Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Tribuna de opinión

Escuché llegar a Mañanita. Sus cascos sonaron en el suelo pedregoso, como campanadas celestiales, todas para mí. Se paró a mi lado. Y allí estaba yo, tirado en el piso, intentando agarrar mi muleta.


—¿Qué me miras con esa cara de mono estúpido? ¿En qué estás pensando, mirándome así?

—Nada, Niseti. Nada, sólo te miro, nada más.

—Me quieres matar, quisieras que me muera, ¿no es así? Porque me tienes miedo.

—No te temo, Niseti. No te tengo miedo. No sabes lo que pienso, ni te lo diría. Sabes que puedes golpearme para que hable y no lo haré.

—Bueno, ¡basta, no me mires! ¡Agacha la cabeza!

—Sí..., sí...

—Así me gusta, obediente. No quiero que me mires a los ojos de por vida. Cada vez que lo hagas te daré una paliza. ¿Me escuchaste, basura?

—Sí, Niseti, te escuché. Te escuché. No te miraré. Igual te aprecio, eres el único que me presta atención.

—A partir de este momento ya no podrás mirarme. ¡límpiame las botas y prepárame la cama!, ya es tarde. Mañana te levantarás antes del amanecer. Irás al corral y limpiarás toda la bosta de los caballos, luego les darás agua y alfalfa. Irás solo, ¿entendiste?, ¡solo!

—Está bien, Niseti, pero ten en cuenta que me costará limpiar el corral, con mis muletas se me hace difícil andar entre los caballos, ellos se asustan cuando me ven con estos palos bajo los brazos.

—Paralítico de mierda, todos los internados irán a asistir a las tropas que acamparán cerca de aquí y yo debo pelar doscientos kilos de papas, ¡doscientos kilos! No me importan tus muletas ni el miedo de los caballos. Harás lo que te digo o, de lo contrario, te arrojaré por el acantilado. Nadie preguntará por ti, Logan, así que les limpiarás toda la bosta y les darás de comer a los caballos ¿Entendiste?

—Sí, Niseti, te entendí... Pero yo puedo pelar las papas, estaría sentado...

—Me voy ahora, Logan, está decidido, tú iras al corral. Debes ir tú, maldito, tú.

—Niseti...

—¿Qué?

—¿Por qué me odias tanto?

—No te odio, sólo quiero que te mueras por paralítico. Hueles a mierda y estás siempre sucio y cagado. ¿Odiarte? No, ni siquiera siento eso por ti. Te desprecio, que es distinto, como se desprecia a la basura. Ni siquiera espero tu muerte. Porque ya estás muerto, sólo hablas y limpias, estás muerto. Y hazme caso, termina de morirte por tus propias manos, es lo mejor que puedes hacer por ti. Te enterraré, Logan, no te preocupes, no soy tan malo. Ah, en la cocina de los establos tienes ración para tres días y debajo del camastro hay ropa de abrigo. Cuando vaya a buscarte, más vale que hayas concluido tu trabajo.

—Gracias, Niseti, gracias. ¡Niseti, escúchame!

—¡Qué quieres ahora, mierda!

—¿Te duele mucho la joroba hoy?

—¡Qué te importa, mierda!

“Cien caballos hay en ese establo, cien hermosos caballos, todos ellos hermosos caballos: limpios, sanos, bien comidos. No sé cómo llegaré hasta allí. Pobre Niseti, él y su joroba, más grande que su cabeza.... El camino de la colina es tan empinado para mí, ¡y yo con estas piernas inservibles! Tendré que pasar por el desfiladero, siempre le tuve miedo al desfiladero, es imposible pasarlo en muletas. La vez que fui al establo, el viejo Mullan me subió a su mula y me dijo: 'Iremos por el desfiladero'. Recuerdo que cerré los ojos del miedo, al ver tan cerca el precipicio, sólo los abrí para mirar las orejas de la mula Mañanita, que de vez en cuando me miraba de reojo. ¿Por qué no tenía miedo Mañanita?”.

—¿Por qué ir por el desfiladero, Mullan? Mañanita podría llevarme por el camino de la colina.

—¿Sabes cómo llamar a Mañanita para que venga a ti? –me preguntó Mullan.

—¡No! —le dije riendo—. ¿Cómo saberlo?

—Pues muy fácil, di Mañanita en voz alta.

—Pero, ¿por qué me haría caso, Mullan, si apenas me vio esta vez?

—¡Cállate, Logan! —me pidió—. ¡Cállate! Sólo llámala cuando la necesites, algún día de estos deberás cruzar este desfiladero solo, y solo no podrás. Mañanita podrá cruzarte. Mañanita sabrá qué hacer contigo, Logan...

