Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Tribuna de opinión

El asesinato de una mujer revelará la tenebrosa historia de un pueblo dividido y será el motivo del comienzo de una revolución.


—Tírale, está a tiro. Atraviésale la cabeza.

—Espera, espera que se asome al acantilado, así se cae en él. Rupio, mira, ¡es una mujer!

—Tírale igual, está violando la regla. Prohibido transitar la grieta...

—No puedo, es una mujer...

—O le tiras, o te reporto a las autoridades, no violes la regla, Calisto. ¡Hay que matarla y ya! Y más vale que te apures. Ahí se detuvo, dale.

—Está embarazada.

—¿Cómo sabes?

—Mírale la panza.

—No se le nota nada, estás mintiendo.

—¡No!, fíjate bien.

—Voy a labrarte un acta donde certificaré que estás inventando una situación inexistente para eludir la orden de custodia de la grieta: matar al que la transite.

—Está embarazada, Rupio, y eso no lo vas a poder negar. Será tu palabra contra la mía. Hermano, escúchame, somos amigos desde toda la vida, militamos la causa de la grieta con fervor y pasión; soy un guerrero, tú lo sabes, pero matar una mujer, y desarmada, es demasiado para mí. Se me cruzó por la cabeza que estaba embarazada para justificar aún más mi pensamiento... además es muy joven, llena de vida. No puedo, Rupio, no puedo.

—Entonces la mato yo. Si me lo impides sabes que es pena de muerte. Calisto, dame el arco.

—¡Pero tú eres el avistador certificante, no sabes tirar!

—¿Tú crees que me gusta hacer esto?, ¿tú crees? Si no respetamos las reglas todo el sistema colapsaría, ¿entiendes? Artículo ciento dos, inciso ochenta y cinco: “Si el tirador guerrero se viera impedido por alguna causa de ejecutar al enemigo que transite la grieta, el 'avistador certificante' podrá tomar su lugar, si la falta por parte del enemigo es de flagrante y manifiesta actitud de provocación fuera de la línea de protección estipulada en los tratados, cuya última reforma fue tratada en el año dos mil setecientos dieciséis”. Ahora, dame el arco y las flechas ya. Calisto, no te lo repetiré.

—Una sola flecha. Es un solo tiro nomás.

—Artículo trescientos siete, inciso veinte: “Si el disparo no diera en el blanco y el enemigo se hubiera dado cuenta del mismo y persiste su actitud de violar la regla de tránsito de la grieta, se procederá a un segundo tiro; y así mientras la situación persistiere”.

—Eres tremendo, dispara, Rupio. Dispara nomás.

Rupio tomó el arco, colocó la flecha. Intentó tensarlo, el brazo que lo sostenía le temblaba. Ochenta libras de resistencia le dificultaban la acción. El punto óptimo de disparo requería de una estabilidad perfecta; él practicaba alguna que otra tarde con un arco más pequeño, de treinta libras, con un blanco a veinte brazos. Pero esto era distinto, el objetivo se hallaba a más de cien brazos. “Voy a disparar”, le dijo a Calisto. Pasaron los quince segundos reglamentarios. En el momento justo que estaba por soltar la flecha, Calisto dijo en voz baja, mirando fijamente el perfil de Rupio: “Está embarazada”. Por una milésima de segundo, Rupio desvió el rabillo del ojo hacia Calisto, y disparó. La flecha salió a una velocidad impresionante, en justa dirección, pero un leve defecto del disparo hizo que el silbar de la saeta fuera más audible. Era un tiro casi perfecto, casi.

La mujer escuchó el zumbido, irguió la cabeza y dio un paso al costado con una agilidad pasmosa. La flecha paso a centímetros de sus prominentes senos. Alzó la mano saludando. Sus carcajadas retumbaban en el acantilado y se propalaban con eco por la grieta interminable. Inmediatamente, mientras Rupio preparaba otro tiro, ella corrió hasta la línea de seguridad demarcatoria de tránsito.

—No dispares, Rupio, está en zona de seguridad.

—Maldita.

—Tranquilo, Rupio, tranquilo, cumpliste con tu deber...

—Es una maldita provocadora, y vos que te negaste a tirar, la hubieras matado...

—Ya está, Rupio. Ya basta, amigo.

¡Ey, eeeeey! ¡Maudines intrenso! ¡Tanis et mopularineros! ¡Tanos seten aerdu mapularineros! Tantis macalinos etus duplo et greatos e prejneius nidonatis set dis dunde dac dalos. ¿Dimeoides et? ¿Dimeoides et?

