Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Tribuna de opinión

Necesitamos de la literatura y su servicio social, en fin, por la promoción del humanismo que puede generar en sociedades como la nuestra.


En tiempos en que no van quedando actos que puedan comprenderse fuera del campo de “lo político”, resulta difícil no pensar en la escritura literaria como espejo fiel o desfigurado de hegemonías del pensamiento, como la articulación de una voz además antagonista o disidente que, en no pocas ocasiones, está intencionalmente dispuesta a contradecirse a sí misma.

El compromiso del escritor con “lo político” es, digámoslo así, tema de reflexión obligada en la agenda vital de quien haya decidido hacer del —y con el— lenguaje, su casa —como diría Heidegger.

El origen de este compromiso, ligado quizá a la función del lenguaje y la palabra como instrumentos de revelación del mundo —solo se nombra aquello que existe— nos conduce a lo que Hernando Téllez, escritor del periodo de la violencia en Colombia, denominaría como “servicio social obligatorio de la literatura”.

Según este autor, la literatura debe servir no sólo para quienes, a través de la novela, el cuento, el ensayo o la poesía a título personal, delimitan la figura del alma humana —suponiendo que tenga alguna—; sino, ante todo, para quienes en un ejercicio que se piensa por y para los otros deciden mantener sólidas las fronteras del pasado. A eso le llamarán otros en estos últimos días la necesidad de conservar una memoria histórica.

Contamos, hasta ahora, con una larga tradición de autores dedicados a versar, contar, novelar y ensayar sobre la violencia, la imagen de los próceres, las víctimas, cuya eternidad quedó signada por la impunidad de su crimen; de tradiciones partidistas, de infames autócratas, de gobernantes impúdicos, caudillos, holocaustos, miedo e impunidad, y un largo, larguísimo etcétera.

Así, por ejemplo, en “Espuma y nada más”, Téllez, con admirable versatilidad en el cuento, retrata en pocas páginas la imagen del militar asesino que acude al barbero, quien en silencio ejerce, respecto suyo, una férrea oposición. El partidario de la vida haciendo lucir presentable a aquel otro, que lo es de la muerte. En cada rasurada que podría acabar fácilmente con el militar, Téllez nos cuestiona al preguntar entre líneas ¿cuál es la diferencia entre el asesino y el opositor que decide hacer justicia con sus propias manos?

Y qué decir de la poesía. A manera de verdadera insignia nacional, escribió Cobo Borda: “País mal hecho / cuya única tradición / son los errores”, ¿acaso se equivoca?

Y la revista Mito, dirigida por Jorge Gaitán Durán, que tuvo como escenario social–político desencadenante la subida al poder del general Rojas Pinilla, ¿no fue el despertar de un letargo poético, y en general literario, subsumido en el tradicionalismo, la estética anacrónica y la solemnidad que también en las letras dejó el conservatismo?, su temática, que comprendía desde traducciones a William Blake hasta notas a la sociología colombiana, ¿no promovió la reflexión intelectual y crítica en un país altamente polarizado? Luego el nadaísmo, invitando “a los muchachos a la revuelta estética, política y, sobre todo, social”, según J.M. Roca, ¿no alimentó también un cuestionamiento —aunque fuera contradictorio— de la moral social entonces concebida —que no se diferencia mucho de la que tenemos ahora—?

No se trata, desde luego, de poner en hombros de la literatura una obligada referencia explícita a lo político, sino, más bien, pretender que las imágenes que en ella bullan —imitando un verso Silva—, contengan un trasfondo que interrogue al lector sobre su contexto social, político, histórico, cultural y/o moral en la placidez del cambio de hoja.

La pregunta ahora es: ¿y para qué recordar ese servicio social que presta la literatura? Justo ahora, cada vez más cerca de un escenario de postconflicto, interesa por una razón que ya describía Martha Nussbaum en su libro “Justicia poética”, a propósito de la actividad del juez a quien el acercamiento a la literatura le permitía, entre otros, la sensibilización a los problemas éticos inmersos en cada caso.

La experiencia lectora resulta ser, ante todo, un ejercicio de empatía, de compromiso con las emociones, de promoción del juicio ético ante situaciones que quizás el lector no ha vivido personalmente, pero que al situarse en el escenario similar al de lo real y creado a través del verso, la novela, el ensayo o el cuento —aunque Nussbaum solo acuda tan solo a la novela realista para explicar este mismo punto—, le permitirán extender su capacidad imaginativa, su habilidad de comprensión y compasión por el otro.

Necesitamos de la literatura y su servicio social, en fin, por la promoción del humanismo que puede generar en sociedades como la nuestra, cuya capacidad de sentir por el otro que ha resultado ser víctima directa del conflicto armado se encuentra mermada por el paso de las décadas que han sabido, injustamente, transformar el horror en costumbre.

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