• • • • •

No sé cuántos años tendrá Mullan. Cuando llegué al orfanato, antes de comenzar la gran guerra, fue él quien me alzó para bajarme del carruaje, “un paralítico”, dijo. “Pobre niño”, sentenció. “Mira como está, parece comida para cerdos. ¿Y cuántos años tiene?”, le preguntó al monje. “Aquí en la lista dice paralítico, sin memoria, seis años”, respondió el monje. Fue la primera vez que supe mi edad desde que me desperté sin recordar nada en un campamento sanitario militar. Me aferré a sus tremendos hombros por miedo a que me soltara. El miedo, siempre el miedo a no poder agarrarme.

Lo miré fijo a los ojos en ese instante, unos ojos grandes como plato, rodeados de arrugas profundas como tajos, de un marrón de tierra seca sus pupilas, debajo de cejas muy anchas y pelirrojas que surcaban una frente enorme, con un descomunal tajo que la atravesaba de lado a lado y bajaba por su sien hasta su mejilla. Él me miró también, pestañeando lento, como diciéndome tranquilo, tranquilo, niño, no te arrojaré. “Es una pluma”, dijo Mullan. “Necesita muletas”, dijo el monje. “Le haré un par a su medida”, dijo Mullan. Ya era viejo Mullan.

• • • • •

Y allí estaba yo, decidido a cruzar el desfiladero. Sólo eran quinientos metros para ir hasta el gran establo y los corrales, sólo quinientos metros. Por el camino empinado eran cinco kilómetros de hermoso y amplio sendero arbolado de álamos y aromos, rodeado de un paisaje inigualable de campiña en otoño. Pero era un camino solo para gente que caminaba. Como todos los caminos. Miré hacia el desfiladero: oscuro y gris, siempre como nublado. “Este es un camino para gente que vuela —me dije—, y yo tampoco vuelo. No quiero morir”. Me senté como pude en una roca. Dejé mis muletas al costado, apoyadas en la pared del comienzo del desfiladero. Una se cayó al suelo y se deslizó por el declive hasta muy cerca del precipicio. Me quedé mirando fijo a esa muleta, como intentando atraerla con la vista. Fue inútil. “Deberé arrastrarme para llegar a ella; arrastrándome, como siempre”, pensé acomplejado. “Arrastrándome”, repetí con tristeza de mí mismo.

Amanecía, el sol salía a mi espalda, vi mi sombra proyectarse en la pared. Era más grande y más limpia que yo, mi sombra. Giré mi cuerpo hacia el amanecer. Nada más hermoso que el sol del otoño. “Mañanita”, pensé. “¡Mañanita!”, grité tres veces. “¡Mañanita, Mañanita! ¡Mañanita!”, ese último “Mañanita” fue con desesperación, llorando. Cerré los ojos, me quedé quieto un instante, con mis oídos atentos. “No vendrá —pensé—. No vendrá”. Me deslicé por la roca hasta llegar al suelo para agarrar la muleta. “¿Y si me tiro por el precipicio? ¿Si hago lo que me pidió el jorobado?”, pensé fugazmente.

Escuché llegar a Mañanita. Sus cascos sonaron en el suelo pedregoso, como campanadas celestiales, todas para mí. Se paró a mi lado. Y allí estaba yo, tirado en el piso, intentando agarrar mi muleta, con una mula defecando a pocos pasos de mí. Pude alcanzar la muleta caída, Mañanita acercó su cabeza, en la que tenía puesto un cabestro a mi mano, me agarré fuerte de él, y Mañanita se alzó despacio. Agarrado a ella y con mi muleta bajo mi sobaco, pude alcanzar la otra fácilmente. Mañanita me miraba de vez en cuando con el ojo izquierdo. Ahora había comenzado a orinar, formó un gran charco de orín que, por el declive del desfiladero, pasó por mis pies una correntada de pis que se precipitó como cascada por el acantilado. Calculo que esa mula orinó más de tres minutos seguidos. “¿Y cómo me subo a ella sin dejar mis muletas?”, me pregunté afligido. Me colgué a su crin, que agarré con una sola mano. Mi brazo, terriblemente fuerte, permitió mantenerme erguido, puse las dos muletas colgando de mi otro brazo, con el cual, a su vez con un esfuerzo brutal, logré con ambos, y mis manos como tenazas, volcarme de panza en el lomo de Mañanita. Juro que creí que lo hacía sobre una estatua, por tan quieta que se había quedado esa mula. Haciendo equilibrio, giré noventa grados sobre el lomo, logré que mis piernas cayeran como las de un muñeco a los costados del animal y mis ojos divisaran las orejas grandes y erguidas de Mañanita, echadas para atrás, para escuchar con más claridad mis bufidos, puteadas y lamentos. “No tiene riendas”, me dije apesadumbrado. Con mis muletas colgando como canastas en mi antebrazo y sin poder talonear al animal por la inmovilidad de mis piernas, le pegué unas palmaditas suaves en el cuello, diciéndole: “Vamos, Mañanita, llévame hasta el establo nomás”. Y se movió mansa, adentrándose en el desfiladero. El movimiento del lomo del animal era rítmico y acompasado, haciendo que mis caderas se movieran de un lado a otro. Me quedé dormido.

