Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Tribuna de opinión

Un acto de infidelidad podría salirle caro a Víctor Garmendia, un empresario que intentará salvar su matrimonio atendiendo las recomendaciones de un hábil empleado.


—Usted es un boludo, Martuchi, un perfecto boludo.

—¿Qué pasó, don Víctor? Dígame, ¡no me trate así!

—“¡Quez pavsov, sedñord!, ¡da da da!”, ¡boludo!... ¿Qué digo? ¡Un gran boludo!

—¡Garmendia, me está diciendo boludo y no se lo voy a permitir!

—¡Sí!, “me estás dicendo boludo, ña ña ña”. ¡Me dice el boludo que no me lo va a permitir, me dice el pedazo de boludo...! ¿Me querés decir para qué mierda llamaste a mi casa anoche? ¡A mi casa!, ¿entendés?

—Pero, yo... Usted me dijo que le avisara cuando llegara el correo desde Francia indicando el depósito en su cuenta.

—A las dos de la madrugada llamaste al teléfono de línea de mi casa. ¡Dos de la madrugada! —me dijo con voz ronca, indicando con los dedos en ve el número, sacudiendo la mano.

—¡Usted me dijo! ¡Usted! Y no me ofenda más. Usted me pidió que le avisara, que era muy importante. ¡Usted me lo pidió! ¡Recuerde!

—Sí, sí..., te lo dije, te lo pedí, sí. ¡Claro que te lo dije! ¡A un boludo se lo dije! ¡A un pedazo de boludo que me arruinó el matrimonio...! ¿Qué digo? ¡Mi vida! Justo anoche, justo anoche..., mi mujer te pregunta: “¿Mi marido no está en la empresa?”. ¿Y qué le contestó el boludo bien boludo que tengo frente a mí? ¿Qué le contestaste?

—Que no estaba usted en la empresa. Sí, le dije que usted no estaba en la empresa —reconocí, agachando la cabeza.

—¿Y qué pensás al respecto, Alberto Martuchi? ¿No se te ocurre ni te viene nada a esa cabeza de alcornoque que tenés? Le dije a mi esposa que estaba en el trabajo, ¿con quién? A ver —me preguntó haciendo mohines—, ¿decime con quien le dije que estaba en el trabajo? ¡Pedazo de marmota!

—Bueno, Garmendia, bueno, basta, cálmese. Siéntese, no se ponga así, eran las dos de la mañana, compréndame, estaba cansado, su celular apagado, el correo ese con las imágenes que había que editar. Además, jamás hubiera pensado que usted, un hombre tan inteligente, tan exitoso, tan ganador, tan líder, ¡tan, tan, poderoso!, y perdóneme..., y con semejante mujer, andaría de correrías.

—Cállese —me interrumpió con voz grave.

—Cálmese, Garmendia Víctor. A ver, desabrochate la camisa, mirá cómo estás transpirando —le dije en tono conciliador para calmarlo, tuteándolo—. A ver, ponete cómodo. Sentate, ahora te traigo un vaso de agua, ¡estás colorado como un tomate!

—¡Qué vaso de agua ni ocho cuartas! ¡Traeme un whisky doble, sin hielo, y de paso, traé la botella. Fijate ahí, en el bar de la sala de recepción —me dijo, señalando con la barbilla hacia el lugar—. ¿Y ahora qué hago, Martuchi? ¿Qué mierda hago? —me preguntó Garmendia, casi gritándome, agarrándose la cabeza con ambas manos y sus codos apoyados en el inmenso escritorio.

Mientras iba a la dependencia contigua de su enorme despacho, donde estaba el minibar, pensé la respuesta. Mientras tanto, le preparé su whisky doble... triple, llené el vaso casi hasta el borde. “El estúpido éste no me puede ofender como lo hizo”, mascullé. Regresé a la sala, no sin antes echar un trago directamente del pico de la botella de escocés.

—Debemos plantear una estrategia —dije serio, mientras le alcancé el vaso—. Tenemos que elaborar una coartada.