—¡Escucha, Rupio, escucha! Está hablando en su idioma. ¡Ey, ey, ey! —gritó Calisto, acercándose al límite demarcatorio de su lado, señalándose insistentemente su oído.

¡Unanomius, unanomius! ¡Litarbes, litarbes! ¡Maudines intrenso! ¡Tanis et mopularineros! ¡Tanos seten aerdu mopularineros! ¡Tantis macalinos etus duplo et greatos e prejneius nidonatis set dis dunde dac dalos! ¿Dimeoides et? ¿Dimeoides et? ¡Noy Printesica Miridanci! ¡Unanomius, unanomius! ¡Litarbes, litarbes! —gritó, con una enorme sonrisa en sus labios, la mujer de cabello color del fuego del otro lado de la grieta, mientras unía sus dos manos con sus pulgares y asemejaba el batir de las alas de un pájaro.

Los gritos de la mujer se esparcían rotundos y llegaron claros hasta los oídos de Calisto y Rupio. La mujer alzó los brazos como saludando. Sonreía. Reía con ganas a veces mirando al cielo, dando saltitos.

—¡Está loca! ¡Recontra loca! —farfulló Rupio.

—No, Rupio, no. Nos está enviando un mensaje —dijo Calisto, arrodillándose mientras escribía con su dedo en la arena las palabras de un idioma distinto al suyo que escucho de la boca de esa hembra.

¡Unanomius! —gritó la mujer, observando como Calisto escribía en el suelo.

¡Unanomius! —repitieron Rupio y Calisto en voz baja.

¡Unano... mi... us! —el grito de la mujer fue interrumpido abruptamente. Rupio y Calisto vieron salir del costado del pecho, a la altura del corazón de la desconocida enemiga, una flecha que la atravesó de lado a lado. Cayó de rodillas, con los brazos inermes, extendidos al costado del cuerpo. Levantó la mano izquierda, saludando lento mientras con la derecha se aferró a la flecha llena de sangre. Tiró con fuerza de ella logrando extraerla. Reía, todavía reía. Cayó despacio hacia adelante con un brazo extendido, sus cabellos rojos brillaron como fuego por el reflejo del sol del atardecer.

—¡Préstame el catalejo! —gritó Calisto—. ¡Dámelo te digo! —exigió furioso, arrancándoselo de la mano. Rupio, paralizado y con el rostro desencajado, no atinó siquiera a abrir la boca, sabía que en ese estado Calisto era verdaderamente peligroso.

—¡Mira, Rupio, mira! Tiene un brazalete puesto en el antebrazo con cuatro iniciales claras y símbolos que no alcanzo a divisar... CRDM... ¡Está moviendo su mano! ¡Rupio, está moviendo su mano! ¡No está muerta!

Rupio y Calisto vieron como desde atrás, de donde había quedado tendida la mujer, apareció un hombre con vestimenta militar, con un inmenso arco en la mano. Era un francotirador ambulante. Se acercó agazapado y la agarró de los pelos desde atrás. Calisto comenzó a gritarle obscenidades. El guerrero miró a la mujer por unos segundos, miró nuevamente hacia Calisto, que seguía gritando desaforado. Con violencia, soltó la cabeza de su víctima, la escupió. El imponente hombre se acercó a la línea demarcatoria, se paró justo en ella. Tomó su arco, cargó una flecha muy larga, tensó la madera y se quedó allí como una estatua. Ni un solo movimiento, apuntando hacia donde estaban Rupio y Calisto.

Calisto se sacó la chaqueta y la camisa, dejando su musculoso torso al aire. Se paró delante de la zona de tránsito y comenzó a gritar como un animal enfurecido. El guerrero disparó. Calisto dio un paso al costado, increíblemente tomó la flecha en el aire, se la mostró al guerrero y la partió en su pierna en dos pedazos, que azotó contra el piso. Corrió hasta Rupio, tomó su arco, puso la flecha y tensó la madera con tal velocidad y fuerza que lo hizo rechinar. El guerrero del otro lado, mientras tanto, dio media vuelta y caminó hacia la colina; no tuvo en cuenta la increíble velocidad de preparación de tiro del arquero que lo amenazaba. Calisto disparó. Rupio observaba la acción con su catalejo. “Está en la zona de protección”, le advirtió tarde.

—Le atravesaste el casco y la cabeza de lado a lado, animal. Otro incidente grave. Disparaste al enemigo detrás de la línea, violaste el artículo tercero, inciso primero, que dice...