Desperté. Mi cabeza estaba apoyada en el cuello de Mañanita. Sentí su olor a sudor equino que emanaba de su pelaje húmedo, que mojaba el perfil de mi rostro. “¿Dónde estoy?”, pregunté en voz alta. La oscuridad era casi total. Miré hacia atrás. Sólo se veía un leve reflejo de luz que chocaba contra la pared de lo que, al parecer, era una gruta, una cueva, una caverna. Mullan me dijo que le preguntara a Mañanita. “¿Qué debo preguntarte, Mañanita?”, dije, riéndome de mí. Casi no veía la cabeza del animal, sí el brillo de su ojo cuando miró hacia atrás. “¿Qué debo preguntarte? Bueno, ahí va: ¿dónde estamos, Mañanita?”. Nada. “¿Por qué me trajiste aquí?”. Nada, Mañanita no hacía ni decía nada. Miré hacia adelante, estaba todo muy oscuro. “¡Vamos!”, mientras tiraba de sus crines hacia atrás, intentando regresar hacia la luz. Nada. Estaba ahí, estática como mula que era. Se me ocurrió decirle: “Bueno, a ver... ¡Vamos, vamos!, ¡arre!”, mientras le daba palmaditas en el cuello. Mañanita se movió hacia adelante. Comenzó a caminar, adentrándonos en la oscuridad más profunda, de esas oscuridades que se ven. Extraño, no sentía miedo. Sólo escuchaba los cascos de mañanita sonar contra el suelo rocoso de la cueva, que rompían un silencio perfecto. “¿Falta mucho, Mañanita?”, pregunté en voz alta, entre risas. Sentí un aroma dulzón, y me dormí otra vez, ya no me importaba ni donde estaba ni hacia donde iba.

Desperté sobre el lomo de Mañanita nuevamente. Escuché el ruido de una corriente de agua. Vi apenas el reflejo de pequeñísimos destellos de luz. Mañanita hizo un movimiento de patas hacia atrás y hacia adelante. “¿Debo bajarme, Mañanita?”, otra vez se movió hacia atrás y hacia adelante. Tres veces le pregunté, tres veces se movió hacía atrás y hacia adelante. Así estuve al menos una hora, calculé. “Creo que debo bajarme, sí”. Me sujeté con una mano en la crin de Mañanita, con la otra sostuve una de las muletas que intenté apoyar en el suelo. Una corriente de agua empujaba la parte de la muleta que se había sumergido. Mañanita se movió nuevamente. Esta vez con más insistencia y resoplando. Sin pensarlo, cerré los ojos y me dejé caer en el agua, aferrándome, eso sí, a mis dos muletas. Caí despacio, deslizándome en el lomo de la bestia. Sentí el agua debajo de mi pecho, lugar de mi cuerpo que sí tenía sensibilidad, del pecho hacia arriba. Sentí que flotaba, mis muletas apenas tocaban el fondo. Mi vista, acostumbrada ya a la oscuridad, percibió la silueta de Mañanita, que lentamente comenzó a moverse hacia atrás, alejándose de a poco, despacio, muy despacio, hasta que se perdió en la oscuridad. Sólo escuché sus patas moviéndose dentro del agua a paso lento, muy lento. Hasta que no la escuché más. Ni siquiera la llamé, era como si yo supiera que debía ser así, que estaba todo organizado para que fuera así. Sólo atiné a decirle en voz baja: “¿Te vas, Mañanita? Como quieras, aquí quedo yo y mi miedo”.