—¿Y cómo? ¿Crees que es fácil?, con una mujer como ella mandarse una cagada significa una sentencia firme de muerte. Es igual al padre, un cuáquero hijo de puta, recto el tipo, pero no te perdonaba una... y la hija es igual. No, ¡qué digo igual!, ¡peor! Una perfecta chupasirios. No tenés ni idea de quien es Helena Ferrari.

—Sí, Helena Ferrari..., Helena... ¿sabés qué significa en griego? —pregunté para tratar de distender la tensa conversación del momento.

—No, ¿qué significa?

—Luz que brilla en la oscuridad.

—Sí, Helena es luz, un alma caritativa —me respondió Garmendia melancólico—. No es fácil lidiar con la responsabilidad de comprender tanta bondad.

—Me imagino que no es fácil, claro que no es fácil. Tan religiosa ella. Pero está herida, despechada y confundida como hembra; y allí ni Dios ni el diablo saben qué hacer. Lo bueno es que una mujer confundida y en crisis puede ser embaucada. Las mujeres traicionadas, en estado desatado de nervios, pierden la capacidad de su maldito sexto sentido.

—Me avisó la "puritana dos", a la hermana me refiero, hace una hora, que pase a buscar todas mis pertenencias por mi casa... mi excasa, mi exhogar. ¡Perdí mi hogar! —me dijo lacónico y vencido, mientras se mandó un trago de licor como para emborrachar a un mono.

—¡Eh!, ¿tan rápido?, ¿así como así? ¡Miércoles!, ¡qué enojo!

—¡No sabés lo que es esa mujer! ¡La venganza en carne viva! —a esa altura de la conversación, Garmendia me usaba como confesor.

—Entonces, deduzco que no debe ser la primera vez que pasa, para que reaccione así... digo, la corneó varias veces...

—¿Qué me decís, Martuchi? Es la primera vez en mi vida que hice algo semejante en todo este bendito matrimonio, ¿entendés? La primera vez que la engaño, ¡bueno! ¡Qué digo la engaño! ¡Ni eso! ¡Me fui con una puta!, ¡una puta “vip” de cinco mil dólares!, ¡con unas tetas maravillosas y un culo descomunal! Me dio vuelta como a una media, una máquina de coger. ¿Sabés hace cuanto que no tenía una noche de sexo como esa? —me confesó. Advertí un gesto de complacencia mientras me contó la costosa aventura.

—Bueno, bueno, Garmendia, no se ponga así. Tranquilo, seguramente fue a buscar lo que no encuentra en su casa; aunque su esposa sea una muy bella mujer, con eso no alcanza.

—¿Tranquilo? ¡Quince años de matrimonio sin una sola fisura y hago esto! ¡Me quiero morir! Aunque es cierto —dijo en voz baja—, en estos últimos cinco años casi no tuvimos intimidad... apenas uno rápidos encuentros, sin pasión, fríos. Ella se la pasa todo el día metida en esa fundación caritativa...

—Bueno, bueno, Garmendia. Bueno, tampoco es nada del otro mundo lo que hiciste. No digo que se lo merezca, nadie se merece que lo engañen, pero quizás la situación es culpa de los dos por no hablar a tiempo.

—Sí, puede ser, pero con ella es muy difícil conversar de estas cosas.

—Escuchame —lo tuteé coloquialmente—, tengo una idea interesante que te puede sacar de este embrollo —le dije con seguridad.

—Decime —me contestó seco, pero con un leve tono de intriga.

—Yo le dije a su esposa que usted no estaba conmigo. ¿sí?

—Sí, claro. La madre del quilombo...

—Bueno, es cierto, yo le dije que vos no estabas conmigo, ya sé, no comencés de nuevo a lamentarte vituperándome. Concentrate bien en lo que te voy a decir, ¿estamos de acuerdo?

—Sí, dale, de acuerdo —me dijo atento.

—¿Desde cuál teléfono llamé a tu mujer?

—No sé.

—De mi celular. Anotá, primer punto importante para tu salvación. Segundo punto: vos anoche preocupado le preguntaste a mi esposa dónde estaba yo...

