Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Tribuna de opinión

Según el más reciente estudio en materia de salud mental y el último publicado por Médicos Sin Fronteras, son escasos los estudios acerca de la prevalencia de síntomas, casos y trastornos mentales que padecen quienes han sufrido, por ejemplo, eventos de desplazamiento forzado.


La paz siempre es mejor que la guerra, sostenía el presidente Santos en la entrega formal al Congreso de la República, del Acuerdo General firmado en La Habana con las FARC este miércoles pasado.

Estamos de acuerdo, la paz es siempre mejor aunque la pregunta hasta ahora en estos cuatro años de negociaciones no ha debido ser si la ansiamos o no, ¿pues qué ser humano, con un ápice de cordura en la cabeza, disfruta vivir en un escenario intranquilo, de zozobra, de miedo, de angustia, temor y violencia?; ha debido ser, en cambio, si estamos o no de acuerdo en los términos en que el cese al conflicto armado ha sido negociado con el que ahora es el grupo exguerrillero FARC. Dos cosas sobradamente distintas.

Esta última será la pregunta que todos deberemos formularnos al acudir a las urnas por el o por el no el próximo 2 de octubre, fecha anunciada para la realización del plebiscito.

Que se trata de un Acuerdo que, en comparación con los que le anteceden en nuestro país, ha abordado temas estructurales en la aparición, transformación y durabilidad del conflicto armado interno, sí. Que ha sido negociado bajo el acompañamiento de expertos nacionales e internacionales para cumplir con estándares de justicia, verdad y reparación que obligan a Colombia bien por efecto de su propia legislación y tratados internacionales, sí. Que es el mejor logrado hasta ahora en la historia del país, no lo sabemos, sólo el tiempo nos dirá que sí —o no.

En esta breve lista de “síes”, también vienen los “noes” relacionados, en especial, con las expectativas que genera la implementación del Acuerdo General suscrito el día de ayer.

No se tiene conocimiento todavía de quiénes serán los jueces que habrán de administrar justicia en la Jurisdicción Especial para la Paz, aunque sí de los postulados que, de aceptar su nominación, habrán de elegirlos; ni tampoco los términos puntuales de la amnistía que se concederá a los exguerrilleros de las FARC, lo cual es apenas obvio, dado que para ello se requiere de la victoria del en las urnas; no se sabe qué plan existe ante la victoria del no, ni tampoco las posibilidades de renegociación ante este escenario, y otros más, que serán resueltos en la medida en que cada uno, en ejercicio de su deber ciudadano de votar a conciencia, lea las condiciones finales del Acuerdo.

Hasta ahora, no hemos dicho nada nuevo ni extraordinario.

Lo que se propone esta nota al ser publicada, es preguntar sobre el escenario de posconflicto y los retos que esperan en la atención de la salud mental de quienes han resultado afectados directa o indirectamente por el conflicto armado interno.

Hasta ahora, según el más reciente estudio en materia de salud mental [1] y el último publicado por Médicos Sin Fronteras, MSF, en 2013 [2], son escasos los estudios acerca de la prevalencia de síntomas, casos y trastornos mentales que padecen quienes han sufrido, por ejemplo, eventos de desplazamiento forzado, atestiguado masacres, asesinatos selectivos, secuestros, atentados, abusos sexuales, confinamiento, detenciones arbitrarias y otra serie extensa de factores de riesgo a los que se exponen quienes viven, particularmente, en zonas afectadas por el conflicto armado.

Escasez informativa que, además, explica la falta de organización y articulación de los actores del sistema nacional de salud para proveer de atención y servicios en salud mental integral y continua a las víctimas.

Se sabe, por ejemplo, en estadísticas elaboradas por MSF en el 2012, que al menos el 67% de un total de 4.455 pacientes abordados ha sufrido uno o más hechos de violencia, lo que la convierte en un factor de riesgo significativo. Violencia que bien puede ser directa (por ejemplo, amenazas, violaciones), indirecta o estructural (por ejemplo, estructura política, económica, social) como de tipo cultural (por ejemplo, violencia ideológica, educativa, discriminación). Esta misma organización ha calificado a la violencia como un problema de salud pública en el país, similar al de una epidemia [3].

Un panorama nada fácil si se suma la enfermedad crónica de percepción que padece la salud mental cuando, al referirla como padecimiento, se piensa en sanatorios mentales o manicomios como la mejor salida; como si la ideación suicida, la ansiedad, la depresión, los ataques de pánico o el estrés postraumático que puede afrontar una víctima del conflicto necesitara además de la cárcel interna en la que se vive de una internación intramural.

En concreto, ¿cuántos recursos se piensan destinar para la atención en salud y salud mental en el posconflicto?; ¿cuáles serán los cursos de acción que permitirán atender el bienestar psíquico y psicológico de aquellos a quienes les exigimos perdonen a sus victimarios, prontos a reintegrarse a la vida civil?

Se necesitan, en tiempos de posconflicto, de estudios que relacionen el impacto en la salud mental con el reconocimiento de las víctimas en su calidad de tal, de su participación en procesos de esclarecimiento de la verdad como alternativas terapéuticas, de las reparaciones simbólicas como tratamiento adicional en la superación de síntomas y padecimientos producto de cincuenta años de guerra.

Esta expectativa razonable de paz (o cese al conflicto armado con una de nuestras guerrillas, como prefieran llamarlo), debe abocarnos a repensar el abordaje de uno de los derechos más complejos, conflictivos y —en este momento— más necesario, pues, a fin de cuentas, la reconciliación y el perdón constituyen, en últimas, un acto urgente, pero sobre todo cuerdo y saludable.


Referencia:

  • [1] Hewitt, Ramírez, N; Juárez, F.; Parada Baños, A. J.; et al. (2016). Afectaciones psicológicas, estrategias de afrontamiento y niveles de resiliencia de adultos expuestos al conflicto armado en Colombia. Revista Colombiana de Psicología, 25 (1), 125-140. Doi 10.15446/rcp.v25n1.49966.
  • [2] Médicos Sin Fronteras (2013). Las heridas menos visibles: Salud mental, violencia y conflicto armado en el sur de Colombia.
  • [3] Idem. Pág. 9

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