—¡Cállate, Rupio, cállate! ¡Busca algún artículo de ese código de mierda que me proteja y ya..., maldito burócrata! ¡Dame el catalejo! —tronó—. Mira, esa mujer se está desangrando. Se está desangrando. Fue ejecutada por la espalda, un acto de asquerosa cobardía.

—Es cierto, ese francotirador era un asesino sin códigos, no un guerrero. Nada podemos hacer, escribiré el suceso con suma precisión.

—Por favor, Rupio, transcribe lo que aquí escribí de lo que entendí que decía. Mira la arena...

—No haré eso, soy un maldito burócrata. Escribo lo que debo escribir, no lo que se le ocurre a los malditos justicieros inadaptados sociales como tú. Y toma papiro, anótalo tú mismo, animal. No quiero verte hacerlo ni quiero saber si lo hiciste. Te espero en el campamento de la colina roja. Allí estaré, haz lo que quieras. Quiero descansar. Mañana por la mañana hablaremos tranquilos sobre este incidente, luego decidiré qué escribiré en el informe... Está el artículo quinto, inciso ciento tres, que puede encajar y justificar tu reacción. Vendrás, ¿no es así? Ah, por cierto, apúrate a copiar y devuélveme el lápiz.

—Déjame el catalejo, por favor...

—No puedo.

—Por favor, no lo necesitarás... Estarás escribiendo el informe en el refugio...

—Está bien, Calisto, está bien, te lo dejaré.

—Gracias, amigo, gracias...

—Sí, sí. Dime estúpido burócrata otra vez, y te aplico el artículo setecientos setenta y cinco del código penal de profesionales..., maldita bestia rompe reglas. Deberías pertenecer al otro lado y estar con todos esos energúmenos tiranos, populistas ignorantes, violadores compulsivos de tratados.

Rupio se alejó despacio, mirando de vez en cuando a Calisto, que quedó en cuclillas, con el papiro en la mano, concentrado en transcribir las palabras pronunciadas por la hembra, ahora moribunda, de la otra orilla de la grieta.

“Litarbes... litarbes”, susurraba la mujer herida, desangrándose. “Litarbes...”.

• • • • •

Calisto leyó una y otra vez las palabras copiadas. Susurraba una en especial, la última: litarbes. “¿Qué querrán decir estas palabras? Debo ir hasta ella”, pensó en voz alta. “Debo ir, debo ir..., pero, ¿por dónde? No, no puedo cruzar, no puedo”. Tomó nervioso el catalejo y observó asombrado cómo la mujer tirada en el suelo, con la cabeza apoyada en su brazo extendido hacia adelante, movía su mano como diciéndole ven, ven. La brisa se arremolinaba en los cabellos rojos. Calisto se irguió lentamente, mientras dijo en voz alta: “Debo ir, tengo que llegar hasta allí, debe tener algo en ese morral que porta que la identifique. ¿Por qué tanta desesperación en comunicarse con su enemigo? ¿Por qué fue ejecutada de esa manera? ¿De quién escaparía? ¿Y si bajo por el acantilado y subo por el lado de la bruma?”.

—Ni se te ocurra —escuchó detrás de él—. Te caerás en un pozo interminable que llega a no sé dónde. Los peñascos de la pared de bruma son inestables y frágiles, además, están infestados de alacranes.

—¿Quién eres tú? —preguntó Calisto, girando su cuerpo velozmente mientras llevaba su mano a la empuñadura del cuchillo que colgaba en el costado izquierdo de su cintura.

—Lorenzino Monartico... Y cálmate, nada te haré ni nada diré de lo que pensaste y dijiste en voz alta... te castigarían por ello, si atestiguo ante un certificante, lo sé —dijo el hombre, sentándose en una enorme piedra que le sirvió de descanso.

—Ni yo tampoco pienso hacerle nada, ni nada le discutiré. Sé quién es usted, Lorenzino. Perdón, duque Lorenzino, mejor dicho. Intentar hacerle un leve daño siquiera sería un error gravísimo de mi parte, matarían a toda mi progenie, además de mí...

—Sí, sí —asintió parsimonioso el duque—. Matarían a todos los tuyos sin piedad... sí... nuestro sistema mata a los que transgreden leyes y cuanto más estúpidas las leyes, más castigo se imprime... Somos asesinos furiosos, rectos y ordenados... Tú te llamas Calisto.

—Así es.

—¿De verdad quieres cruzar?

—Sí —contestó firme y en voz baja, mirando hacia todos lados, buscando a los guardias del duque.

