Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Tribuna de opinión

La música debe parar. Debemos tener el valor de quitarnos las máscaras y mirarnos a los ojos. Desnudar nuestras almas. Yo estoy cansado de usar el antifaz.


Dicen que quien ama lo profundo ama la máscara. La verdad nunca llegué a entender el significado de esa frase. Mi interpretación es la siguiente: quien tiene una agitada y compleja vida interior necesita ponerse un antifaz a la hora de relacionarse con otros en sociedad para poder encajar, para poder estar acompañado y así evitar la tan temida soledad. En el fondo todos somos complejos y usamos la careta para protegernos.

Pero, ¿qué es una máscara? Es una coraza que nos ponemos para evitar mostrarnos vulnerables. Es fácil quitarse la ropa, pero mostrarse tal cual es uno y desnudar el alma frente a otro es una de las cosas más difíciles que un ser humano puede hacer. ¿Por qué motivo le cuesta? No es fácil sentirse vulnerable. El famoso “sé tú mismo” es el mayor de los desafíos. Sobre todo si no sabes quién eres.

Cuando queremos acercarnos a una atractiva mujer preferimos usar la máscara que desnudar nuestra esencia. El miedo al rechazo nos paraliza. El no ser aceptados nos agarrota. Es humano querer pertenecer, ser parte de algo y sentirse aceptado por nuestros pares. Somos seres gregarios y el sentido de pertenencia es una necesidad casi instintiva. Los expertos en publicidad, marketing y psicología social lo saben. De hecho, lo han sabido desde tiempos inmemoriales, y lo usan una y otra vez para manipularnos. Los ejemplos son infinitos.

Hoy quiero desnudar mi alma y compartir mi experiencia acerca de las máscaras que he usado y de cómo decidí gradualmente dejar de utilizarlas. Escribir sobre esto es mi forma de liberarme.

Durante mi adolescencia, fui un personaje, usé la máscara de un payaso. Hacía reír a la gente y me comportaba de forma histriónica. Todos me decían: “Eres un personaje”. En el fondo lo odiaba. No era una persona, era un ente abstracto. Lo paradójico fue que me sentía más cómodo usando esa careta que siendo realmente yo mismo. Porque la verdad no sabía quién era. No me conocía.

Jamás me había hecho las preguntas mágicas: ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Qué me apasiona? ¿Qué puedo hacer para obtener lo que quiero? ¿Para qué me levanto cada mañana? ¿Cuál es mi propósito? Es más fácil vagar por la vida sin dirección que responder a estas preguntas. Es más fácil dejar que el río te lleve que nadar hacia dónde quieres ir realmente, incluso aunque sea contra la corriente.

Más allá de mis logros profesionales, me sentía solo. Nunca había estado en pareja, ni de novio. Apenas salía y prácticamente no conocía demasiadas mujeres. Tenía amigas de la universidad, lo que para mí era un avance si lo comparaba con mis tiempos de adolescente. Yo sentía que ellas solo me utilizaban para elevar sus frágiles egos. No les atraía, solo me querían como “amigo”. Para mí, en aquel entonces, era un intercambio justo, ya que, por primera vez, me relacionaba de alguna forma con el otro sexo.

El tiempo pasaba y nada sucedía. Me encontraba en soledad. Mis acercamientos a las chicas que me atraían eran infructuosos. No generaba atracción y sufría por dentro. La soledad y la tristeza eran un campo fértil para que creciera la semilla del rencor y la depresión. Creía que el éxito profesional compensaría dicha falencia. Fue un error. Escribí un cuento corto, sintetizando cómo me sentía en aquel entonces. Tal vez leyéndolo, aunque no hayas pasado por lo mismo, puedas ponerte en mi lugar.

Un día me desperté y tenía veintiocho años. Los últimos diez años parecían un sueño que apenas podía recordar. Sentí que tenía dieciocho y que me había despertado luego de un coma que había durado una década. La depresión y la bronca habían crecido. No es fácil ser hombre y vivir en la Argentina. La cultura del “chamuyo” y de la seducción frívola había hecho de nuestra sociedad un baile de máscaras. No sé cómo ni cuándo la música había comenzado a tocar. Tal vez fue al compás de una tarantela a principios del siglo veinte, al llegar los inmigrantes italianos a las orilla del Río de la Plata. Pocas mujeres y hombres osados, pícaros y lanzados podrían haber sido una explicación del fenómeno.

Ahora teníamos una sociedad de mujeres que estaban siempre a la defensiva. Desconfiadas de las dulces palabras pronunciadas por los hombres. Usaban la máscara del cinismo y la irreverencia. Provocaban con sarcasmo e insultos a los hombres para poner su temple a prueba y ver de qué estaban hechos. Repiten una y otra vez que odian a estos “chamuyeros” pronunciadores de palabras melosas y poseedores de pícaro humor, no obstante, en el fondo, responden a eso. Cuando me acercaba como un novato para hablar con una de ellas, era el frío de la indiferencia y la acidez del sarcasmo lo que recibía. No conocía las reglas del juego y lo tomaba personal. El resentimiento crecía.