—Pero yo no hablé con tu esposa, además, ¡vos no tenés esposa!

—Garmendia, escuchá: ¿tu mujer sabe que yo no tengo esposa?

—No, no sabe, pero la frígida de la hermana es la directora de recursos humanos de la empresa, y en el legajo está registrado, patente y claro, que vos no tenés esposa ni hijos.

—Sí, claro. Pero sí tengo una mujer, una relación, y estable, oculta. Cuestión ésta que no tengo la obligación de informar a la empresa.

—¿Novia?, ¿concubina?, ¿con quién, Martuchi? —indagó curioso.

—Con una mujer que es, concretamente, mi amante. Mejor dicho, yo soy el amante de ella, para ser más exacto.

—¡Ah, bueno!, tenés una relación con una mujer casada, mirá vos...

—Desde hace cinco años, y no está casada; es viuda, el marido falleció hace seis meses, pero ella dice que todavía siente que su marido está con ella. Yo le sigo la corriente, si a una mujer le hace feliz algo, hay que seguirle la corriente.

—Pero ella amaba a su marido, sino no se entiende cómo puede ser que diga que todavía siente que está con ella.

—Vos entendés mucho de empresas y negocios, pero poco sabes del sentir de las mujeres. Miralo así, el finado era un gran tipo, un gran tipo —recalqué— y la mujer estaba inmensamente agradecida por cómo la trataba y todo lo que había hecho por ella; y me consta. Pero las cosas no funcionaban. Era difícil que funcionaran, y más en los últimos dos años: el hombre estaba preso.

—¿Preso?, ¿en un presidio?, ¿un malviviente?

—Estafador, preso por estafas reiteradas, de las gordas.

—Ahora entiendo. Pero entonces ahora no sos el amante, el hombre murió, sos en todo caso su novio o pareja...

—Garmendia, mientras ella diga que siente que el finado está muy presente en su vida, seguiré siendo su amante. Retomando el tema, las mujeres tienen códigos secretos entre ellas, ¿sabías? ¡Bah!, la mujer es un código secreto de la creación en sí misma; y entre esos códigos existen premisas... ¿y sabes cuál es la premisa que nos servirá en este caso tuyo?

—No, ni me imagino. Me estás dejando sin palabras, Martuchi.

—"Las amantes despechadas nunca mienten en temas de infedelidad": esa premisa. Las esposas puede ser, pero las amantes jamás. Las amantes son las mujeres más fieles que hay con el amante. Claro, se lo digo por experiencia. En casi todas las relaciones que tuve con mujeres fui amante, siempre el número uno.

—El número dos, dirá..., el amante es el número dos —me dijo con gesto de sapiencia.

—No, amigo. Cuando hay amante, sea de fantasía o real, el número uno pasa a ser el número dos; aunque no es relevante el orden, los amantes se meten el orgullo en el culo generalmente, ¿entiende? Como esa mujer que usted contrató por unas horas fue la numero uno. Una gran dama con precio; usted ni se acordó de su mujer. Imagínese si fuera su amante, digamos... estable.

—Así que para vos un amante de fantasía es lo mismo que uno de carne y hueso.

—Para la mujer, sí; y tiene su lógica, a nosotros los hombres se nos hace más difícil esa cuestión. Lo nuestro es más elemental, digamos... como lo tuyo, creíste que con una "dama de compañía transitoria" superarías tu crisis matrimonial.

Garmendia quedó en silencio por un instante, mirando al piso con la mirada perdida, desarmado, frágil; de pronto dijo: “Dame otro whisky, por favor”.

Elemental.

• • • • •

Volvamos a lo que te estaba planteando, Garmendia —dije, acompañando con mis manos dos palmadas de aliento que sonaron como látigo—. ¡Concentrate! Composición de lugar y atendeme muy bien: vos llamaste a mi casa para ver si yo estaba allí.

—Sí, no, ¡yo no...!

—Figurate. Figurate, no seas pavo —interrumpí.