—No te preocupes, estoy solo y me iré solo, no levantaré cargos contra ti por tu confesión. Te ayudaré. Escucha. Cruza por aquel promontorio que baja por allí, ¿lo ves?, a unos diez mil brazos, aquel, de reflejos verdirrojos. Es escarpado, pero hay un pequeñísimo tramo donde la contextura de la roca está llena de aristas de las que podrás agarrarte y también apoyar tus pies. Para llegar hasta el fondo, calcula unos cinco mil brazos. Una vez allí, dirígete a la derecha unos doscientos brazos. Tendrás que ir palpando, no veras nada, la oscuridad allí es absoluta. Cuando topes contra una pared, a tu derecha, abajo encontrarás una piedra de textura distinta, muy suave. Córrela, detrás de ella aparecerá un túnel pequeño, algo estrecho, de treinta codos de largo hacia abajo en cuarenta y cinco grados de pendiente, te llevará hasta un pasadizo que te dejará justo allí, en una cueva cerca de la mujer moribunda, al lado de ese árbol —dijo Lorenzino con voz tranquila, señalando hacia el otro lado de la grieta—. Y ahora me voy o mis guardias darán un alerta si no me ven. Eres el hijo del profesor Montealba, ¿no es así, Calisto?

—Sí, soy su hijo.

—Un gran hombre tu padre, un gran hombre y mejor maestro. Un gran historiador, de verdad. Lamenté mucho su muerte, le debo mucho a tu padre, mucho de lo que pienso se basa en sus ideas de la libertad y la comprensión de las reacciones humanas, eran casi perfectas...

—Sí, señor, un gran hombre. Querrá decir su ideal de la libertad, duque.

—¡Ah, sí!, su ideal... Ideales no son lo mismo que ideas, muy cierto, Calisto. Cuando regreses ve a mi casa; si vuelves con la mujer, quítale el brazalete y corta su cabello, los estaré esperando. Si vuelves solo, igualmente tráeme el brazalete. Me contarás lo que te haya dicho, si es que sobrevivió. Si no vuelves, no me extrañaría, correrás un enorme peligro en la grieta. Ahora vete ya, vete antes de que anochezca... Espera, toma, llévate estos guantes, te harán falta. Las piedras son filosas. Esperaré a que te alejes lo suficiente y haré sonar mi cornete para que me ubiquen mis guardias.

—Duque, usted sabía que yo estaría aquí, ¿no es cierto?

—Sí, leí el informe de Rupio sobre movimientos en este cuadrante treinta y uno de la grieta. Decidí seguirlos. El incidente de hoy fue solo una casualidad, si eso te deja más tranquilo. Pero en cierta forma provoqué con mi decisión que tú fueras el que se ocupara de inspeccionar la zona, y que esto haya sucedido... Uno tiene la posibilidad de escribir un porcentaje del destino, según la capacidad de organización, mayor será la incidencia. Eres un gran guerrero, el mejor arquero que se haya conocido en la historia de Ciudad Capital; y un hombre de convicciones fuertes. Sabes lo que está mal en nuestro sistema...

—Sí, y desgraciadamente tenemos más cosas malas que buenas y que, por cierto, deberíamos cambiar.

—Estoy de acuerdo, estoy de acuerdo. Debemos cambiar las cosas, pero para eso debemos torcer el rumbo de nuestras costumbres, no podemos hacer cosas buenas si practicamos cotidianamente cosas malas.

—Y si cada una de esas cosas malas a su vez las castigamos con más y más multas, infracciones, vamos haciendo más perverso al sistema. Bueno, debo irme. No me queda otra cosa más que confiar en usted, duque. Ah, otra cosa, Rupio me está esperando en el refugio de la colina roja y...

—No te preocupes. Pasaré por allí y lo invitaré a mi casa unos días. Dirá en su informe que regresaste a tu hogar, eso te dará unos, digamos, diez días de tiempo para tu propósito. Hay artículos del código de procedimiento que te avalarán. Hay tantas leyes, que si hay un motivo de Estado, hasta es lícito matar en cualquier circunstancia.

—Gracias, duque.

—No me agradezcas nada, hasta verme cuando regreses...

