pelotuda! ¡Pe–lo–tu–da! ¡Un pedazo de estúpida! —recalcó el director, desconcertando a Lucca.

—Bueno, cálmese, doctor Novello, cálmese. Aparentemente fue un lamentable accidente. Ya le dije: hay una tormenta muy fuerte y en ese momento llovía a cántaros...

—¡Sí, claro, usted justifique, justifique nomás! Total, otro boludo más justificando la estupidez... Y la otra estúpida de Burquett, seguro que se fue a atender a esa pedorra que me llevó por delante y ni pasó por aquí. ¡Ahora recuerdo! ¡Sí, una gorda bolsa de papas en chancleta fue quien me hizo trastabillar!

—¡Doctor, no hable así! ¡Por favor, está gritando!

—¿Vos sos el doctor? “Putito”, ¿no? —dijo, hablando bajito, susurrando la voz.

—Aldo, usted no está en sus cabales. Por favor, cálmese. Voy a llamar al enfermero.

—¡Andá, andá, dale, apurate, “princesita” —le dijo socarronamente y susurrando mientras le hacía señas obscenas con los dedos, introduciendo el índice de una mano en un anillo hecho con el pulgar y el índice del otro.

Antonio Lucca llamó al enfermero con su intercomunicador, mirando entre asombrado y divertido los gestos que hacia el mismísimo director del hospital, mientras le seguía diciendo groserías.

—Vení pronto, Caballero, te necesito urgente en la guardia; y avisale al vicedirector que venga urgente también. Por favor, está en su despacho... decile que el doctor Novello necesita un calmante ya. ¿Escuchaste? —“me ocupo, doc”, se oyó por el comunicador.

—¡Mira vos!, pensé que ibas a buscarlo, pero no, sacaste el telefonito de mierda ese y ahí nomás te comunicaste con el correntino... ¡Qué hijo de puta, ja!

—Doctor, estos comunicadores los mandó a comprar usted, ¡y lo bien que hizo!

—Claro, claro, seguro; así lo encontrás más rápido, claro. Se te debe hacer agua la boca por el correntino, le viste la pija seguro... El turro se come a todas la enfermeras de este hospital. ¡Es un puterío este hospital! ¡Y ahora de yapa mandaste a llamar al mequetrefe y arrastrado de Ibáñez!

—Tranquilo, doctor, tranquilo. El doctor Ibáñez me pidió que lo mantuviera informado si es que surgía algún inconveniente con usted, por mínimo que fuera...

—Y sí, seguro. ¡Claro!, ¿cómo no va a estar expectante? Si me pasa algo se queda como director el turro y, de paso, podrá cogerse a mi mujer también.

—¡Bueno, doctor, basta! ¡Y pare de hablar, que lo está escuchando medio hospital! —en ese instante la cortina del gabinete de guardia se corrió haciendo un chirrido—. ¡Ah, por fin llegaste, Roberto! Al jefe se le perdió un tornillo en la caída, parece —dijo Lucca al enfermero que entró raudo en ese momento.

—¡Eh, correntino, viniste como un rayo! ¡Este es un guacho! —dijo Novello, poniéndose serio y señalándolo—. Pero te aseguro, doctorcito, que es el mejor enfermero del hospital. A propósito, correntino, ¿este ya te vio la verga?

—No, doctor, no me la ha visto, pero si no se calla, se la voy a meter en la boca para que de una buena vez deje de hablar gansadas. ¡Cállese! —indicó imperativamente el enfermero.

—¡Bue, sip! —dijo Novello, haciéndole la venia con gesto militar—. Doctorcito, aprenda esto, yo sé lo que le digo. ¡Nunca discutas con un enfermero, ellos dominan todo lo que pasa en el hospital! ¡Saben todo! ¡Sé que saben todo!

—¿Le avisaste al doctor Ibáñez que viniera urgente y que traiga un tranquilizante?

—Sí, claro, debe estar por venir, salió detrás mío; y el tranquilizante lo traigo aquí —dijo Caballero, poniendo su mano en el bolsillo superior de su chaqueta.