Me moví hacia donde creí que había una orilla. El ruido de la leve corriente de agua era más audible hacia ese lugar y los destellos más visibles, que ahora eran más azules. El agua estaba casi tibia, era agradable. Como sospeché, había una orilla. Me apoyé en ella, los destellos azules provenían de unas piedras redondeadas, perfectamente alineadas como a manera de pared. Eran bellísimas. Tanteé y noté que había una especie de sendero al costado del curso del agua. Dejé mis muletas apoyadas allí. Llevaba puesto un sacón de tela arpillera, una camisa y unos pantalones de cuero. Decidí desnudarme. Hice un montoncito de ropa que acomodé encima de las muletas. Comencé a restregarme con mis manos todo el cuerpo con fuerza. Sumergía mi cabeza y con las manos fregaba mi cabeza rapada, como la de todos los internados del hospicio. Jamás me sentí tan limpio. Una sensación de alivio llegó a mi alma al no sentir el olor inmundo de mi cuerpo impedido. Por un momento experimenté una inmensa alegría como nunca había podido tener. A medida que pasaba el tiempo, mi vista se acostumbró más y más a esa densa penumbra, que poco a poco se me reveló como un anochecer de luna de cuarto menguante y me permitía ver los inmensos paredones de la cueva que se perdían en la altura. “Hermosa muerte tendré”, me dije. “Moriré flotando, rodeado de destellos azules”. Y bebí de esa agua hasta hartarme. Tenía un gusto imperceptible a cítrico, levemente dulzón. Oriné y defequé allí con cierta vergüenza de ensuciar tan puro elemento.

No sé cuanto tiempo estuve allí como un bagre en una gran pecera. Me animé a nadar de aquí para allá ya que podía flotar sin esfuerzo como un corcho. En algunas partes, el agua estaba más caliente y allí se flotaba con más facilidad aún. Creo que pasaron muchas horas, incluso días. Bebía y bebía como si fuera un banquete. Sentí que mi estómago reaccionaba, como si lo que ingería fuera una fiesta de nutrientes. Cada vez me sentía más y más fuerte.

Al cabo de no sé cuanto tiempo de recorrer un área de cien brazadas, decidí nadar hacia el fondo más oscuro de la caverna. Me sentía muy fuerte y seguro de mis acciones. A veces me sumergía por lapsos espaciados. Me olvidé de mis muletas y mi ropa. Nadé y nadé. Creo que hasta dormí nadando, no sé, pero sentí esa sensación. En un punto el agua comenzó a estar más fría. No me importó, seguí y seguí nadando, con más y más fuerza. “Moriré congelado”, comencé a pensar, riéndome a carcajadas por ello. “Mas no me importa”, me respondí. “¡No me importa morir aquí!”, grité enloquecido. Jamás había escuchado mi voz de esa manera. Era casi un rugido bestial. Seguí nadando hasta quedar desfallecido. Alcancé a divisar una bifurcación en la caverna. “Cerraré los ojos ahora y me dormiré aquí, congelándome”, me dije. “Que el destino me lleve por cualquiera de esos dos caminos que veo allí y que me despierte Dios o el diablo si quieren”. Sentí que la corriente ahora era más potente. Cerré los ojos, me puse boca arriba. Me dormí profundamente, frío como un muerto. Muerto... estaba muerto.

En el camino de mi muerte recordé el fatídico accidente que me condenó a estar paralítico e impedido. Vi la mano de mi madre extendida, tratando de alcanzarme. Vi a mi madre caer hacia atrás mientras me miraba horrorizada. Vi a mi madre estrellarse contra las rocas, vi como a mi madre la arrastró hacia el mar una ola gigante de la marea, entre espuma blanca, cabello negro y sangre. Vi el carruaje volcado, uno de los caballos tirado en el camino, con las patas quebradas, sacudiendo su cabeza contra el piso y el otro corcel tratando de zafarse del yugo que lo sujetaba al que estaba tirado. Vi el brazo sangrando de mi padre aplastado por el coche. Y no vi más nada.

• • • • •

Sentí que me arrastraban por las piedras, abrí los ojos de a poco. Creo que tosí litros de agua. Sentía frío. “¿Las patas de Mañanita?”, me pregunté. “Me pregunto”, dije. “Si me pregunto, estoy vivo”, deduje. Erguí la cabeza. Mullan tiraba de mi pie como si estuviera arrastrando una bolsa. “¡Mira que limpio estás!”, dijo riendo. “Hasta cabellera tienes, ¡anda!”, me dijo, mientras me sacudía como a una rama. “Despierta de una buena vez. Quédate aquí, no te asustes”. Vi como sacó de una alforja que colgaba de Mañanita un paquete que parecía ser ropa. “¡Anda, ponte esto que hace frío!”, me dijo, mientras me arrojaba prendas limpias. Siguió sacando cosas de la alforja: una bufanda, una gorra y... un par de rudos borceguíes...

De mis cuentos con miedo.

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