• • • • •

Estaba del otro lado. El corazón de Calisto latía fuertemente a punto de salírsele de la boca. Era de noche. Los brazos le dolían horrores. Sintió desgarros en varios músculos. El reflejo de la luna llena iluminaba la colina. Apreciaba esa claridad gracias a transitar por más de dos horas en completa oscuridad. Miró desde allí hacia su territorio. Se veía muy parecido a aquel lado de la grieta donde ahora estaba parado, aspirando aire fresco para sus pulmones. Las colinas eran más prominentes, pero era la misma tierra, el mismo aroma, las mismas estrellas; y allí estaba ella. Había cambiado de posición, ahora su cuerpo estaba boca arriba. Se acercó lentamente, tratando de hacer algo de ruido arrastrando los pies. Ella giró la cabeza, casi imperceptiblemente, para mirar por el rabillo del ojo hacia donde estaba Calisto. Él se percató de ello. “Está viva —pensó—, está viva”. Se sentó a unos escasos brazos de ella. “¡Eh!, ¿me escuchas? Soy Calisto... Mi nombre es Calisto”, dijo en voz baja, lo más suave y amigable posible. “¡Eh!, escúchame, no sé si me entiendas... ¡Eh!, escucha: ¡litarbes, litarbes!”, repitió Calisto, con más volumen. Ella abrió los ojos lentamente y susurró: “¡Litarbes!”. Calisto se acercó lentamente, hasta estar a un brazo de ella, que extendió su mano, la cual estaba metida dentro de un morral multicolor. Con mucha dificultad tomó con su mano un rollo de papiro pequeño, pero grueso, y una bolsita de cuero. Cuando Calisto tomó su mano, ella abrió el puño lentamente, entregándole esos objetos que él guardó inmediatamente. “¡Litarbes!”, susurró. Él unió sus manos con los pulgares y asemejó un movimiento de alas de pájaro. “¡Litarbes!”, susurró Calisto. “¡Litarbes!”, susurro ella, riendo tímidamente con los ojos llorosos. “Libertad”, dijo él. “¡Libertad! ¡Libiertate!”, repitió ella. “Libertad”, corrigió él. “Litarbes, libertad”, ella señaló con su dedo hacia el norte y pronunció: “Mousulec”. “Miridanci”, dijo señalándose. Volvió a señalarse y dijo: “Miridanci”. Señaló nuevamente hacia el norte. “¡Mousulec! ¡Dinsoni, Dinsoni, Dinsoni!”, repitió tomándose uno de los pechos. “Miridanci litarbes Mousolec. ¡Dinsoni!”, luego señaló su brazalete, tocó cada uno de sus símbolos y en cada uno de ellos señalaba con sus dedos, índice y mayor, sus ojos, especialmente el símbolo del niño, mientras decía: “¡Dinsoni!”. “Litarbes”, susurró luego y, ya con dificultad para respirar, dijo por último: “Miridanci litarbes agratie”, señalando hacia la grieta y haciendo gestos con sus manos, como indicando que la arrojara allí, una y diez veces, hasta que él le hizo el gesto de haberle entendido. Miró fijo esos ojos llenos de verde, Calisto asintió con la cabeza y repitió señalándola y señalando la grieta, luego le dijo: “Tú, agratie”. Ella le respondió afirmativamente con un movimiento de su cabeza. “Te quitaré el brazalete”, le dijo, señalándolo con un ademán. Ella asintió levemente mientras lo miraba de reojo, perdiéndosele la vista. Cerró sus ojos, respiró profundo, esbozó una sonrisa con los labios cerrados y ya no volvió a respirar. Calisto se quedó mirando su rostro pecoso, pequeño y armonioso, de cejas anchas y nariz pequeña. “Murió en paz”, se dijo. Se inclinó y besó su frente. Sintió el perfume de su pelo. “Hasta pronto, Miridanci”, dijo susurrando, con lágrimas de guerrero, de esas sin sonido, como gotas de lluvia resbalando en una roca. Tomó el brazalete. Las letras eran muy similares a las que el usaba en su alfabeto. Leyó claramente: "Printesica Miridanci". Una corona, una flor, un dragón, un símbolo similar a un ocho acostado, un niño y las letras CRDM. Lo guardó en su morral. Sacó la bolsita de cuero que Miridanci le había entregado. La abrió, contenía diez monedas de oro. Las volvió a guardar. Rendido se durmió profundamente, en paz.