—No te preocupes, doctorcito, ese Ibáñez seguro que le anda mirando el ojete a las enfermeras, por eso tarda. ¡Es un pajero!... Y sí, me va a venir bien una buena droga, creo que estoy diciendo muchas gansadas y además puedo escuchar lo que están pensando ustedes dos... o me parece... ¿Se mueve solo el estetoscopio suyo?

—No le estoy mirando el culo a nadie, Aldo —dijo el doctor Santiago Ibáñez en tono comprensivo, con gesto resignado, mientras ingresaba en la sala—. ¿Qué pasa aquí, doctor Lucca?

—El paciente despertó hace dos horas, comenzamos a conversar y de pronto a manifestar una actitud... digamos grosera —explico tranquilo Lucca.

—¡Aaaaayyyy! ¡Mira al cabrón este! ¡Manifesté una actitud grosera! ¡No te digo, es un boludo! ¡Boludoooooo! —comenzó a gritar desaforado Aldo Novello, burlándose del doctor Lucca.

—Correntino, ponele el calmante. Y metele uno fuerte. ¡Dormilo ya! Aldo, por favor, por lo que más quieras, calmate. Por favor, colaborá, estás desvariando feo. Aldo, por favor —le dijo Ibáñez a su superior mientras se sentaba al borde de la camilla, apoyando sus manos en sus hombros con firmeza.

—Está bien, Santiago —contestó el director—, tenés razón. Está bien, entiendo, entiendo... Metele, correntino, estoy reloco. ¡Dale, pinchá nomás, pijudo! Pero acordate de lo que te digo ahora, puedo mover las cosas y...

—Sí, claro. Te aturdió feo ese golpe... muy feo, amigo. Tranquilo, tranquilo —dijo Ibáñez mientras le daba unas palmaditas suaves y alentadoras en el pecho—. Ponele diez miligramos, Caballero, y quedate con él un ratito, ahora vengo, voy a hablar con el doctor Lucca y de paso le digo a la doctora Burquett que venga para acá. Quedate hasta que ella llegue.

—Tranquilo, Ibáñez, andá, yo me quedo con el correntino. ¡Ah!, y dejame la manzanita, ¡ja, ja, ja! ¡Chupaculo! ¡Ja, ja, ja! —dijo en tono bajito el doctor Novello, mientras el enfermero le aplicaba el calmante endovenoso.

• • • • •

—¡Qué situación, doctor Lucca! ¡Qué situación! —dijo Ibáñez ya en el pasillo—. Venga, vamos a la cafetería y de paso le aviso a la doctora que venga para acá.

—Espero que sea transitorio este trastorno. ¡Justo ahora! ¡Ah, qué suerte! Ahí viene la doctora Burquett. Alicia, por favor, andá a la guardia de traumatología, allí...

—Sí, ya sé, están atendiendo al jefe. Acabo de hablar con la doctora Krauss, me dijo que también va para allá.

—¿Y quién diablos dijo que tenía que verlo una psiquiatra ahora? ¡Justo ahora estalló el vicedirector!

—No sé, doctor, no lo sé —contestó perturbada Alicia—. No me dijo quien le avisó.

—Andá, por favor, andá y decile que es prematuro hablar todavía con él. Recién lo sedamos, y fuerte. Hacé lo posible para que no hable con él, por favor. Y bien esté lo suficientemente tranquilo, sacalo de la sala y llevalo a una habitación individual bien aislada.

—Así lo haré, no se preocupe, entiendo perfectamente, sé las implicancias de esta situación —contestó firme y muy seria.

—Vamos, Lucca —dijo Ibáñez, agarrando del brazo al traumatólogo.

• • • • •

—¡Qué situación! ¡Qué situación! —decía a modo de lamento Ibáñez, mientras le hacía el pedido al mozo de la cafetería, Tito.

—¿Qué toma, Lucca?

—Un café cortado.

—Tito, dos cortados entonces y un agua con gas, por favor.