Al despertar del coma, decidí cambiar mi situación y hacer algo al respecto. Hasta ese entonces solo había tenido intimidad con no más de cinco mujeres y no había estado en ninguna relación ni había experimentado la convivencia. Ninguna de ellas me había atraído, sin embargo, se trataba de elegir entre aquello que no me atraía o soportar el hambre provocada por la libido. Igualmente no establecí ninguna relación con alguna de ellas. Era demasiado orgulloso para estar con alguien que no me atrajese físicamente. Prefería la soledad por más dolorosa que fuera.

Fue allí cuando decidí comenzar a usar una nueva máscara y unirme al baile. El antifaz de la arrogancia, de la seguridad, de la irreverencia y del sarcasmo. La careta del “chamuyero”, como se lo llama en Argentina. Para mí era todo un mundo nuevo. No conocía el juego ni sus crueles y particulares reglas. En Argentina se utiliza la palabra “pendeja” para referirse a una mujer joven, inmadura e irreverente de no más de veintitrés años. Cuando tenía esa edad, ni siquiera sabía de su existencia. Para mí era todo lo mismo, tanto una mujer de veinte como de treinta.

Usar la máscara del “chamuyero” significaba mentir en algunos aspectos, ser arrogante y utilizar el humor en forma provocativa. Esa era la forma de lidiar con la máscara del sarcasmo, el cinismo y la indiferencia que utilizaban las mujeres. Ahora sé que no era su culpa actuar así. Usaban ese antifaz para protegerse, para evitar mostrarse vulnerables. Desde pequeñas habían aprendido a desconfiar de las palabras de los hombres. Es casi una tradición en las escuelas secundarias que los alumnos de los últimos años utilicen las más dulces mentiras para tener sexo con las mujeres del primer año.

Jóvenes poco experimentadas e ingenuas caen bajo los más simples encantos. Luego aprenden a desconfiar, aprenden que las palabras no son sinceras, sino un instrumento para alcanzar un fin. El baile ha comenzado. Luego de unos años, desarrollan un escudo para protegerse, para evitar mostrarse vulnerables nuevamente y así evitar sufrir a causa de ello.

Ahora los hombres deben desarrollar técnicas más complejas para penetrar ese escudo y, al lograrlo y decepcionarlas nuevamente, el escudo se vuelve más fuerte. Como la relación entre las bacterias y los antibióticos, en el largo plazo tenemos un espiral de cinismo y desconfianza que crece día a día. Una danza macabra y triste marcada por el compás del resentimiento.

Lo peor de todo es que la mayoría de los hombres no usan en un principio esa máscara y, de hecho, son genuinos en sus intenciones, pero, gracias a esos pocos que desde las eras del colegio secundario se aprovecharon de la ingenuidad y desataron el círculo vicioso que encendió la música, el hombre con buenas intenciones queda fuera del baile.

Ahora la mayoría de los hombres tienen opciones limitadas: usar la máscara o estar en soledad, ya sea solo o en pareja, con una mujer que no les atrae. La autoestima cae, la tristeza aparece y la posibilidad de estar con una mujer que realmente les gusta se va desvaneciendo al escribirse en la mente las creencias más limitantes. La felicidad es atractiva y la depresión repele. Otro círculo vicioso comienza.

Sus amigas le dicen “sé tú mismo”, ya que, según ellas, ese es el secreto para conquistar a una mujer.
Eso sí, a otra mujer, no a ellas. Ellas le dicen que “lo quieren como amigo”, que “es un buen chico pero…” y/o que “tienen una amiga para presentarle” (normalmente no muy atractiva y con una autoestima tan baja como la de él). Y aquí aparece el dilema: solo o con la amiga fea. Ella también tiene el mismo dilema. En la mayoría de los casos ambos ceden y así tenemos tantas parejas que recorren el camino de la vida juntos, pero en triste miseria y soledad. No están donde quieren estar ni con quien quieren estar. Sufren la fatalidad de la incongruencia que existe entre sus acciones y sus aspiraciones. Y luego vienen los hijos y el divorcio. Y se encuentran donde empezaron, saliendo de un coma.

Este no fue mi caso, por suerte. Era demasiado orgulloso para ceder ante la presión de la soledad. Seguía insistiendo, pero era rechazado u objetivado y cosificado bajo la figura del amigo, o como una persona que conocí me dijo cruelmente una vez, un “subchongo”.

La figura del “chongo” en la Argentina se refiere, precisamente, al hombre que la mujer usa para satisfacer sus deseos sexuales sin involucrarse con él. Es un vocablo muy utilizado por mujeres profesionales de más de veinticinco años que son el resultado de la cultura feminista de los noventa que arruinó a una generación de mujeres. En nombre de la igualdad, les enseñaron que debían actuar como hombres. Pero no como cualquier hombre, sino como aquel que tanto odiaban: ese que utilizaba los artilugios del lenguaje para seducirlas y llevarlas a la cama. Ese hombre que usaban para repetir la frase: “Todos los hombres son iguales”, sin darse cuenta que siempre salían con los mismos. La serie de televisión Sex and the city (representación cultural de estos valores nauseabundos) le pudrió el cerebro a miles de mujeres, arruinándoles la vida no solo a las susodichas, sino también a los hombres que genuinamente querían estar con ellas.