Al amanecer se despertó al lado del cuerpo sin vida de la mujer. La alzó en sus brazos. Era liviana como una pluma. Se atrevió a besar su mejilla. Estaba fría. Se asomó a la grieta y sin más preámbulo arrojó el cuerpo inerme hacia la inconmensurable profundidad. Miró su tierra por unos segundos. Respiró profundo, cerró sus ojos, apretando los párpados con fuerza. Dio media vuelta y se dirigió hacia el guerrero muerto. Le quitó el morral de flechas, el arco, una espada, seis cuchillos de lanzar, las botas y la pechera de metal. Luego haló el voluminoso cuerpo por los pies desnudos y lo arrastro rápidamente, sin mayor esfuerzo, hacia el acantilado. Antes de arrojarlo al vacío, lo escupió. Dio media vuelta, caminó unos pasos y se sentó en el suelo pedregoso. Se probó las botas, “perfecto”, dijo. “Ahora hacia el norte”, pensó. “¡Litarbes!”, pronunció, masticando poder.

• • • • •

—¡Regresaste, Calisto, regresaste! Déjenme solo con él, por favor —le dijo el duque a sus guardias.

—Sí, aquí estoy, duque Lorenzino, aquí estoy —le dijo mientras estrechaba su antebrazo con el del duque.

—Dime, ¿la encontraste viva?

—Sí, duque, estaba agonizando, pude asistirla en sus últimos minutos, luego murió.

—¿Quién era ella?

—Una revolucionaria muy importante en su pueblo, perseguida por las autoridades. Una mujer valiente, duque, muy valiente...

—¿Trajiste su brazalete?

—Sí, duque, aquí está —Calisto metió la mano en su morral y sacó el brazalete de Miridanci. Cuando Lorenzino intentó tomarlo, Calisto lo atrajo hacia sí.

—Calisto, muéstrame el brazalete, por favor —dijo el duque cortés y suplicante.

—¿No le interesa saber más de esa mujer, duque?

—No digo que no me interesa, pero creo que si veo el brazalete podré responderte más preguntas. Veo tus ojos llenos de preguntas...

—Antes contésteme, Lorenzino.

—Por supuesto, pregúntame, anda, para eso estamos aquí.

—Claro... Dígame, duque, hace muchísimos años que estamos divididos por la grieta con el pueblo del otro lado...
—Cierto, muchísimos años, muchísimos siglos.

—Éramos un mismo pueblo con los del otro lado de la grieta —afirmó Calisto.

—¿Cómo dices? —su rostro reveló un gesto de sorpresa y a la vez miedo.

—Estuve en Mousulec. Recorrí sus calles, vi su gente, son como nosotros, duque. Sufren las mismas necesidades. Además —Calisto guardó silencio, mirando hacia el piso con los ojos fijos, sin pestañear.

—¿Además qué? ¡Calisto, vamos ya, y déjate de misterios!

— Leí el papiro, duque.

—¿El papiro? ¿Dices un papiro? ¿Cuál papiro? ¿Qué papiro? ¿De qué color es ese papiro?

—Rojo, rojo sangre.

—¿En qué idioma fue escrito?

—En el nuestro, en forma de romance... no sabía que usted era poeta, duque.

—No entiendo cómo llegó a tus manos, es imposible..., es... ¡No puede ser posible!

—La princesa Miridanci me lo entregó.

—Eso sí que no puedo creértelo. ¿Te estás burlando de mí? La princesa Miridanci murió asesinada, envenenada hace más de veinte años, ¡imposible! —dijo ofuscado, mientras intentó pararse. Calisto se puso a su lado, extrajo el cuchillo y apoyó la filosa punta en el vientre del atribulado duque.

—No se mueva, duque. No se mueva, o lo asesino aquí mismo. Aquí tiene, mire el brazalete —Lorenzino tomó el brazalete con mano temblorosa, lo observó con detenimiento. Las lágrimas comenzaron a recorrer su mejilla—. Baja el cuchillo, Calisto, baja el cuchillo —pidió con voz triste—. No te hace falta conmigo. Quiero mostrarte algo.

—Está bien, duque. Muéstreme. Pero mantendré el cuchillo en mi mano y cerca de usted.

—Como quieras. Acompáñame hasta mi escritorio, ven, mira.

El duque abrió un cofre oculto debajo de una escultura. Sacó un brazalete de oro con incrustaciones de piedras preciosas. Mismo nombre, mismos símbolos.

—Printesica Miridanci —susurró el duque. Mí amada princesa...

—Una corona. Un reino —dijo Calisto—. Éramos un solo reino.

—Así es, un solo reino..., una flor, símbolo de la belleza.

—Un dragón, el poder de la imaginación, el ser mítico, ¿no es así?

—Sí, Calisto. El poder de la imaginación.

—¿Un ocho acostado, o dos círculos pegados?

—El símbolo del infinito.

—¡Ah!, falta algo allí, duque. Falta un símbolo.

