Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Tribuna de opinión

Nunca sabremos donde terminará el espiral de negatividad y violencia que generemos. Por eso debemos dejar de ser egoístas y asumir responsabilidad por nuestras acciones.


La clave para poder mantener el optimismo y la positividad, incluso en las circunstancias más adversas, es precisamente transmitir dicha energía sin importar las circunstancias o el contexto en el que nos encontremos. Esta historia que te contaré es una muestra de ello.

Durante los últimos días de mi estadía en Paris, período que siempre recordaré bajo el título de “los últimos sinsabores”, mi estado de ánimo estaba cargado con una amarga decepción. Me sentía algo deprimido por mi regreso, ya que lo interpretaba como la evidencia de mi fracaso. Perdido en los laberintos de mi mente, vagaba por la ciudad como un alma perdida en el limbo de la existencia. La depresión, la frustración y la bronca era lo que mis pensamientos generaban.

Tan ensimismado en mí mundo estaba mientras caminaba en esas noches solitarias, que ni siquiera notaba la presencia de otros, del ambiente o del paisaje. Ni siquiera del clima. Una de esas tantas noches de caminatas angustiosas, una figura surgió con brusquedad de la oscuridad, elevando con sus manos lo que parecía un objeto metálico y alargado. Por supuesto, mi primera reacción fue sentir miedo y alejarme en forma rápida de dicha fantasmagórica figura. Al tomar cierta distancia, pude visualizar que se trataba de un habitante de la calle que se había aproximado a mí, pidiendo alguna limosna o algo de comida y que el objeto que sostenía con su mano derecha se trataba de una muleta de metal. Me pareció extraño que fuera poseedor de dicho objeto, pues nada anormal había en su forma de caminar. Era un sujeto bastante corpulento y de alta estatura, según pude divisar.

De pronto, su rostro se tornó hostil y con un rápido movimiento me golpeó con llamativa fuerza, utilizando el bastón metálico. El golpe fue seco y sentí un dolor agudo. Repentinamente noté que un calor extraño comenzó a recorrer todo mi cuerpo como si fuera electricidad. La bronca empezó a consumirme a una velocidad sin igual, y antes de que pudiera percatarme de ello, ya había lanzado un golpe hacia la mandíbula de aquel hombre. Ante mi acción, el susodicho reaccionó con mayor violencia, volviéndome a golpear con eficacia utilizando el alargado objeto. Este segundo ataque me dejó algo atontado, por lo que retrocedí aún más, pronunciando toda clase de insultos. Él hizo lo mismo y me lanzó la más variada cantidad de improperios.

Al alejarme de él, y mientras sentía los chichones en mi cabeza producto de los ataques, la bronca poseía mi ser, y dos opciones giraban por mi mente: volver y matarlo a golpes o ir a la policía. Sin embargo, algo muy extraño ocurrió en ese momento mientras analizaba el curso de acción a seguir. Es como si la bronca se hubiese congelado y una ráfaga de pensamientos comenzaron a circular por mi cabeza:

“¿Qué pasó? ¿Qué estoy haciendo? Mira más detenidamente la situación que ocurrió. Un hombre se acercó a otro pidiendo limosna, pero más que nada, atención, y el otro se alejó asustado. ¿Qué hubiese sentido yo en esa situación? ¿Qué hubiera sentido si una persona hubiese actuado como si fuese una especie de monstruo? Me hubiera dado bronca y probablemente hubiera reaccionado con violencia. ¿Y luego que hice? Ataqué a una persona que se encontraba en una situación mucho peor que la mía. ¿Quién sabe las desgracias que le han ocurrido a lo largo de su vida? ¡Qué situación de mierda! Todo por un mal entendido y circunstancias fortuitas se ha dado una situación que pudo haber terminado en una tragedia. ¿Y que tal si ahora descarga su bronca acumulada en alguien más? ¿Y que tal si lo hiere de gravedad o peor?”.

En ese momento, la opción más racional fue ir a una tienda, comprar un sándwich y buscarlo antes de que fuese tarde. Entonces eso fue lo que hice: compré el alimento y los busqué con desesperación por casi cuarenta minutos. Estaba a punto de abandonar la búsqueda cuando, en la oscuridad del Canal Saint Martin, lo vi sentado en un banco al borde de la orilla. Me le acerqué con prudencia y, al él notar mi presencia, le dije con calma y con algo de melancolía en mi tono de voz: “No sé qué me sucedió, no soy una persona violenta. Quería disculparme con usted. Realmente lamento lo que sucedió. Le traje algo”. Él me observó con una mirada perpleja y replicó: “¿Me buscaste durante todo este tiempo para pedirme disculpas? Estoy conmovido. Fue mi culpa, no debí haber reaccionado así. Realmente los siento”. Y se acercó hacia mí.

No sé por qué, pero en ese momento lo abracé con fuerza y comencé a llorar. Él hizo lo mismo y luego nos sentamos en el banco a conversar. El me compartió la mitad de su sándwich y me narró su historia. Era un inmigrante de Argelia, más específicamente de la Cabilia, una zona de dicho país que había sido azotada por las guerras y la discriminación a lo largo de la historia. Luego de estar un rato hablando, nos despedimos y cada uno siguió su camino.

Recordar este episodio siempre me hace reflexionar sobre el efecto que tenemos en los otros. Si al pelearnos con alguien en la calle o en el trasporte público estamos afectando la vida de terceros que apenas conocemos, debemos tener mucho cuidado de adonde nos llevan nuestras emociones. En las grandes ciudades, las personas viven acumulando tensión y solo se requiere una chispa para hacerlos estallar. A veces estallan insultando, otras veces agrediendo físicamente. Las emociones se retroalimentan constantemente y el resultado final nos es desconocido. ¿Que tal si una acción que iniciamos como, por ejemplo, la de insultar a alguien por la calle, termina iniciando una reacción en cadena que luego de cinco o diez interacciones afecta dramáticamente la vida de alguien? ¿Que tal si alguien que ni conocemos termina siendo afectado trágicamente por nuestra reacción, en apariencia inocua? Tal vez se trate de una persona que habló con el señor que fue agredido por la mujer que, a su vez, fue insultada por el señor con el que tuve una confrontación leve en el bus. Fue una discusión trivial, pero ésta se sumó a su bagaje de bronca que venía acumulando y él lo transmitió a otros.

Nunca sabremos donde terminará el espiral de negatividad y violencia que generemos. Por eso debemos dejar de ser egoístas y asumir responsabilidad por nuestras acciones. ¿Cuántas vidas estoy afectando negativamente si realizo tal o cual acción? ¿Vale la pena? La bronca me daña también a mí. Es como si mi sangre se llenara de vidrios rotos. Y, por el contrario, ¿que tal si realizo una acción que salve la vida de alguien? Algo tan pequeño como realizar un simple gesto. Algo como contar un chiste en la fila de un banco para alegrarle la vida a un desconocido o simplemente preguntarle si se encuentra bien.

En el primer año de la universidad, al salir de rendir un examen, sentía un alivio y una alegría tan profunda que me daban unas ganas inmensas de transmitir dicho sentimiento. Entonces compraba un ramo de flores y se las entregaba a la primera chica hermosa que veía por la calle. En la mayoría de los casos, la reacción era asombrosa. Directamente se les iluminaba el rostro y al ver su felicidad yo me sentía mejor. Dicen que la mejor forma de ser feliz es hacer feliz a alguien, y a veces tan poco es necesario para lograrlo.

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