Ahora están solas, tienen casi cuarenta y siguen recorriendo los bares de Buenos Aires en busca de cariño, aunque no lo admiten. Se esconden tras la máscara de la arrogancia. Actúan como superadas y tienen una actitud sobradora. Están a la defensiva y tienen motivos. Van a los bares, los lugares más equivocados donde jamás encontrarán lo que buscan. Allí, por el contrario, encontrarán al hombre del que se quejan constantemente. Ese hombre cínico que odia a las mujeres porque fue rechazado por ellas toda su vida. No sabía jugar el juego. No supo bailar la danza de las máscaras. Su antifaz no fue lo suficientemente efectivo. Ahora sufre en soledad y vaga por la noche mostrando una falsa seguridad.

Desprecia a las mujeres. Las acusa de su miseria y las considera seres viles. En el fondo, busca aceptación y cariño. Pero es tarde, muy tarde. Está demasiado orgulloso para admitirlo. Ellas lo odian, pero igual se acostarán con él para hacer cumplir su profecía de que “son todos iguales”. Se vanaglorian de sus “chongos”, sin embargo, en el fondo, sufren en soledad. Se muestran seguras, aunque estén temblando de miedo. Parecen felices, pero se sienten miserables. Ellos hacen lo mismo.

Por eso ya no voy a los bares, estos hombres y mujeres me producen una mezcla de repulsión y tristeza. No quieren ser ayudados, son demasiado orgullosos o, en el peor de los casos, se victimizan. Para pedir ayuda hay que tocar fondo como lo hace un alcohólico. Al hacerlo, nos damos cuenta lo mal que estamos. Pero cuando la miseria no se hace evidente, el proceso de llegar a lo más bajo se vuelve un accidente de auto en cámara lenta. Jamás llega el momento de quiebre y la degradación es lenta y silenciosa.

“Una cosa lleva a la otra. Un hombre tiene una debilidad, un defecto, es imperfecto. Ese defecto le hace sentir culpable. La culpabilidad le hace sentir vergüenza. La vergüenza se compensa con orgullo, arrogancia y vanidad. Y cuando el orgullo falla, la desesperación asume el control y ésta lo lleva a su destrucción. La cuál será su destino. Algo tiene que detener este flujo”.

La música debe parar. Debemos tener el valor de quitarnos las máscaras y mirarnos a los ojos. Desnudar nuestras almas. Yo estoy cansado de usar el antifaz. Ya no la necesito. Sé quién soy y prefiero ser rechazado por lo que soy en vez de por lo que no soy. No soy un gran seductor, pero pasé de ser un inadaptado a ser una persona atractiva que ahora tiene un nivel decente de “chamuyo”. No necesito más. Me junto con quienes me aceptan como soy y con quienes se atreven a bailar sin máscaras.

Tuve que irme a otro país, a otra cultura donde el antifaz no se usa tanto. Las mujeres desconfían de mí cuando uso la máscara de argentino. No necesito usarla. Me la quito y me muestro como soy. Es cierto que en la tierra de los ciegos el tuerto es rey, pero no me interesa la realeza. Quiero estar con una mujer que comparta mis pasiones, con la que pueda emprender un proyecto de vida, a quien pueda guiar y apoyar y, al mismo tiempo, que pueda guiarme y cuidarme, que crea en mí. Ese soy yo. Siempre fui yo, detrás de la máscara que se deshace. Le agradezco al antifaz antes de quitármelo por todo lo que me ha enseñado. Es parte de mí ahora, parte de mi historia, sin embargo, en esta etapa debo continuar con el rostro descubierto. Me siento libre por primera vez en veinte años. Siento la frescura del aire puro que respiro y que me llena de energía y alegría.

Comentarios

Los comentarios aquí registrados pertenecen a los usuarios y no reflejan la opinión de Palmiguía. Nos reservamos el derecho de eliminar aquellos comentarios que se consideren impertinentes.

Código de seguridad
Refrescar

Lo más visto de Tribuna

Ciencia

Por qué leer poesía ayuda a tu cerebro

Las figuras retóricas que florecen en la poesía desafían algunas regiones del cerebro, mucho más de lo que puede hacerlo...

POR Sebastián Beringheli

Asuntos de ciudad

La guachafita de la salud en Palmira

Actualmente el hospital de Palmira se encuentra semiparalizado por la renuncia de 27 médicos que aducen precarias condiciones laborales, falta...

POR Raúl Ospina Giraldo

Analectas

Sólo sé que Sócrates sabía algo (además de saber que no sabía nada)

Sócrates jamás pronunció tal aberración filosófica. "Sólo saber que no se sabe nada" es una frase tan contradictoria como impropia...

POR Sebastián Beringheli