—Está bien, me lo figuro; pero ¿cómo compruebo que yo llamé a tu casa a la madrugada? —me preguntó, frunciendo el ceño.

—¡Qué suerte tenés, Garmendia!, ¡qué suerte tenés¡ Yo llamé verdaderamente a mi casa para avisarle a Susana que llegaría tarde desde el teléfono de la empresa. Prosigo con la coartada. Entonces, atiende tu llamada mi compañera...

—¿Quién?

—Susana, mi amante. Estás distraído, Garmendia. Prestame atención y hacé como que realmente sucedió.

—Ok, dale —dijo bufando, medio aturdido de tanto licor que había tomado.

—Vos llamaste por teléfono a mi casa para ver si yo estaba allí. Ella te atiende y te dice: “¿Quién habla?”. Vos respondes desconcertado porque no esperabas que una mujer te contestara desde mi casa: “Soy Víctor Garmendia”. “¡Ah, Víctor Garmendia! ¿Qué necesita?, Alberto no está aquí”. Preguntás: “¿Quién habla ahí?”. “Una amiga de Alberto te contesta”. Y ahí vos te das cuenta, en el acto, que metiste la pata. Exponés un justificativo, obviamente estúpido, y le contestás: “¡Uh, perdón!, me equivoqué de número, quise llamar a otra persona en realidad!”. Ella, suspicaz, te pregunta: “¿Alberto está con usted?”. “¡Sí, claro!”, contestás vos apresurado, diciéndole que justo yo estaba en el baño. “Alberto estará mucho tiempo más allí?”: las mujeres tienen la costumbre de preguntar mucho cuando sospechan de algo, ¿entendés?

—Te entiendo, proseguí, me interesa.

—Entonces, vos rápido le contestás que están esperando un correo con diseños y que no sabías cuánto tiempo tardaría en llegar. Entonces ella, ya sospechando la mentira, te dice: “Bueno, avisale que voy para la empresa, lo esperaré allí mismo, se hizo tarde”. Vos le decís: “¡No hace falta!”. Es ahí donde, supuestamente, yo soné. ¡Metiste la pata!, ¿me vas entendiendo, Garmendia?

—Sí, sí, más o menos, sí. ¿Y cómo hago para justificar que no atendí los llamados a mi celular ni los del teléfono de línea de mi despacho cuando me llamó mi mujer?

—Fácil. Después que colgaste, mi amante, Susana, se fue como un obús hasta la empresa sospechando que yo no estaba ahí, y en efecto, no estaba yo ahí. Entonces, justo en ese instante que tu mujer te llama, estabas acompañando a mi amante hasta la calle, hasta su automóvil. Todo un caballero, la viste muy nerviosa y perturbada. Es allí donde argumentaremos que justo dejaste el celular arriba de tu escritorio cuando bajaste a calmar a mi amante.

—¿Y los mensajes?

—No les prestaste atención, y listo. Aparte, macho, vas a tener que ponerte muy firme en la parte que te tocará participar en esta coartada. Tenés que enojarte. Enojarte hasta, incluso, mandar al mismísimo infierno a tu mujer.

—Riesgoso eso.

—Escuchá, Garmendia, esto no termina aquí, aprendé a escuchar cuando estás en problemas. Prosigo. Entonces mi amante, Susana, no se quedó tranquila esa noche, para nada, al contrario, comenzó a pensar y pensar y pensar. Es por eso que decide, luego de lucubrar como una leona herida, ir a tu casa, cuestión esta que, de estar de acuerdo, sucederá mañana en la mañana. Furiosa, Garmendia, estará furiosa e histérica. Irá para preguntarte a vos en persona y para que le aclarés dónde y con quién estaba yo realmente, porque dedujo que vos, en tu palabrería, diste a entender "cosas", y cuando una mujer cree que en una conversación hubo "cosas" que no entendió, ¡sonaste!, su imaginación no tiene límites.

—Ajá, sí, decímelo a mí.