—Bueno, doctor Ibáñez, como le decía, no es para tanto, seguramente el doctor Novello evolucionará bien del trauma.

—Mire, doctor Lucca —dijo Santiago, agarrándolo de la mano—, esto es grave, ¿entiende?, grave... y tiene que hacernos un gran favor.

—Si está a mi alcance, dígame.

—Sí, está a su alcance. Escúcheme, ¿usted todavía no ha escrito el informe del estado del paciente?

—No, todavía no.

—Bien, bien. Le pido, por favor, que no registre nada sobre el comportamiento del doctor Novello durante su revisión, ¿entiende?

—Pero usted me está pidiendo que oculte una información médica. ¡Me está pidiendo eso usted! ¿Escuché bien yo? —Lucca moduló claro la pregunta tratando de no ser soberbio.

—Sí, escuchaste bien —le dijo serio y tuteándolo—. Mirá, necesitamos que hagas esto que te pido, sería terriblemente perjudicial para todos que en un informe médico del futuro candidato a presidente de la nación figure que tuvo un severo desvarío mental, ¿entendiste?

—Te entendí, claro. Pero, ¿candidato a presidente de la nación? ¿El doctor Novello?... ¡Notable! Ese hombre es una máquina de trabajo y además con un corazón grande como una casa. Pero decime, para las elecciones faltan dos años, ¿qué incidencia tendría un informe menor de un accidente firmado por un traumatólogo de guardia? —dijo inocente el doctor Lucca.

—¡Mucha, Antonio, mucha! ¡Creeme, los medios, Lucca, los medios!

—No puedo hacer eso, debo escribir el informe tal como fue, hay testigos de la situación. El doctor gritaba como un loco y...

—Escuchame, Lucca, escuchame bien, si vos escribís ese informe sin obviar el desvarío, te digo clarito, bien clarito, vas a ir a atender quebraduras de arrieros en el puesto más cercano en la reverenda nada de la cordillera, ¿entendiste? —Espetó Ibáñez, marcándosele un fiero gesto de ira en su rostro angular, reflejado en el brillo de unos ojos azules fríos como témpanos.

—Me estás amenazando —contestó sereno y en voz muy baja Lucca, tuteándolo ahora.

—Sí, por supuesto, te estoy amenazando.

—No sé que mierda te pasa, Ibáñez, ni podés y ni me vas a mandar a la cordillera. Calmate, porque si me seguís hablando así, te voy a mandar al juzgado más cercano a tu domicilio, para tu comodidad.

Los dos hombres se miraron fijo y sin hablar por unos cuantos segundos. De pronto, Antonio Lucca, con gesto cordial, le dio una palmadita en la mano a Ibáñez, que a esa altura estaba duro como un garrote.

—Calmate, Ibáñez, calmate. Escuchá bien, vamos a hacer esto: yo voy a escribir el informe específicamente traumatológico hasta justo el momento que vos llegaste para revisar al doctor Novello, ¿entendés?

—Sí, seguí.

—Como un médico con jerarquía superior tomó cartas en el asunto, es decir, vos te hiciste cargo de la situación; es más, me indicaste que te hacías cargo y por escrito en el mismo informe, en el mismo informe —repitió a propósito —, ¿claro? Entonces, respecto al estado mental de Novello, esa parte, justo esa parte la vas a redactar como quieras, vos y nadie más que vos. ¿Te parece bien? —Ibáñez lo miró con asombro.

—Bien, me parece bien —dijo Santiago dubitativo, meditando cada palabra de la propuesta del doctor Antonio Lucca—. Disculpame, no fue una intención premeditada amenazarte —prosiguió conciliador—. Me salió de puro desesperado. Me puso muy nervioso la situación. Imaginate, creo que ese hombre será el mejor presidente que tendrá nuestro país —dijo emocionado, con lágrimas a punto de salir de sus ojos.

—Estamos de acuerdo, Ibáñez, estamos de acuerdo. Por eso lo acompañaré en esta gesta —dijo Antonio Lucca, firme y sereno.

Ibáñez lo miró pícaramente y dijo: “No sos ningún gil, vos de la cordillera a director del hospital”.

