Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Tribuna de opinión

Nunca habíamos estado tan cerca del fin del conflicto con uno de los principales actores como las FARC. Me sorprende la convicción de mis hijos frente al asunto. De manera natural, aspiran a tener un país en paz. No quieren más la guerra.


La historia republicana de Colombia ha estado marcada por divisiones políticas, sed de poder, traiciones y crímenes. Que Bolívar no era tan bueno como lo pintan y que Santander no era tan malo como lo describen. Que los liberales y conservadores no han sido mejores ni peores entre sí, aunque con la población, en general, hayan sido lo peor. En esa época ya se avizoraba el futuro, en el sentido que los dos grupos que se formaron soñaban con un país gobernado por cada uno de ellos; pero después del exterminio del rival. Tristemente, el país ha sido el mejor entorno para la guerra y la violencia.

Acerca de la violencia en Colombia, el acercamiento inicial que tuve al fenómeno fue a través del primer texto que adquirí en mi vida. Se trata el libro La violencia en Colombia, de Germán Guzmán Campo, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, en dos tomos que devoré con la avidez de un joven de dieciocho años. Llegué precisamente a él a través de las historias de liberales y chulavitas que mi padre me contaba. Desde ahí comprendí que había nacido en un país maldecido por la guerra. Desde que nací y, mucho antes, sin saberlo, ya mi país estaba en permanente guerra. Ya Bolívar y Santander, ya la Patria Boba, que La Guerra de los Mil Días, después la chusma y los chulavitas, luego la guerrilla y los paramilitares.

Esa maldición de la violencia no sólo me marcó a mí, sino a mi familia, que es nacida, exceptuando a mi padre, en Tuluá. Por eso, cuando fui creciendo, empecé a darme cuenta lo duro que es un país como Colombia, donde, al ganar las elecciones determinado partido político, deja sin empleo a sus rivales y el conocimiento se va, es un país sin know how en lo público.

Como si fuera poco, desde hace mucho se extermina la disidencia. Todo el que piensa diferente es eliminado. Esas prácticas son atribuibles a quienes detentan el poder, como a las guerrillas y paramilitares. Desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, pasando por los crímenes contra Bernardo Jaramillo Ossa, Jaime Pardo Leal, Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro Leongómez y muchos otros; siempre se han movido intereses económicos y de corrupción. Detrás de todos esos crímenes, han sido asesinados líderes sindicales y sociales y las bases del campesinado, policías, soldados y servidores públicos.

Siempre, en Colombia, la diversidad ideológica ha sido resuelta mediante el asesinato del oponente. Cada que pensaba en el asunto, me dije que este es el país que me tocó. Anhelaba siempre un país diferente para mis hijos.

Nunca habíamos estado tan cerca del fin del conflicto con uno de los principales actores como las FARC. Me sorprende la convicción de mis hijos frente al asunto. De manera natural, aspiran a tener un país en paz. No quieren más la guerra. Sueñan, como yo, en algo diferente, ellos tienen mucha vida por delante y piensan en el futuro.

Por estas razones y, sin posar de violentólogo (especialidad del saber acuñada en Colombia), a pesar que el acuerdo de paz es imperfecto, pues es lógico que todos debemos pagar un precio como sociedad, para desactivar la guerra con las FARC. Debemos perdonar, comprender y entender que un país se construye con todos y que sesenta años de guerra con ese grupo no se acaban mágicamente.

Hoy, sabiendo que esta guerra ha golpeado a familiares, amigos, conocidos y mucha otra gente; estoy más convencido de votar por el SÍ y mi convicción nace del anhelo que me ha movido siempre en mis actos y que no es otro que el sueño de tener un país en paz.

Vamos por el Sí, que es la única oportunidad histórica de romperle el espinazo a la guerra.

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