Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Tribuna de opinión

La palabra emprender está de moda, pero sólo en teoría, no en la práctica. Existe un montón de publicidad que promociona al emprendedor como el nuevo modelo a seguir. El héroe de esta nueva sociedad formada por los nativos digitales.


La clave de emprender consiste en atreverse, en enfrentar tus peores miedos. ¿Crees que eso es fácil? Para nada. Es el reto más difícil. Hoy la palabra emprender se puso de moda, aparentemente. Todos quieren ser emprendedores, pero son pocos los que se atreven a dar el salto. Esto no es distinto de como siempre fueron las cosas.

Desde hace más de un siglo el mismo patrón se repite: la mayoría opta por ser empleados en relación de dependencia, mientras que unos pocos se lanzan a la aventura de tener un negocio propio y de hacer dinero. ¿Por qué se da esto? En palabras de un sabio amigo y comerciante: “El empleado tiene miedo de perder lo que tiene: su ingreso seguro de fin de mes. Irónicamente, ese miedo es lo que lo paraliza y lo mantiene en la misma posición toda la vida”.

El dilema que enfrenta el trabajador es simple: un ingreso seguro a fin de mes (eso sí, fijo y con pocas posibilidades de aumento) contra una vida de incertidumbre y riesgo, pero con la posibilidad de un ingreso sin techo. Tanto para el empleado como para el comerciante, el dilema se resuelve fácilmente. Uno actúa, el otro se queda. Para uno es mejor lo seguro, para el otro es mejor arriesgarse para ganar más.

Emprendimiento y cultura

Si bien es una cuestión personal, detrás de esta decisión hay una influencia cultural. Hay sociedades y grupos culturales que tienen más propensión al comercio que otras. Por ejemplo, a principios del siglo veinte, el proceso inmigratorio que tuvo lugar en la Argentina trajo consigo un aumento del pequeño y mediano comercio en la ciudad de Buenos Aires. Muchos de los inmigrantes provenían del sur de Italia y de España, y traían consigo la tradición del pequeño negocio (carnicerías, panaderías, etc.). Por otro lado, aquellos con menos cultura del negocio no tuvieron más opción que probar suerte en dichos emprendimientos debido a la necesidad de sobrevivir. Con el tiempo y la práctica, comenzaron a adquirir habilidades y estas fueron pasando de generación en generación.

Algunos con mayores habilidades que otros lograron constituir empresas de considerable tamaño, incluso llegando a construir imperios industriales. Por el lado de la inmigración rusa y polaca encontramos la tradición del comercio, y la venta arraigada en el judaísmo. Muchos de nuestros abuelos fundaron pequeños y medianos comercios, llegando, en algunos casos, a la creación de medianas y grandes empresas.

Algo parecido ocurrió con la población de la ciudad de Medellín. Actualmente conocida como la ciudad de los emprendedores, es la envidia de todas las ciudades colombianas. Los paisas (como son llamados) tienen un don para el comercio y la venta. Son emprendedores natos y se dice que no existe tal cosa como un paisa pobre. El motivo de su idiosincrasia es igualmente cultural. Son descendientes de una comunidad judía que inmigró hace como cuatrocientos años atrás, huyendo de la inquisición española. Para no ser quemados en la hoguera, se convirtieron al catolicismo, sin embargo, mantuvieron sus costumbres. Con el tiempo, las generaciones olvidaron el origen religioso, pero, aun así, mantuvieron el gen de comerciante. Hoy día, si bien son muy católicos, mantienen el espíritu emprendedor que los caracteriza.

Los conocimientos técnicos se aprenden, ya sea observando y preguntándole al que sabe o leyendo material que pueda ayudar según el rubro. Si voy a poner una empresa de ropa, leeré sobre las características del mercado, iré a las cámaras del sector y estudiaré una estrategia de marketing acorde a dicho producto y al cliente potencial. Pero, sobre todo, la mejor forma de adquirir información para emprender, es hablando con los que ya están en el juego, conociendo su historia, aprendiendo de sus errores.

¿La generación emprendedora?

La palabra emprender está de moda, pero sólo en teoría, no en la práctica. Existe un montón de publicidad que promociona al emprendedor como el nuevo modelo a seguir. El héroe de esta nueva sociedad formada por los nativos digitales, pero, ¿en qué condición realmente se encuentran los jóvenes que pertenecen a esta generación, cuyos máximos ídolos son los emprendedores, nómadas digitales, youtubers y otros personajes del mundo virtual? ¿Realmente hay un movimiento hacia la independencia financiera guiados por el lema emprendedor?

Sin duda, muchas personas se lanzaron hacia la aventura motivados por el discurso hegemónico y, de hecho, luego de persistir, han logrado obtener cierto éxito. Pero la verdad es que los que se aventuraron hacia el mundo de la incertidumbre en busca de atractivos beneficios, fueron pocos. Ya sean personas de más de cuarenta o menos de treinta años. Incluso, muchos de los famosos milénicos (millennials) dieron un paso al costado a la hora de llevar la teoría a la práctica. Aquellos que contaban con recursos educativos y económicos tenían una ventaja, y los que no emprendieron el viaje, fue por la razón de siempre: el miedo a la incertidumbre. Prefirieron quedarse en la famosa zona de confort.

Pero no quiero hablar de ellos. Quiero hablar de los jóvenes entre 18 y 35 años que les tocó vivir la era de la precarización laboral y desafiliación social, que, por cierto, son la mayoría de los jóvenes. Esos que se encuentran totalmente desganados a causa del abandono social. Esos entre los que se encuentran los famosos ninis (ni estudian ni trabajan), y ni siquiera lo intentan. Muchos viven en la pobreza más atroz, y los que no lo están, se encuentran en una situación de desidia absoluta.

Al mismo tiempo, están los que luchan por mantener un ingreso digno y el cual temen perder. El riesgo de perder lo poco que tienen —ese trabajo precario sin cobertura social y beneficios— les aterra. Si eso ocurre, conocen su destino: la pobreza. La amenaza es tan horrorosa que el miedo es comprensible.

Tal vez un joven de clase media tenga más incentivos para lanzarse a la aventura, ya que cuenta con una red de seguridad humana y social que lo contiene. Aun así, son pocos los que se aventuran. La mayoría elige el camino fácil: el ingreso fijo a fin de mes en condiciones no tan favorables. Pero, al menos, es un ingreso seguro. En algunos casos es un ingreso considerable, aunque esté atado a un contrato de duración trimestral o, en el mejor de los casos, anual. Esto es lo que se llama precariedad laboral. Hay un ingreso, pero no es seguro; por cuánto tiempo existirá y el temor a perderlo los hace aferrarse más a él, y harán todo para mantenerlo.

En el fondo, ellos son los afortunados. Sí, los precarios. Al compararlos con aquellos que se encuentran en la pobreza extrema (los desafiliados) su situación no parece tan dramática. Sumando los desafiliados, desocupados, pobres y precarios; alcanzan en algunos países más del 50 % de la población de jóvenes (es el caso de España y Argentina, por ejemplo). Algunos países de la región están en una peor situación, otros apenas mejor; pero no tanto. ¿Será que la generación de los emprendedores es sólo un espejismo para tapar la realidad que vivimos en el mundo de la precariedad y la desafiliación? ¿Acaso estos emprendedores son los mismos de siempre, habiéndose sumado sólo unos cuantos al pequeño grupo selecto? ¿La cultura del emprendimiento es una tendencia general o sólo se restringe al siempre selecto grupo? Vale la pena responder a estas preguntas y aclarar de una vez por todas la cuestión.

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