Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Tribuna de opinión

Lo que aconsejo a los desesperanzados votantes de Peñalosa, que ven en estos días atravesar un calvario a su gran líder (adjetivo que mido en centímetros y no en calidad de buenas ideas), es que recen, oren o mediten.


Los recientes titulares de algunos de los diarios nacionales al pendiente del falso doctorado del alcalde de la ciudad de Bogotá, más que diagnóstico, resulta ser síntoma de dos cosas: la primera, que se trata de medios que imitan el estilo de la hydra, ese extraño ser mitológico, al que privándole de una de sus cabezas, es decir, de una noticia anterior, le crecen dos más, las cuales, al juntarlas, no logran pensar siquiera por una. Y lo segundo, que el verdadero panorama noticioso es tan amplio y la voluntad por retratarlo ninguna, que se peca por inacción y olvido gravemente.

Para tratar de comprender las razones por las que un hecho ordinario, inclusive banal, acapara hoy los titulares de esa mayoría que aglomera a ciertos medios de comunicación (pues novedoso no es que la gente afirme ser aquello que en verdad no es, o decir que hará aquello que no hace), debiéramos cuestionarnos sobre la real importancia que tiene, en el ejercicio de la función pública, la tenencia de un título de doctorado.

Partamos de una simple base. En este país, la misma lógica que nos impide negar la fuerza de gravedad nos dicta que decirle “doctor” a cualquiera que se nos cruce en el camino es el “acto reflejo” social más natural que se ejercita por mera cordialidad, deferencia, estima o simple broma. En cambio, el verdadero doctor suele, no sin ciertas excepciones, pedir que no le llamen así, pues su madurez académica le ha enseñado con el tiempo el sagrado mandamiento no escrito de “no presumirás con tu santo nombre en vano”.

Ahora sí, con genuina sinceridad, preguntemos: ¿tiene algún efecto en el acto de gobernar la tenencia de un título de doctorado, en lo que sea que haya sido este cursado? La experiencia, sin vacilación alguna, nos ofrece la respuesta. Tan pobre fue, por ejemplo, el gobierno del exalcalde Luis Eduardo Garzón, conocido como el “alcalde embolador”, como lo fue el de Gustavo Petro, que hizo del balcón del Palacio de Liévano su sede de gobierno y de la persecución política su más brillante lema.

Entre ambos hay un pregrado, una especialización y el inicio de un doctorado de por medio, ¿ven ahora sí, que no hay diferencia alguna?

Ahora, si la promesa de un título de doctorado fue el “móvil’, el “pretexto”, la razón políticamente fundada por la cual los votantes depositaron su confianza en el actual alcalde de la capital, además de saludarlos con un sentido pésame por el desperdicio de su voto, les sugiero que en una próxima oportunidad mediten sobre el ejercicio de aquel poderoso derecho, pues acudir a las urnas no es un asunto deportivo (o quizá sí lo sea y por eso tantos políticos nos tomen en juego).

Para ver más de cerca este asunto y para cambiar la cara de la moneda, para que no haya motivo que haga creer al lector, ni por un momento siquiera, que esta nota constituye una especie de oculta defensa al peñalosismo (forma de pensar que advierto muy uribista, al estilo “si no es conmigo, es en mi contra”); veamos qué tan bien han actuado en el ejercicio de su gobierno quienes no poseen el título de doctorado. Asumiendo por “bueno” el real y total cumplimiento del programa de gobierno prometido en campaña electoral. De nuevo, la experiencia esta vez resulta diciente, justamente, porque no tiene nada que decir.

Si de lo que se trata es de emprender toda una compleja campaña de desprestigio en contra del actual alcalde de la fría sabana, habrán involuntariamente los medios de (in)comunicación de perpetuar el lema que se apoderó de la alcaldía en tiempos de Gustavo Petro (similar al del uribismo, ¿apenas una coincidencia?), de que no es más que una muy sucia campaña de la oposición para devaluar esa cada vez más lejana “Bogotá para todos”.

Lo que aconsejo a los desesperanzados votantes de Peñalosa, que ven en estos días atravesar un calvario a su gran líder (adjetivo que mido en centímetros y no en calidad de buenas ideas), es que recen, oren o mediten. Que pidan al altísimo (no Peñalosa, sino aquel gran arquitecto en que ustedes mismos crean) que la muerta fama, de su hoy electo dirigente, resucite.

La misa de réquiem es conocida, al menos si no por lograr tal efecto, sí por unir al colectivo que cree sin necesidad de ver, y separarlos de aquellos que, por su parte, se inclinan por la duda.

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