—Claro que si vos no estás en tu casa mañana, porque tu mujer te tiró de patitas a la calle, la va a atender ella en persona, tu esposa, la quáquera. Imagínate esta escena: ¡ding dong!, ¡toc toc toc! “¡Ya va, ya va!”, observa por la mirilla, abre la puerta, asoma la cabeza, “¡buenos días!, ¿quién es usted?, ¿qué desea?”.

—Mi mujer no atiende la puerta, Martuchi.

—¿Y quién atiende?

—La ama de llaves.

—Ama de llaves. Bien, la ama de llaves va de nuevo, atiende la ama de llaves: “¡Buenos días!”. Pregunta entonces su ama de llaves: “¿Quién es usted?”. “Soy la mujer de Alberto Martuchi, un empleado de la empresa de la familia Garmendia, precisamente, quiero hablar con Víctor Garmendia”. “El señor Garmendia no está en la casa”. “¿Y a qué hora regresa?”. “No regresará, creo”. “¿Cómo que no regresará?”, grita mi amante, bien fuerte y claro. Entonces, se escuchará detrás de la puerta: “¿Qué son esos gritos?”...

—¿Quién pregunta detrás de la puerta?

—¡Su esposa, Garmendia, su esposa! Continúo —le dije como regañándolo—. “Señora, esta señora dice que es la mujer de Alberto Martuchi, un empleado de su esposo”. “¿Disculpe, qué desea?”. Le pregunta tu mujer, Helena, a mi amante, ya en forma directa, sin intervención del ama de llaves: “Quiero hablar con su esposo por lo sucedido anteanoche”. Le dirá mi amante, visiblemente alterada: “¿Anteanoche?”. Responderá su esposa, asociando con vos: “¡Sí, anteanoche!”, contestará...

—¡Pará, Martuchi, pará!, ¡eso es una locura! —me interrumpió, irguiéndose de repente del sillón. Comenzó a caminar de aquí para allá, refregándose la cara con ambas manos.

—¡Qué locura! Escuchá, Garmendia —dije, interrumpiéndole su va y viene, cortándole el paso, agarrándolo por los hombros—, escuchá. Sigo la historia... y atendé bien esta parte, el remate. “¿Así que usted quiere hablar con mi esposo?”, pregunta su esposa. “Sí”. “¿Y sobre qué quiere hablar con él, Susana?”. “Porque él sabe muy bien dónde y con quién me engaña ese hijo de puta de Martuchi”, dice mi amante, lloriqueando y con algunos temblores en la barbilla, y haciendo como que se marea. En ese preciso instante, calculo que, solidariamente, al ver a una mujer sufriendo por amor, su esposa invita a mi amante a pasar a su casa y, seguramente, la ama de llaves tratará de sostenerla para que no se caiga. Las mujeres son muy solidarias entre sí en esos casos. Continúo. “¡Estoy destrozada, escúcheme, Helena —dice mi amante—, su marido llamó a la casa de Alberto, yo justo estaba ahí, hay noches que me quedo en su casa... ¡lo amo tanto!, me dijo que estaba en el trabajo, esperándolo”. “¿A qué hora?, le pregunta tu mujer, tragándose un anzuelo de medio kilo hasta el estómago”. “¡Creo que eran más de la una de la madrugada!”. “¡No puede ser, no puede ser! —dirá tu esposa—, ¡Martuchi me llamó anoche y me peguntó por mi marido!”, y allí viene el remate, Garmendia. Mi amante le dirá: “Es más, pasé por su empresa y hablé con su esposo personalmente..., ¡y ahí fue donde descubrí que la basura de mí amante, macho o qué sé yo que mierda es a esta altura, no estaba allí!”.

Gustavo Garmendia quedó mirándome perplejo, con la boca abierta y el vaso de whisky en la mano vacío.

—¡Perfecto, perfecto! —dijo entre voz, casi imperceptible.

—Sí, casi perfecto —recalqué el “casi” a propósito—. Falta un detalle muy importante —le contesté frío y calculador.

—Claro, tu mujer, su amante...

—Sí.