—Es cierto, falta el niño que está en el que tú trajiste —dijo el duque con voz quebrada, cerrando los ojos—. Un niño —repitió y, como derrumbándose, se sentó en una gran silla—. Ese era el niño, mi princesita, esa mujer moribunda era mi princesita, ¿no es así? Era mi niña...

—Lo siento, duque. Lo siento, era su niña. Ahora dígame, duque, las iniciales... tampoco están en el brazalete suyo.

—Ah, sí, las iniciales, me imagino que ya sabrás qué significan.

—Sospecho. Vi una firma en el papiro. En su papiro —remarcó Calisto—, escrito en el idioma del otro lado: Comanterase Relucocinari, Dequicu Monarticu.

—Que quiere decir... A ver, dímelo, Calisto.

—Comandante de la Revolución, Duque Monartico. Ce, erre, de, eme. Dígame, duque, ¿realmente usted no sabía que la princesa esperaba una hija?

—Nunca lo supe, nunca. Todos mis hombres fueron ejecutados y los aliados del otro lado fueron decapitados uno a uno, todos. Yo fui encarcelado durante más de dos años. Cuando logré escapar, supe que mi amada había sido envenenada. Nos traicionaron los fundamentalistas. Ellos tenían pensado recrear un sistema no muy distinto al imperante en este lado de la grieta, pero basado en otra forma productiva, donde el Estado fuera el ojo que todo lo mirara, todo lo supiera y todo lo controlara. Una minoría selecta nacida de una mayoría popular que se autorreferenció como los hijos del pueblo; más o menos, como aquí, los hijos de la nobleza. Nos usaron para destronar a sus propios nobles. Crearon una contrarrevolución, copiaron nuestras ideas y nuestras consignas y las aplicaron formando otra nefasta casta, tan o quizás más cínica que la nuestra. Diría más, ellos, supuestamente, eran como los del pueblo, sus iguales. Nosotros nunca nos adjetivamos eso, decimos que no somos iguales, pero los amamos; somos sus guías. Supongo que provenir del pueblo requiere de más sensibilidad hacia los propios, dos formas de ser farsantes, pero me quedo con la nuestra, es levemente más sincera.

—Eso no fue escrito en los libros de nuestra historia.

—Por supuesto que no, y de eso se ocupó tu padre, él relató otra historia donde recreó una casi fantástica reseña sobre la misteriosa desaparición de doscientos nobles que intentaron cruzar la grieta.

—Donde solo usted se salvó...

—Donde solo yo me condené a vivir arrastrando las cadenas invisibles de la culpa por la derrota.

Calisto escuchó absorto como el duque le revelaba algo que jamás habría pensado de su propio padre: que mintiera tan brutalmente para ocultar la verdad sobre la muerte de aquellos hombres, recreando un relato para que el pueblo los venerara.

—No es momento para pensar en mi padre ahora —dijo Calisto, evidentemente perturbado, colorado como un tomate por la vergüenza—. Eso lo alentó a no andar con preámbulos sentimentales, duque. No murieron todos los involucrados en esa revolución. Faltó una persona, la más insignificante...

—¿Y qué sabes tú? ¡Perdón, cierto que estuviste allí! ¿Quién? ¡Por favor, dime a quién te refieres.

—A su sirvienta muda: Dinsoni.

—¡Dinsoni! Ella no era una sirvienta ni era muda, era la hermana de Miridanci.

—No lo sé, duque, eso que me cuenta no supo, no pudo o no quiso explicármelo ella. No lo sé. Solo sé que crio a su hija, Nilita Miridanci, y por lo que me mostró respecto a su mudez, su lengua fue cortada.

—¡Santo cielo! Nilita, por todos los dioses, Nilita, qué bello nombre...

—Hay algo mucho más importante, duque.

—¿Más importante que mi propia hija muerta?

—Dinsoni cuidó también a su nieto, Pínteros, que está vivo. Nilita tuvo un hijo en la clandestinidad, de un joven revolucionario, Naunios Abertinego, apodado “el Osado niño”, que, por cierto, tras su asesinato se convirtió en el líder espiritual de ese pueblo.

—Un nieto. Un nieto vivo. ¡Pínteros! Se llama como mi abuelo... ¡Pínteros! ¿Y cuántos años tiene? Debe ser un niño. Si no calculo mal, entonces mi hija del alma murió de veinte años.

—Tres años. Tiene tres años, y lo traje conmigo. Está aquí, en Ciudad Central.