—No me vengás con chiquitas, Santiago. Secretario de Estado, dirás —ambos se entendieron al instante.

• • • • •

El salón de actos estaba repleto, desbordante, lleno de personas expectantes por el acontecimiento.

—¿Estás nervioso, Lucca?

—¡Muy emocionado! ¡Dos años de trabajo intenso!

—¡Tranquilo, ya llegamos! ¡Llegamos, Antonio!

—¡Sí, este es un triunfo que nos merecemos más que nadie, Santiago! ¡Gracias a vos!

—¡A vos también! —le contestó exultante Ibáñez, mientras se distraía mirando las caras de los presentes en el salón de actos—. ¡Mirá, mirá para allá! —cuchicheó, señalando con un breve gesto, con su barbilla hacia la otra esquina del salón—. ¡La doctora Krauss!

—¡Sí, sí, y como se vino! —dijo Antonio, mientras codeaba a Ibáñez en las costillas.

—¡Qué par de tetas hermosas tiene la psiquiatra!

—¡Con ellas te vuelve loco!, ¡ja ja ja!

—Callate, que Aldo puede escucharte...

• • • • •

“¡Habla al pueblo, a la nación, su excelentísimo presidente, doctor Aldo Gustavo Novello!”. El anuncio de la locutora fue seguido de un estruendoso aplauso interminable, con voces y gritos de vítores y arengas provenientes de todos los espacios del recinto. Todos de pie, con rostros de inocultable alegría.

—¡Gracias, gracias, muchas gracias! —dijo el presidente, haciendo gestos con los brazos para aminorar la ovación—. Tomen asiento, por favor —la multitud le hizo caso inmediatamente, como si fueran autómatas—. Siento una alegría inmensa por el honor mayúsculo que me ha concedido el pueblo de elegirme para presidir los actos de gobierno de nuestra hermosa nación. Con semejante respaldo, nada ni nadie podrá callarme, nada ni nadie —recalcó con un acento perturbador—. Excepcionalmente, solo la verdad, que no es más ni menos que la necesidad del pueblo, nada ni nadie más —en ese instante fue interrumpido por un fervoroso aplauso—. ¡Continúo, gracias! ¡Silencio! —y el silencio se hizo al instante—. ¡Y mucho menos nadie me dirá lo que me conviene decir! Para eso estoy aquí, no para contarles la verdad como si fuera un cuento, estoy aquí para honrar la verdad de la necesidad y hacer lo que vinimos a hacer, lo que vine a hacer, más precisamente, por el poder que me fue concedido... Y perdón a mis amigos queridos: Santiago Ibáñez, Antonio Lucca; perdón por lo que voy a decir y hacer, me viene de adentro, no lo puedo contener, es como un mandato... es que... la verdad es necesaria aunque duela; y como perdí la capacidad de ocultarla, de disfrazarla, por desgracia, en este instante la voy a decir sin tapujos —dijo ya exasperado, mirando con evidente pánico a sus dos amigos, con un extraño gesto, mezcla de pedir perdón y sorna llena de poder.

—¡Dios, no! ¡No, no, por favor! ¡No puede ser! —musitó aterrado Santiago Ibáñez, mientras observaba atónito como Aldo Marcelo Novello, el presidente de la nación, utilizaba su mente para dominar la voluntad de los presentes.

—Digo —continuó el presidente, carraspeando por los nervios, esta vez con voz altisonante debido al creciente murmullo del auditorio—. ¡Cállense! —gritó, y todos callaron de repente—. ¡Digo aquí solemnemente, y que me escuche el pueblo, que todos en este salón son un atado de hipócritas! ¡Ustedes, todos ustedes son lacras asquerosas que se arrastran hasta el poder sin importarles nada, sin medir las consecuencias de sus actos corruptos con tal de llegar a ocupar un cargo privilegiado! ¡Son lacra! Ahora retírense todos, estoy agotado. Mañana daré instrucciones.

Y todos se retiraron en silencio. Todo quedó en silencio.

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