—Supuestamente, ella podría hacer lo que acabás de relatar, no me hubieras relatado toda esa fabulación, si eso no fuera posible.

—No sé, supongo que sí —guardé unos segundos de silencio y continué—. No es fácil, digo, no porque no tenga condiciones: ella es actriz.

—¿Por qué decís “supongo”?

—Es por eso del código femenino de la fidelidad. Puede surgir una negativa por parte de ella para llevar esta mentira adelante, para ayudar a engañar a otra mujer.

—¿Dijiste que Susana es actriz? —me preguntó más sereno.

—Sí.

—¿Profesional?

—Sí, claro.

—¡Ah! Entonces, posiblemente, lo haría como si fuera un trabajo, una actuación una...

—Puesta en escena.

—Eso, una puesta en escena —me dijo con una media sonrisa dibujada en su cara.

Noté que el rostro de Víctor Garmendia, a esa altura de la conversación, estaba más distendido, con esperanza. Quizás también por el efecto del whisky, ese animal se había tomado más de media botella en minutos.

—Brillante, Martuchi, brillante... Entonces, si le pago por una actuación, no estaría rompiendo ningún código femenino.

—Sí, claro, el trabajo es el trabajo; y hay que pagar. Una actriz es una trabajadora.

—Habría que preguntarle a Susana si estaría dispuesta y en cuánto saldría esa actuación.

—No te preocupes por eso, Garmendia, no hace falta, estará dispuesta.

—Pero todavía no sabemos si lo hará...

—Depende.

—¿Depende de qué?

—Del cachet de actuación.

—¿Cobrará mucho?

—¿Y qué te parece? Es una actriz reconocida, una profesional hecha y derecha. Bueno, sigamos con lo del cachet. Como te dije, no hace falta.

—¿Qué no hace falta, Martuchi?

—Preguntarle a ella, a Susana. No te preocupes, el precio te lo digo yo, ahora, aquí mismo.

—¿Lo del cachet?

—Sí, Garmendia, sí.

—¿Y en cuánto me saldrá? —me preguntó, con tono de voz de empresario exitoso, entendiendo que la conversación se había convertido en una negociación.

—Doscientos cincuenta mil dólares —le respondí sin pestañear.

—¿Doscientos cincuenta mil?, ¿dólares? Estás loco, Martuchi.

—No, no lo estoy. Doscientos cincuenta mil dólares, Garmendia —le recalqué.

—¡No!, ¡ni en pedo, ni en pedo!, ¡vos estás en pedo y demente, Martuchi!

—Ni en pedo ni demente. Bien cuerdo... ¡bien cuerdo, Garmendia! —le dije, con tal tranquilidad, que me sorprendí a mí mismo—. Escuchame, Garmendia —proseguí—, vení sentate y atendeme. ¿Tu mujer tiene la mitad de las acciones de esta empresa?

—Sí —contestó seco, poniéndose muy tenso.

—Sumale a eso que es dueña, aparte vos ni figurás ahí, de la empresa que le dejó su padre, tu suegro. Es decir, tiene cien veces más dinero que vos, ¡pedazo de boludo!, y, por ende, ¡boludazo!, te va a dejar no solo en la calle, vas a quedar como un boludo; y eso en tu nivel de empresario, sencillamente, defenestra.

—Martuchi, ¡me estás diciendo boludo y no te lo voy a permitir!

—“Nod te lo voy a pedmitid, ña ña ña" —le contesté, burlándome, repitiendo su advertencia—. Estás en el horno, con papas y batatas, Garmendia. Date cuenta. ¿Y?, ¿aceptás?

—Sí.

—¡Bien, boludo, bien, preparemos la charada!

Escribir un comentario

Este es un espacio de participación de los usuarios. Un espacio para las ideas y el debate, no para fomentar el odio, el desprecio, la violencia o la discriminación de cualquier tipo.
Los comentarios aquí registrados pertenecen a los usuarios y no reflejan la opinión de Palmiguía. Nos reservamos el derecho de eliminar aquellos comentarios que se consideren impertinentes.

Código de seguridad
Refescar