El Duque quedó petrificado, mirando con ojos desorbitados por la sorpresa al escuchar incrédulo semejante noticia. Su propio nieto, en su territorio.

—¡Calisto, por todos los cielos! ¿Has traído a ese niño a través de la grieta? ¿Pero qué locura es esta? ¡Eso que hiciste fue andar con la misma muerte! Incluso pensé que no era posible que tú sobrevivieras en ese territorio y mucho menos que fueras y vinieras solo por ese pasaje terrible. ¡Y cargando a un niño, nada menos!

—Dinsoni me dijo que estaban ya sobre sus pasos, que ese pequeño estaba condenado a muerte y que era inminente el desenlace fatal. El pueblo murmuraba que existía un hijo de “el Osado niño” y el servicio secreto de ese lugar es implacable, me imploró que debía traerlo ante usted, duque, y así lo hice. Por cierto, debo decirle que es muy especial esa criatura. Muy especial, ni un llanto, ni un solo quejido. Al contrario, en la oscuridad de la grieta me acariciaba la cabeza para que me calmara; lo traje atado en mi espalda y...

—¡Calisto, perdóname que te interrumpa! ¿Dónde está ese niño, por el amor del cielo?

—Duque, antes de traerlo, debe darme su palabra.

—¿Mi palabra? ¿De qué hablas, que quieres de mi palabra?

—Que comencemos nuevamente la revolución, la unión de la grieta, el fin de la división, que se termine esta locura de mentiras, pobreza, fantasmas, monstruos inexistentes, campañas de miedo y difamación, especuladores con falta de escrúpulos, arrastrados y zánganos. Al final, somos lo mismo que la civilización muerta. Destruida por la avaricia, la opulencia y la corrupción de la conciencia. Al final, terminaremos siendo la misma mierda, pero sin armas de fuego, duque.

—Tráeme al niño.

—No sin antes...

—¡Tráeme al niño, te digo! —requirió imperativamente el duque—. Debemos prepararnos, esto que tú llamas revolución tardará algunos años...

—Dígale a sus guardias que regresaré y entraré a su hogar con un niño mañana por la mañana, a las ocho en punto. ¡Ah!, y más vale que prepare un buen desayuno, es capaz de comerse un caballo, como usted, por lo que veo de su panza —la sonrisa de Calisto competía con la alegría y la pasión reflejadas en sus ojos.

• • • • •

—¡Eh, Pínteros! Dile al duque el mensaje que me gritó tu madre del otro lado de la grieta el día del... ¿Cómo es que lo llamaste, Rupio?

—“Incidente de la mujer gritona”.

—Ese, recítalo, Pínteros, por favor, te lo pido —le rogó Calisto al joven, mientras cortaba una manzana con su enorme cuchillo.

—¡Ah, sí! ¡Escucha! Te lo diré en los dos idiomas, abuelo. ¡Escucha! —dijo Pínteros, con una sonrisa, mientras de un ágil salto se paró en la gran mesa de roble.

¡Unanomius, unanomius! ¡Litarbes, litarbes! ¡Maudines intrenso! ¡Tanis et mopularineros! ¡Tanos seten aerdu! ¡Mapularineros! ¡Tantis macalinos etus duplo et greatos e prejneius nidonatis set dis dunde dac dalos! ¿Dimeoides et? ¿Dimeoides et? ¡Noy Printesica Miridanci! ¡Unanomius, unanomius! ¡Unámonos, unámonos! ¡Están manipulando todo este inútil enfrentamiento! ¡Somos manipulados! ¡Pergeñados por las castas dominantes de cada uno de los lados! ¿Me escuchan ustedes? ¿Me escuchan ustedes? ¡Soy Pínteros, hijo de Abertinego y Miridanci, nieto del comandante revolucionario, duque Monartico! ¡Unámonos, unámonos! ¡Luchemos por nuestra Libertad! ¡Libertad!

—¿Eso último lo agregaste tú, Pínteros? ¿Tú agregaste esa arenga, jovencito?

—Sí, abuelo.

—Tremendo. Calisto, creo que comenzó la revolución antes de lo que yo esperaba.

Escribir un comentario

Este es un espacio de participación de los usuarios. Un espacio para las ideas y el debate, no para fomentar el odio, el desprecio, la violencia o la discriminación de cualquier tipo.
Los comentarios aquí registrados pertenecen a los usuarios y no reflejan la opinión de Palmiguía. Nos reservamos el derecho de eliminar aquellos comentarios que se consideren impertinentes.

Código de seguridad
Refescar